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Sitt Al Hurra: la Reina de Marruecos que aterrorizaba los mares

Por Dina El Idrissi*

Sitt Al Hurra (1485-1542), gobernadora de Tetuán y reina de Marruecos. Pasó a la historia por sus temibles actos de piratería contra los corsarios portugueses. Mujer excepcional y, sin duda, adelantada a su época, considerada una de las más importantes personalidades femeninas del norte de Marruecos, y de las figuras más significativas del Occidente islámico de la Edad Moderna.

No se conoce su nombre real. A juicio de algunos historiadores marroquíes como Dawud e Ibn Azuz Hakim, pudo haberse llamado Aisha. “Al Hurra” fue un título que etimológicamente significa libre, pero no tiene nada que ver con el significado de libre como se entiende actualmente. “Sitt”- Señora, “Hurra”- Libre significaba Dama Noble, Señora aristócrata, título que han llevado reinas y notables mujeres musulmanas.

Lo cierto es que perteneció a una familia de andalusíes notables “Banu Rashid” que, como muchos otros, ante el avance de los Reyes Católicos, se fugaron al norte de África.

Hija del sultán Ali Ibn Rashid, convertido en un príncipe independiente de la dinastía de los Wattasíes de Fez, formando un mini- Estado en Chefchaouen, y de Lalla Zuhra Fernández, una mudéjar o morisca de Vejer de La Frontera convertida al islam. Fue educada de la mano de los grandes sabios e intelectuales de Tetuán, y destacó por su gran inteligencia, sabiduría y eficacia.

A la temprana edad de 16 años se casó con Al Mandari, fundador y gobernador de Tetuán y antiguo alcaide granadino inmigrado al norte de África, junto con otros compatriotas, antes de la caída de Granada.

El caso es que desdeñoso silencio le dedicaron tanto historiadores árabes como extranjeros.  En las fuentes árabes no se encuentra prácticamente información sobre esta reina que gobernó durante más de 30 años, desde 1510 hasta 1542, año en que fue depuesta.

Sitt Al Hurra emergió en la escena política de Marruecos cuando su marido el gobernador de Tetuán, bastante mayor que ella, enfermo y ciego, tuvo que retirarse para cuidar de su salud, viéndose ella implicada en todo lo referente a la ciudad y haciendo gala de sus dotes para la política y la economía. Junto a su marido sostuvieron y financiaron la navegación corsaria contra los portugueses, que habían tomado Ceuta, y los españoles.

Sitt Al Hurra, dueña de un talento excepcional, desempeñó un papel esencial como gobernadora de Tetuán y cabecilla indiscutible de los piratas en el Mediterráneo Occidental. Lo que le granjeó la enemistad de cercanos y extraños.

Entre sus aliados tuvo al famosísimo corsario turco Barbarroja, que operaba en el Mediterráneo Oriental. No fueron los corsarios sus únicos aliados. Después de la muerte de su marido, se casó en segundas nupcias con el rey wattasí Ahmed.

Con la intención de hacerle entender que no pensaba renunciar a su papel político en el norte de Marruecos le exigió que dejara su capital Fez y se trasladara a Tetuán para la ceremonia nupcial. Hecho sin precedentes en la historia de Marruecos hasta hoy día que un Rey se case fuera de su capital, prueba de su fuerte personalidad marcada indudablemente por su madre, una mujer de cultura mixta, y la de su padre, constructor de estados, amén de la de su marido Al Mandri.

Puso tal empeño en proteger el corso, incumpliendo acuerdos estatales en su perjuicio y en el del propio sultán, que trataba diplomáticamente de remendarlo. Esto, merced a conspiraciones interiores y la personalidad difícil de Sitt Al Hurra, precipitaron un final brusco. En 1542, familiares y facciones contrarias entraron en Tetuán y dieron un golpe de poder destituyéndola y expulsándola de la ciudad, arrebatándole todos sus bienes. Se dice que regresó a la casa de sus padres en Chefchauen donde se aisló y falleció. Hoy su tumba es visitada por miles de mujeres que la consideran un icono de autoafirmación.

Su historia sólo se puede entender si se analizaran las coyunturas de la época, uno de los periodos más traumatizantes de la historia del islam. Hay quien dice que no supo seguir siendo extraordinaria apoyada en un hombre, en una sociedad de hombres y quiso ser ella misma el hombre, lo que en aquella época era imposible de mantener.

*Artículo publicado originalmente en Atalayar.

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