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Uzbekistán ante el escenario post-karimov

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Por Miguel Ángel Pérez

La nación uzbeka, con las imponentes Bujara y Samarkanda, ha visto pasar muchos acontecimientos a lo largo de la Historia pero ha entrado en uno de esos que son decisivos. Concretamente la marcha de los eventos tras la muerte del presidente Islom Karimov, padre del Uzbekistán moderno e independiente, marcará su futuro.

Asia Central ha sido tierra de paso. Las poblaciones nómadas del lugar fueron asentándose hasta dar origen a emiratos y khanatos, manteniéndose como lugar de importancia para el comercio. En el presente, la ruta de la seda ha dado paso desde hace tiempo a la exportación de hidrocarburos, que mantienen la importancia de la región. La influencia geopolítica en la zona ha estado siempre en disputa. Antiguamente entre Persia y China, luego entre Rusia y Reino Unido para, tras la dominación soviética (los pueblos centroasiáticos durante años se opusieron y resistieron al comunismo), situarse la disputa entre tres jugadores: Rusia, China y Estados Unidos.

Moscú se resiste a dar por perdida una zona que considera su patio trasero y en la que hasta el siglo XXI no veía peligro de que discutieran su hegemonía. El interés de Rusia radica en el control de la distribución de los hidrocarburos para que China y Occidente no puedan acceder a ellos y sigan necesitando en gran medida de este país para abastecerse. Por otra parte, el controlar las naciones de Asia Central constituye una muestra de poder hegemónico regional y un apoyo político para los intentos del Kremlin de construir organizaciones supranacionales de cooperación, con la intención de afianzar el poder de Rusia y contrarrestar psicológicamente a nivel de propaganda a la Unión Europea y a la OTAN.

Sus dos duros competidores son China y EEUU. Beijing está buscando ansiosamente suministro de hidrocarburos y en Asia Central tiene una opción muy tentadora y que no precisa de transporte marítimo, pese a su desarrollo naval todavía está en franca inferioridad frente a la nación estadounidense, siendo a sus vez países que pueden caer en la influencia china por peso económico. En cuanto a Washington, su interés llegó con la guerra de Afganistán y darse cuenta de que con su presencia en el área podía tener acceso a los hidrocarburos de la región, mostrándose Bruselas muy interesada en obtener acceso a ellos debido a su necesidad, pasando a ser a su vez en un actor de peso en la región.

El país centroasiático se encuentra en un momento de impasse.

Tras la caída de Ucrania al Kremlin sólo le queda Bielorrusia y Asia Central, a saber lo que ocurre con el problemático asunto del Nagorno-Karabaj que complica su influencia en Armenia y Azerbaiyán que están enfrentadas entre sí por él. Por tanto, va dar guerra hasta el final frente a una China temerosa por el momento de librar un pulso abierto con Rusia, optando por ir controlando la región lentamente y unos EEUU en retirada de esa zona pero cuyo soft power tiene peso suficiente para mantenerse como una fuerza importante durante años.

En la primera década del siglo XXI parecía que Asia Central estaba en transformaciones políticas con la revolución en Kirguistán pero quedó el proceso detenido, aguantando muy bien en el cargo Nursultan Nazarbayev, Saparmirat Niyazow e Islom Karimov. Esto último se explica porque los tres desarrollaron regímenes férreos en sociedades conservadoras sirviéndose del Islam y de factores culturales propios, beneficiándose del colapso de la URSS mostrando el papel de guía de ellos sobre sus países.

Con la muerte de Niyazow en 2006 el mecanismo de poder no ha variado en Turkmenistán y tampoco tiene visos que en 2017. con la muerte de Karimov, cambie la situación política de Uzbekistán. El presidente sustituyente que generó el sistema fue Shavkat Mirziyayev. Tomó posesión de forma interina tras renunciar Nigmatilla Yuldashev a los pocos días de haber asumido el cargo, siendo refrendado por las urnas Mirziyayez el pasado diciembre. Un proceso electoral que, como todos los que ocurren en Asia Central, son carentes de pluralidad política y distan mucho de ser unas elecciones con los estándares mínimos para considerarlas democráticas. El hombre en cuestión es una persona que ha sabido ascender desde su provincia de Djizaks hasta la lo alto, a través de su dominio de la escena política. Tiene la habilidad para gestionar un régimen como el uzbeko y no parece que se encuentre con problemas para manejarlo, al igual que es improbable que sea una marioneta de los generales de las fuerzas armadas del país.

Uzbekistán tiene importantes retos internos, como en la economía por la falta de desarrollo de su población pese al empeño soviético en su momento por incrementar la agricultura y la producción de algodón, además de que los beneficios de los hidrocarburos no han generado una economía importante y tampoco con el capitalismo ha mejorado en gran medida el nivel adquisitivo de la gente. Es por ello que Shavkat ha prometido duplicar el PIB del país antes de 2030, difícil reto y más con las fluctuaciones de los hidrocarburos que están en una época de más bien precios bajos (especialmente el petróleo). La oposición interna ha consistido en el radicalismo islamista que ha cometido en el pasado algunas acciones en el país pero no teniendo fuerza para suponer una amenaza para el régimen. Máxime cuando gracias a la intervención de EEUU en Afganistán el Movimiento Islámico de Uzbekistán dejó de realizar incursiones armadas en suelo uzbeko tras ser destruida su infraestructura en Afganistán junto con la caída del poder de sus valedores los Talibanes. No obstante, ha ido creciendo el peso del movimiento opositor islamista radical.

Geopolíticamente la nación uzbeka debe contemplar como amenaza la posible vuelta de los Talibanes al poder junto con otros factores de la situaciones de Afganistán. También una desestabilización del empobrecido Tayikistán, desgarrado en los ’90 por una guerra civil y actualmente dirigido con mano de hierro por Emomali Rajmonov, puede resultar problemática entrando dentro de las probabilidades que pueden originarse. Por otra parte, la neutralidad de Turkmenistán no supone un riesgo, pero en cambio con su vecino norteño, Kazajistán, puede darse conflictos dado que ambos rivalizan por ser la potencia regional con más peso.

No tendrá un trabajo fácil Mirziyayev, pero no parte de una mala posición. Con la solidez del régimen tiene que tratar de darle un empujón a su país, mantenerlo a salvo del radicalismo religioso y saber nadar en la geopolítica de la región. Su labor y las circunstancias marcarán el rumbo de un país construido por Karimov y que puede tambalearse en el escenario posterior a su muerte.

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