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Turquía y el fin del Sultanato

Fotografía: Beatriz Yubero

Fotografía: Beatriz Yubero

Por Xavier Palacios

Los últimos cinco meses de espera para unas nuevas elecciones generales en Turquía han sido más que una penitencia. Sin un liderazgo político claro ni legitimado por las urnas, Turquía se ha sumido en una espiral de violencia, que sumada a una incipiente crisis económica, no ayuda a prever una mejora de la situación política y social en la República turca.

Esta espera electoral ha culminado de manera catastrófica y sangrienta el monopolio político del Partido de la Justicia y del Desarrollo, y sobre todo, de su ya casi “eterno” líder político, Recep Tayyip Erodgan. Hasta las pasadas elecciones del junio pasado, parecía que el AKP no tenía ningún tipo de obstáculo político para llevar a cabo sus políticas y asentarse en los estamentos más importantes del estado. El sueño dorado del islam político en Turquía parece tocar a su fin por uno de los mayores problemas derivados de la política secular y estado centrista del gobierno turco, aplicado bajo una fachada piadosa. El partido político kurdo del HDP (Halklarin Demokratik Partisi) fue capaz de sobrepasar el umbral del 10% de votos para poder entrar en el parlamento de Ankara, alterando así la mayoría parlamentaria del AKP, y dificultando la reforma presidencialista que Erdogan pretendía y pretende llevar a cabo para legitimar su actual poder.

Actualmente estas elecciones pivotan alrededor de la situación en Siria. La antigua república árabe ha pasado a ser una preocupación para las potencias occidentales de primer grado. La importancia de la crisis siria, en gobiernos y medios de comunicación, ha aumentado progresivamente durante el último año, y culminó a principios de Septiembre con las fotos del bebe muerto en las playas del Mar Egeo de Turquía y con el auge del terrorismo del Estado Islámico en suelo europeo (hyperlink Charlie Hebdo).

El escape masivo de la población siriana de este verano ha deslumbrado a toda la clase política europea, que sin tener un plan real para esta catástrofe humana se ha volcado en buscar soluciones cortoplacistas para una guerra que ha durado ya más de un mandato electoral. El drama sirio ha puesto el foco de la prensa occidental en el Medio Oriente, y en intentar entender las posiciones de los actores regionales. La semana pasada  Angela Merkel visitó Istanbul para convencer a un precio razonable  que Turquía controlase más el flujo de inmigrantes hacia los Balcanes y la Europa de Schengen.

Si bien Erdogan aparece victorioso en este apartado de política exterior, la Guerra en Siria empieza a ser un calvario para la política turca. Más allá de los millones de refugiados que Turquía ha recibido a lo largo de esta guerra, en Siria se disputa una de las puntas de lanza de lo que fue el proyecto de la “Nueva Turquía” del AKP.

Turquía que se había auto-erigido como la democracia modelo a seguir en la región, desarrolló este papel político durante y después de las primaveras árabes. Su primer revés fue en Egipto y Libia, donde pasó a estar en un plano secundario. Plataformas no gubernamentales como Rabia no han pasado del plano reivindicativo contra la acusada y criminalizada dictadura de Al-Sisi.

El resultado en Siria sigue estando en el aire, pero la política turca en esta región ha dado un gran vuelco. Desde el primer momento, el gobierno turco dio apoyo a los grupos sunitas opositores al entonces presidente de la República de Siria, Bashar Al-Asad, calificado de dictador y de no ser el presidente legítimo del pueblo de Siria. Siendo este el principal argumento, Turquía se servía de su lado democrático y religioso para apoyar y armar a la oposición sunita contra Al-Assad. Esta arma de doble rasero servía para legitimar su posicionamiento político ante la comunidad internacional, pero también sobretodo para legitimar su política a nivel nacional. Al mismo tiempo este posicionamiento ignoraba la realidad de la frontera sur de Turquía con Siria, mayoritariamente poblada y dominada por las facciones kurdas.

Mientras que la comunidad internacional atestiguaba el auge de la mayor amenaza terrorista para occidente, el Estado Islámico, Turquía apelaba a su discurso democrático-sunita. Haciendo oídos sordos, esta posición era incompatible con la de sus aliados de la OTAN así como la posición rusa en Siria. Ambos lados, estratégicos aliados para Turquía en términos de seguridad, comercio y energía, han acabado con esta política en cuestión de meses. Turquía no sabe a dónde mirar, y finalmente eligió el paraguas de seguridad de la OTAN, que después del mortífero atentado de Ankara, vio peligrar la integridad física de uno de sus mayores aliados militares.

La política de doble rasero turca en Siria ha acabado por desestabilizar la seguridad nacional turca. La pasividad del gobierno turco para ver como se destruía la ciudad fronteriza kurdo siria de Kobane y el uso de la guerra contra el Estado Islámico para bombardear posiciones del PKK, provocó la rabia en la población kurda dentro de Turquía. Este caos político y sin una dirección clara ha acabado por golpear a la propia población turca. Los atentados de Suruç y Ankara son consecuencia directa de la política turca en Siria. En palabras del analista político de Oriente Medio, Danny Makki, “la crisis Siria ha sido el catalizador para la oposición política turca”. Makki apunta: “la política exterior turca en Siria ha tratado de, primero, deponer Al-Assad y apoyar un régimen pro-Hermanos Musulmanes. Segundo, esta política ha tratado bloquear la expansión del grupo kurdo-sirio del YPG, visto a ojos de Ankara como un aliado del PKK, y una amenaza potencial a la seguridad nacional. De esta manera Turquía legitima su apoyo a grupos yihadistas en Siria”.

Turquía ahora se enfrenta a su propio problema, la permeabilidad de su frontera con Siria y su pasividad frente al auge de grupos terroristas sunitas, ha provocado una situación de descontrol e inseguridad. Como añade Danny Makki “la política exterior carece de consenso popular” usando como ejemplo las declaraciones del padre del piloto muerto en Siria, quien acuso a Erdogan de la muerte de su hijo (hyperlink).

Erdogan entonces parece querer dejar claro que sin un líder fuerte y legitimado, Turquía no puede sobrevivir. Turquía se sumerge de nuevo en una polarización política, étnica y social que hacía años que no se veía. Las instituciones políticas, la economía y la sociedad no funcionan sin un liderazgo claro y mientras que Erdogan no “legalice” su situación, Turquía seguirá andando y desangrándose sin un rumbo claro.

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