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Transiciones y geopolítica tras la Primavera Árabe

Por Miguel Ángel Pérez Cano

La Primavera Árabe que forzó la caída de Ben Alí y produjo un efecto contagio en el mundo musulmán hacía presagiar un florecimiento de Oriente Medio y del Magreb a través de la reforma de sus estructuras y la toma de conciencia de sus ciudadanos. Sin embargo, los intereses en juego de los actores internacionales, las particularidades de cada sociedad, el peso de la historia y la resistencia de las fuerzas hasta entonces dominantes, convirtieron el proceso en un vía crucis que en algunos lugares ha degenerado en un infierno.

Desde el mismo momento en que la realidad empezó a cambiar con las primeras revueltas, los países de la zona empezaron a posicionarse. De hecho, las naciones del Golfo Pérsico vieron una gran oportunidad para ganar influencia en el Magreb bendiciendo los cambios y ayudando a derrocar a Gadafi. Por el contrario Buteflika, Presidente argelino, temeroso de que pudiese verse afectado su poder, actuó con presteza internamente y siguió el camino contrario.

Dentro del Magreb el caso egipcio es singular. La relación El Cairo – Consejo de Cooperación del Golfo siempre fue beneficiosa para ambas partes, por lo que la caída de Hosni Mubarak, Presidente de Egipto, era un factor de riesgo para todo el equilibrio de la zona. Aun así Qatar decidió dar su apoyo a los Hermanos Musulmanes, en una jugada arriesgada por seguir ganando influencia en el Magreb, mientras el resto de monarquías de la península arábiga observaban con preocupación. Cuando Mohamed Mursi, nuevo Presidente de Egipto tras las elecciones que se celebraron una vez derrocado Mubarak, reanudó relaciones diplomáticas entre Egipto e Irán, rotas hasta la fecha, hizo encender todas las alarmas en las capitales arábigas.

La entrada del ejército en la arena política en lo que parece indicar que es un restablecimiento parcial del régimen de corte Mubarak, tranquilizó  a los países mencionados con anterioridad aunque hizo vivir una crisis en el Consejo de Cooperación del Golfo, pues Qatar era partidario de Mursi aunque no viese con buena cara la normalización de relaciones Egipto-Irán.

Sin embargo, es en Oriente Medio donde la Primavera Árabe más ha provocado reacciones y la participación de los actores ha sido más enconada. Por desgracia en esa zona las revueltas dieron paso a un enfrentamiento sectario entre suníes y chiíes.

El proyecto iraní de media luna uniendo su territorio con el Líbano, donde la rama chií de Hezbollah es poderosa, pasa por mantener al régimen alauí sirio como aliado y al partido político iraquí Dawa controlando Irak, algo muy mal visto por las naciones árabes suníes. Un Irán que decidió jugar sus cartas en la Primavera Árabe apoyando a los chiíes tanto en Yemen, que tras el derrocamiento de Saleh ahora años después está casi bajo control de los hutíes chiíes, como en Bahréin, viéndose obligado el Consejo de Cooperación del Golfo a enviar tropas militares con tal de mantener en el poder a la monarquía suní de este Estado insular miembro del organismo.

Sin embargo, es en Siria donde la “guerra fría” entre el Consejo de Seguridad del Golfo e Irán se vive con más intensidad; los partidarios de ambos están asolando un país en una guerra civil cruel y asimétrica. La financiación de las partes y el suministro de armamento así como la participación directa de Hezbollah y milicias chiíes procedentes de Irak externacionalizan el conflicto.

La constitución de un Estado yihadista en pleno Oriente Medio ha trastocado enormemente este panorama. El Estado Islámico es enemigo tanto de Irán, ya que es suní, como de los países de la zona que no son chiíes, pues es contrario a su estructura de poder, no es moldeable a su influencia y se ha hecho con el control de los recursos petrolíferos. Por tanto, tácitamente y mientras continúan su enfrentamiento, tanto Irán como los países aliados del Golfo ayudan en la lucha contra el Califato autoproclamado por los yihadistas.

En todo este escenario debe mencionarse a Turquía. Un país que está ganando importancia en los últimos años y que va trasladando el eje de su política exterior hacia Oriente Medio. El gobierno turco es uno de los grandes detractores de Bashar al-Asad y ha actuado en consecuencia, incluso tratando de conseguir una intervención militar internacional para derrocar al régimen alauí. En cambio, ha actuado poco ante el surgimiento del Estado Islámico, tardando en permitir el paso de combatientes kurdos para que pudiesen adentrarse en Siria desde Irak y el interior de Turquía, refugiados kurdos sirios, ya que no permite que acuda el PKK. Ankara trata de ganar influencia en la zona con una estrategia enigmática actuando como una parte alejada del enfrentamiento suní-chií pero con el asunto kurdo como freno en sus intenciones.

