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Yemen, el eterno olvidado

Itxaso Domínguez de Olazabal

No hace mucho, era común escuchar en algunos círculos que Túnez no era la única excepción al resultado de momento pesimista que la Primavera Árabeestaba dejando tras de sí, citando con esperanza el caso de Yemen. Aunque quizás se equivocaban. El gobierno de Yemen, en un intento de poner fin a protestas continuadas y sentadas se ofreció el 23 de agosto a dimitir en el plazo de un mes, y dar paso así a un Gobierno de tecnócratas.

El pretexto era replantearse la decisión tremendamente impopular de recortar los subsidios al combustible – que el pasado año representaron un gasto de cerca de 3 millones de dólares, casi un tercio de los ingresos del Estado. De hecho, el anterior gobierno intentó reducir los subsidios en 2005 – una decisión que también condujo a disturbios que causaron 20 muertos y más de 200 heridos. No transcurrió mucho tiempo hasta que la reforma fue anulada, todo ello en el país más pobre de la Península Arábiga. El día anterior, decenas de miles de yemeníes se congregaron en la capital, Sanaa, tras el rezo del viernes y culminando una semana de manifestaciones, en una protesta convocada por los Houthis en la que precisamente se exigían estos dos puntos.

Los Houthis (también llamados Ansarullah) han luchado durante años para obtener más poder para su secta, a la que se estima que pertenecen 9 millones de personas (aproximadamente un tercio de la población), perteneciente a la escuela de pensamiento zaidí dentro de la rama chiíta. La gran mayoría reside en el norte de Yemen y tiene en Saada su bastión. Los Houthis ya se alzaron en armas en 2004, dirigidos por Husein al Huti, padre del actual líder, Abdel Malek al Huti, en un conflicto que se extendió hasta 2009 y al que únicamente pudo poner fin una intervención saudí. El grupo, marginado del poder durante años por verse asimilado al antiguo regimen monarquico o acusado de no ser sino un agente iraní, ha venido reclamando un cambio en la distribución de poderes durante años. Y de hecho ha conseguidologrado estas últimas semanas capitalizar la indignación pública por los recortes en los subsidios, consiguiendo que tanto sus correligionarios como ciudadanos bajo diferentes signos tomen las calles clamando por un verdadero Estado civil simbolizado por un nuevo gobierno que consiga que el país de mayoría suní avance hacia un sistema federal que otorgue más poder a las regiones que pretenden crearse. Los combatientes del grupo chií se desplegaron la semana pasada en las entradas de Sanaa, que los tanques y fuerzas de seguridad consecuentemente volvieron a invadir, mientras sus seguidores levantaron una acampada en una importante avenida de la ciudad. Los enfrentamientos han venido repitiéndose durante semanas hasta que el 21 de septiembre el enviado de Naciones Unidas en Yemen anunció que una tregua había sido alcanzada. 

No es la primera vez que los rebeldes chiítas ponen de relieve el descontento separatista en el sur y la violencia endémica a la que sus habitantes se han tenido que enfrentar durante años, gran parte de ella relacionada – de un modo u otro – con Al Qaeda. Para tratar de evitar una nueva ola de violencia en un país demasiado acostumbrado a ella, e inmerso en una difícil transición política, el Presidente Abd Rabbo Mansour Hadi ha invitado en numerosas ocasiones a los llamados rebeldes a dialogar. Cuestión delicada es que éste último preside un gobierno de unidad nacional dominado por el partido Al-Islah formado en diciembre de 2011 – en pleno apogeo de la Primavera Árabe– en virtud del acuerdo de transición que permitió la salida del ex presidente Ali Abdullah Saleh tras una intensa mediación por parte de los países del Consejo de Cooperación del Golfo, y en particular de Arabia Saudí, país fronterizo cuya prioridad máxima es contrarrestar la amenaza extremista que amenaza con invadir la región. No debe olvidarse tampoco, entre otros factores, que Yemen flanquea las principales rutas marítimas a través de las cuales se transportan petróleo y otros preciados bienes, tanto para los países occidentales como para el propio Golfo.

