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Turquía y la sombra del sultán

Por Alberto Ginel*

Las elecciones del pasado junio trajeron novedades al escenario político turco: por primera vez desde su llegada al poder en 2002, el AKP del Presidente Erdogan y el primer ministro Davutoğlu retrocede en una Asamblea Nacional inusitadamente fragmentada y que incorpora por primera vez en la historia a una coalición enraizada en el sureste de mayoría kurda (HDP).
La cámara nacida de esas elecciones ni siquiera echó a andar: Erdogan, a quien constitucionalmente corresponde encargar la formación de gobierno y la convocatoria de elecciones, anunció nuevos comicios para el 1 de noviembre.

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Entre la Turquía de junio y la que votará dentro de unos días median muchas cosas: dos bárbaros atentados, la entrada de Turquía en el laberinto sirio y la reapertura del conflicto kurdo. Muchas más, desde luego, entre la del 2002 -la que encontró Erdogan como primer ministro- y la de 2015.

Hagamos memoria para apreciar algunos elementos de la política turca y sus lineas divisorias.

Comencemos por recordar que la primera experiencia de un islamista en el poder -con Necmettin Erbakan- duró un año y acabó con su partido ilegalizado. El proceso de islamización que apenas inició, junto con una política exterior centrada en generar “espacios islámicos” liderados por Turquía en detrimento de su relación con Europa y EEUU y su retórica anti-Israel despertaron al omnipresente guardián del laicismo constitucional. El ejército dio lo que se llamó un “golpe pos-moderno” y el fiscal general hizo el resto.

Tras este hecho y coincidiendo con el cambio de siglo, tuvo lugar un reordenamiento del espacio islamista en el que triunfan las tesis moderadas del joven Erdogan. El nuevo referente (que rehuye la etiqueta de “islamista”, dado que la constitución prohíbe los partidos de base religiosa) se presenta a la ciudadanía desde la aceptación del secularismo como pilar de la República fundada por Ataturk, con un discurso pro-europeo, no conflictivo con la relación con occidente e Israel y sobre todo, muy centrado en las reformas económicas y en desterrar la corrupción.

Durante una década Turquía ha vivido un periodo de reseñable crecimiento económico (encontrando un lugar en la segunda generación de emergentes, el llamado grupo CIVETS  y una estabilidad política alabada desde el exterior. Así, Erdogán triunfó en tres elecciones como primer ministro, mejorando siempre sus resultados hasta la cumbre de su poder en 2011, cuando alcanzó el 50% de los votos. Momento a partir del cual se revela una tendencia latente y cada vez más aguda hacia la hegemonía política, una pretensión que se sintetiza en el objetivo de transformar la república parlamentaria en una presidencialista con amplios poderes para el jefe del Estado.

Con el AKP convertido en la gran referencia política nacional frente una oposición impotente y dividida, Erdogan endureció la retórica mayoritaria y dio a su política un giro que muchos han calificado de autoritario al tiempo que los resultados económicos comenzaban a flaquear. Reprimió duramente la contestación social -con los sucesos de Gezi, llevó a cabo reformas legislativas dirigidas al control mediático y a la involución en libertades civiles, utilizó la cuestión religiosa para ampliar y movilizar a su base electoral, provocando la inquietud de los sectores laicistas. Dividir para vencer. Esta imposición interna sobre todos sus contrapesos (incluyendo la Junta Militar) ha buscado reflejarse también en la política exterior.

La relación con la UE ha entrado en los últimos años en un impasse -cuando no en un círculo vicioso- que explica parcialmente el giro ‘autoritario’ de Erdogan: se frenan (o revierten) reformas democráticas porque ha disminuido la atracción por Europa, que era lo que motivaba y aceleraba esas reformas en un sentido liberal-democrático. “No nos importa lo que diga la UE”, llegó a proclamar Erdogan, cuya primera versión -ya lejana en el tiempo- tuvo en el cumplimiento de los criterios de Copenhague  la base de su agenda reformista…

Con respecto a la relación noratlántica (teniendo la segunda fuerza militar de la OTAN) veremos cómo Turquía ha entrado en la coalición anti-Daesh persiguiendo objetivos de política interna tras desatender requerimientos previos por parte de la Alianza…incluso cuando los terroristas tenían la frontera turca al alcance de la mano durante la ofensiva de Kobane.