Las potencias mundiales han reaccionado tarde ante los cambios en Magreb y Oriente Medio. A pesar de que no han jugado un papel clave en el rumbo de los acontecimientos, su peso es importante y su posicionamiento clave. Los Estados Unidos, dubitativos, procedieron a implicarse en cumplimiento de la Resolución del Consejo de Seguridad sobre Libia y ahora en la lucha contra el Estado Islámico, impulsando una coalición internacional que ellos lideran. Por el contrario, Rusia, bien decidida defiende sus intereses en Siria, una base naval y sus múltiples relaciones con su aliado desde la Guerra Fría, colaborando y apoyando indirectamente al régimen de Bashar al-Assad. Mientras, China observa con atención la situación.

El Egipto resultante de la Primavera Árabe recupera su peso en la región, pudiendo lograr finalmente una tregua entre Israel y Hamás, e implicándose en una Libia que puede arrojar inestabilidad si continúa en su proceso de “somalización”. Rusia ha actuado con decisión haciendo el mismo Presidente, Vladimir Putin, una visita de Estado y prometiendo cooperación con el nuevo régimen egipcio, tanto en proyectos como en venta de armas, respondiendo Al-Sisi, Presidente de Egipto, con el establecimiento de un organismo para el estudio e impulso de las relaciones de Egipto con Rusia y China (quien discretamente también intenta ganarse el favor del régimen). La reacción de EEUU, hasta ahora aliado de Egipto, ha sido la de dar marcha atrás en su cancelación de venta de armamento militar al país del Nilo, la cual había adoptado tras el Golpe de Estado contra Mohamed Mursi, y reanudando la cooperación militar con Egipto. Por el momento, El Cairo a falta de concretar su definición en ese aspecto ha reforzado su amistad con los países del Golfo Pérsico, quienes ayudaron a consolidar al régimen egipcio tras el Golpe de Estado con una gran ayuda financiera.

Es extremadamente complejo vislumbrar escenarios en un panorama como el actual, pero si se tiene en cuenta el importante papel que juega la religión en el mundo musulmán, el enfrentamiento suní-chií, la actividad yihadista, las estructuras de cada país y la marcha de los acontecimientos, puede tratar de hacerse.

El extremismo islámico siempre saca partido de la debilidad gubernamental y de los enfrentamientos, ya se vio en Irak durante la presencia estadounidense y ahora no es una excepción. Libia, Siria, Irak y Yemen son zonas donde van a seguir creciendo los movimientos de corte yihadista, mientras que está por ver si las nuevas autoridades tunecinas pueden hacer frente a la penetración extremista, así como la evolución de la situación en el Sinaí, donde el régimen egipcio afronta problemas de seguridad.

Dos de los países citados con anterioridad, Libia y Yemen, si nada lo impide seguirán su proceso de “somalización”. La división del poder gubernamental en Libia entre islamistas y laicos con la constitución de dos parlamentos así como el avance de milicias independientes y la entrada de yihadistas así lo hacen presagiar, mientras que en  Yemen la debilidad gubernamental y el avance de los hutíes así como la creciente actividad de Al Qaeda añaden gran inestabilidad a ese país, que camina hacia la desintegración estructural.

El enfrentamiento sectario proseguirá en Siria si ninguna de las partes, Irán y el Consejo de Cooperación del Golfo, da su brazo a torcer, amenazando con extenderse dicho enfrentamiento tanto a Irak como al Líbano. Precisamente en el país de los ríos Eufrates y Tigris se  están dando todos los elementos necesarios para una guerra sectaria, pues la sensación de discriminación de los suníes así como la actividad de milicias chiíes luchando contra el Estado Islámico, cometiendo en ocasiones masacres sobre la población suní, acercan aún más un escenario de enfrentamiento sectario profundo. En cambio en el Líbano su relación histórica con lo que acontece en Siria y ser crisol de comunidades lo convierten en altamente inflamable. únicamente el recuerdo de la sangrienta guerra civil de la década de los ochenta y la labor de contención ha impedido que explotase, no obstante se han vivido episodios de combates esporádicos, y en el futuro cercano con un Hezbollah participando en la guerra civil siria puede llevar al Líbano al enfrentamiento interno en función de cómo evolucionen los acontecimientos en la vecina Siria.

A modo de conclusión, puede afirmarse que la Primavera Árabe ha hecho que las partes implicadas tuviesen que preocuparse por salvaguardar sus intereses y procurar que el adversario perdiese más, ya que se ha llegado a un punto de inestabilidad y reveses para cada una de las partes, y  ningún país consigue avanzar en la obtención de sus objetivos. La reacción al fenómeno ha provocado casi la desintegración del Consejo de Cooperación del Golfo, que las alianzas existentes corriesen peligro o que incluso cambiasen algunas de ellas con la subida a primera línea de actores no estatales. Estamos ante un proceso – de cambio y riesgo que va a redefinir Oriente Medio y el Magreb.

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