El pasado 25 de enero, la Conferencia para el Diálogo Nacional del Yemen llegó a su fin tras más de casi un año de discusiones intermitentes. Muchos alabaron esta Conferencia como un modelo para el resto de países árabes, poniendo de relieve en particular su carácter inclusivo y constructivo. De hecho, el éxito de Túnez también ha sido consecuencia directa de un diálogo nacional caracterizado por el consenso. Sin embargo, muchos todavía se quejan de la escasa representatividad real del grupo. Tal y como un delegado confesó a The Economist: hay dos Yemen, el Yemen de dentro de la conferencia y el Yemen de fuera. Es lo que tiene años de represión, y esta afirmación no es difícil de creer si se tiene en cuenta la todavía inexistencia de instituciones independientes o una oposición unificada. La Conferencia adoptó un documento sobre el que se basará la nueva constitución. El antiguo vicepresidente Hadi permanecería en el cargo hasta que la nueva Constitución fuera aprobada, y se celebraran elecciones generales. Esto, por supuesto, si el gobierno era y es capaz de solucionar los numerosos obstáculos logísticos y de seguridad que por ahora hacen imposible que las elecciones, previstas para 2015, tengan lugar.

El Acuerdo parecía representar un paso importante en la construcción de un verdadero Estado civil. El texto definía con éxito la identidad del Estado (Yemen es un estado árabe musulmán), su forma y su sistema de gobierno. Las recomendaciones también hacían referencia a la necesidad de promover la justicia en referencia a los abusos que tuvieron lugar durante el levantamiento de 2011, de defender la igualdad de la mujer, así como de promover y proteger otros derechos básicos. A pesar de las notables ventajas, el informe final también dio lugar a críticas contra su carácter regresivo, simbolizado por el artículo que recomienda el uso de la sharía como fuente principal de la legislación. Los participantes en la Conferencia, sin embargo, no pudieron llegar a un acuerdo en relación con una eventual partición del país. ¿O debería decirse re-partición?, ya que el país ya estaba dividido entre Sur y Norte entre 1918 (cuando el Norte se independizó del Imperio Otomano, mientras que el Sur quedaba bajo control británico) y 1990. Se consiguió negociar, eso sí, una solución parcial, pero sólo gracias a que el proceso de transición se vio alargado en numerosas ocasiones. Se cree que la Constitución creará una serie de regiones que disfrutarán de lo que podría llamarse una semi -autonomía, pero esto seguramente no será suficiente para ciertos movimientos separatistas del sur que han diseminado durante años el caos y el miedo.

La violencia no se ha circunscrito al sur, y batallas cainitas, de componenta más bien sectario, también han estallado en la parte norte del país, donde los Houthis han ido tomando el control de muchas ciudades. Los Houthis están también en conflicto con sus compañeros chiíes, un enfrentamiento que ha dejado tras de sí las muertes de muchos de sus compatriotas, y el desplazamiento de otros tantos. Sus principales rivales son los salafistas, que en Yemen pertenecen a un grupo religioso sunita afiliado al wahabismo, doctrina – coincidencia o no – oficial de Arabia Saudi.

Mientras que los secesionistas del sur quieren dividir Yemen en dos regiones y que el sur adquiera un control significativo sobre casi la totalidad de sus actividades, una serie de partidos del norte se posicionan a favor de una federación de seis regiones. En otras palabras, todo el mundo está de acuerdo en la necesidad de que Yemen se convierta en un estado federal, pero la diferencia principal estriba en la fijación del número de regiones. No es coincidencia que el Sur (en particular la región de Hadramawt) sea el área donde se puede encontrar la mayor parte del petróleo. Y es que el país depende de las exportaciones de crudo para financiar hasta el 70 por ciento de su presupuesto. Sin embargo, hay razones para creer que el debate no se centra en la cuestión de si hay una identidad unificada sur frente a norte, o no. Y esto es porque la mayoría de las ciudades y pueblos mantienen una identidad profundamente tribal. De hecho, las tribus fueron una de las fuerzas más importantes que reaccionaron a la revolución dando apoyo a los jóvenes, así como al cambio que el levantamiento trajo consigo. Otro tema polémico es la división de los poderes legislativo y ejecutivo entre el sur y el norte, sobre todo si se tiene en cuenta que el norte da cobijo al 75% de la población de Yemen, mientras que las tierras del sur son más ricas y representan más de dos veces el tamaño de las tierras del norte.