Y sin embargo, pese a haber logrado erigirse en el polo sobre el que gravita la política turca, y ya como presidente desde 2014, el hegemon Erdogan -con un 30% de popularidad frente al 4 de su primer ministro y candidato- sufre una gran paradoja: los dos tercios necesarios para la reforma presidencialista -su prioridad para 2015- siguen lejos del número de escaños de su partido. Mucho más tras las elecciones de junio de este año.

Desde esta perspectiva puede entenderse la convocatoria anticipada de elecciones y la arriesgada apuesta“doble o nada” puesta sobre la mesa para vencer en noviembre. Un gobierno minoritario no es suficiente para quien se dirige a la oposición con el 50% de los votos siempre por delante.

Si anteriormente, con su redefinición del papel del islam en la sociedad quiso activar (y activó) una linea divisoria tras la cual congregó a una ‘mayoría’ que le permitió alcanzar su grado más alto de poder, ahora es la cuestión kurda la principal baza del oficialismo. Aunque parezca enrevesado y maquiavélico (y aun siéndolo), también es sencillo: a Erdogan le conviene que los turcos vayan a votar convencidos de que eligen entre su AKP y el caos. Entendiendo por caos lo que está sucediendo a unos pasos de la frontera turco-siria y lo que vuelve a suceder en el sureste de mayoría kurda.

El atentado del Daesh el 20 de julio, motivó la entrada de Turquía en el conflicto sirio, si bien, repartiendo los bombardeos entre los yihadistas, el PKK y las YPG (estas dos últimas, milicias kurdas que frenan al Daesh en el norte de Iraq y Siria, respectivamente). Los ataques a esas posiciones, que intentan impedir la consolidación de un contínuum territorial kurdo en la frontera tuvieron como consecuencia la ruptura de la tregua con el PKK en suelo turco.

Tras el fin del alto el fuego -vigente desde 2013-, zonas del sureste del país como Diyarbakir vuelven a ser auténticos escenarios de guerra como en décadas anteriores. En estas zonas en las que el HDP concentra la práctica totalidad de su voto no se dan las condiciones de seguridad necesarias para llevar a cabo una jornada electoral, como han argumentado portavoces de la formación pro-kurda para pedir un aplazamiento de los comicios.

Analistas como John Hulsman ven en la espiral del ‘discurso del caos’ una oportunidad para el AKP de alcanzar una “victoria decisiva” en las urnas. Una vuelta de tuerca en la estrategia de polarización que ya dio resultado en el pasado.

No se contaba con que el HDP (grupo resultante de la refundación de varias organizaciones progresistas pro-kurdas) superara por poco la barrera del 10% logrando así ochenta escaños. Sacar a este partido de la Asamblea y atraer el voto nacionalista más duro (el del MHP) es la estrategia a seguir. Para ello, se presenta al HDP como el principal enemigo interno de la República y se cuestiona la lealtad de los representantes de la formación vinculándolos con los terroristas del PKK.

Con este recrudecimiento de la retórica divisiva que venía dominando la política turca al menos desde 2011 se trata de suscitar el efecto “rally round the flag”, o lo que es lo mismo, que en tiempos de asedio por enemigos externos e internos lo conveniente es ponerse detrás del líder referencial como el único capaz de neutralizar las amenazas.

Sin embargo, las encuestas para el día uno calcan el resultado de junio y las líneas divisorias entre partidos, cada vez más profundas, calcan las sociales dificultando cualquier coalición. Turquía de nuevo ante las urnas y ante sí misma en una de las situaciones más convulsas de su historia reciente.

*Publicado originalmente en bez.es

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