Sin embargo, las raíces de la tensión y el dolor del pueblo radican más allá de las meras preocupaciones administrativas. A pesar de que los partidos políticos y los líderes llegaron a un acuerdo en 1994 sobre el estatus del sur, muy necesario tras la unificación, la violencia estalló entre Yemen del Norte y la república ex marxista del sur unos meses más tarde. Entonces, el ex-presidente Ali Abdullah Saleh aplastó a las fuerzas secesionistas del sur y consiguió mediando su puño de hierro preservar así la unión. Tras la victoria de Sanaa en la guerra civil, un número considerable de territorios del sur se vieron secuestrados por las poderosas élites de la capital, mientras que miles de lugareños fueron expulsados de sus casas y privados de sus empleos. Los sureños todavía se quejan de una flagrante discriminación, en forma de incapacidad de los habitantes del sur para conseguir empleos estatales, la incautación de los bienes del Estado por las autoridades del Norte, y la retención de las pensiones estatales de familias de soldados muertos en el conflicto. Como en el caso de varios países árabes, no son pocas las organizaciones pro-derechos humanos que señalan que la justicia transicional ha brillado en todo momento por su ausencia, y parece haber vuelto ahora a Yemen para ajustar cuentas.

Tal y como ocurre con el otro gran ganador de la Primavera Árabe, Túnez, Yemen tendrá aún que enfrentarse a serios desafíos. La situación económica es especialmente preocupante. Los recursos petroleros son insignificantes en comparación con sus vecinos y, lo que es peor, disminuyen rápidamente. Yemen es el segundo país más pobre del mundo árabe, acechando en la lista muy de cerca a Mauritania. El país presenta hoy la segunda tasa de desempleo más alta del mundo, que llega hasta el 50 %, de acuerdo con datos del Centro de Investigaciones para el Desarrollo Social y Económico. El desempleo juvenil es particularmente grave, y las perspectivas en este sentido no son nada halagüeñas, ya que el país tiene un índice de natalidad consecuencia del cual han nacido varias generaciones de baby boomers. Muchas familias dependen de las remesas de los yemeníes que trabajaban en Arabia Saudi, sin duda una de las principales razones por las que el Consejo de Cooperación del Golfo no tuvo reparos en intervenir cuando lo consideraron necesario.

Los problemas sociales más destacados son la pobreza, la insuficiente calidad de vida, y la inexistencia de verdaderos servicios sociales. Carencias humanitarias graves también han sido denunciadas en numerosas ocasiones, en particular en relación con la fuerte presencia de Al- Qaeda en la Península Arábiga y con los contra-ataques de aviones no tripulados pilotados desde Estados Unidos, así como una inseguridad rampante que se está convirtiendo en la norma en casi todas las regiones. Mientras tanto, la juventud revolucionaria no ha cesado de tomar las calles de Sanaa, Taizz (en Yemen, la Plaza de la Libertadque requieren todas las Primaveras Árabes, lleva este nombre) y Aden, exigiendo a gritos la exclusión no sólo de Saleh, sino también de sus colaboradores, de la arena política. Y ahí es donde radica la principal diferencia entre la Primavera de Yemen y las otras primaveras árabes: mientras que en Egipto, Libia y Túnez (corresponde a Bahrein otro tipo de análisis), el derrocamiento del tirano y su antiguo régimen (en árabe, los felools) se convirtió en un primer momento en el objetivo principal de revolucionarios y población, en Yemen el principal objetivo era y es la estabilidad generalizada, independientemente de los valientes sueños compartidos por un puñado de jóvenes en 2011, como era el caso de la Premio Nobel de la Paz Tawakkol Karman de Yemen y otros como ella. Sanaa o fracaso, sin importar cuánto tiempo dure el viajees una expresión generalmente repetida por los yemeníes en reacción con las dificultades diarias a las que se enfrentan. No es de extrañar por qué. 

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