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Siria: orígenes y dimensión del conflicto

Por Miguel Ángel Pérez

Hemos visto durante más de un lustro cómo Siria caía en una guerra civil, que se fue internacionalizado y adquiriendo gran complejidad. Para comprender este conflicto es oportuno analizar las causas, definir la situación actual y hacer una perspectiva sobre el futuro de esta nación de Oriente Medio.

Tengamos en cuenta que Siria es un país gobernado por una minoría alauí, de la rama chií de la fe musulmana, y que además de controlar el poder, esta comunidad es mayoritaria en Latakia, situada en la costa. Sin embargo la gran mayoría de la población y de los territorios del país son mayoritariamente de la rama suní del Islam, habiendo en el noreste una importante minoría kurda.

En el marco de la Primavera Árabe, el pueblo sirio reaccionó a la violenta represión del régimen de las primeras protestas producidas. No ocurrió, como en el pasado, que con la fuerza de las armas se acalló la protesta. Así mismo, una parte del ejército se unió a la oposición constituyendo el Ejército Libre Sirio, que pasó a reforzarla y ayudó a que el gobierno perdiese el control de parte de Siria.

Es aquí donde se mezclan dos factores importantes que han influido decisivamente en el porvenir de los acontecimientos. Por un lado, el sectarismo ha jugado un papel importante, y es que una de las regiones que más ha apoyado al régimen de Bashar al Assad ha sido Latakia. De hecho, en muchos puntos de esta región, la guerra civil apenas ha llegado. Por otra parte, la naturaleza misma del Estado sirio; un país presidencialista regido por los Assad desde hace más de medio siglo, en el que el elemento aglutinador, que da forma a la estructura estatal y controla las redes económicas es dicha familia. Esto ha hecho que una parte de la población mantuviese su fidelidad a al Assad por encima del factor sectáreo, lo cual ha sido un elemento clave para que la mayoría del ejército permanezca fiel al régimen, y ha dificultado la labor de la oposición para unirse y derrocar al poder establecido. Esto determina que la guerra civil siria esté influida por el sectarismo, sin ser por ello una guerra sectaria.

Irán, aliado del régimen alauí sirio, ha alimentado el sectarismo desde el principio y la implicación de su aliado “proxi”, la guerrilla libanesa Hezbollah, ha sido determinante para mantener a al Assad en el poder. Frente a ellos, se encuentran por una parte, la fiereza del gobierno turco, que desde hace décadas se opone al régimen sirio por su respaldo a la causa kurda (Egipto evitó hace unos lustros que terminase en guerra abierta) y, por la otra, el Consejo de Cooperación del Golfo, cuyas naciones quieren perjudicar a Irán en su posicionamiento regional.

Por si el escenario no fuese suficientemente grave hay que añadir el problema del terrorismo. El DAESH, cuyo embrión se originó en la campaña de fuerzas irregulares de la década de los noventa por Saddam Hussein en Irak contra los kurdos, y que luego se desarrolló durante la ocupación estadounidense para rebrotar en  la guerra civil siria aprovechando el vacío de poder.

En el conflicto sirio, ese vacío de poder y la radicalización de la lucha contra el régimen, favorecida por al Assad –que liberó a presos salafistas durante los primeros días de las revueltas con tal de contaminarlas–, originaron la irrupción del yihadismo en Siria y concretamente de dos grupos que compiten entre sí. El frente Al Nusra, con vínculos con Al Qaeda y que constituye el oficialismo yihadista creado por Osama Bin Laden en los noventa, y el ya mencionado DAESH. La consecución de la primacía por parte de este último grupo ha sido gracias, en parte, a su dominio de la propaganda, pero también por su experiencia pasada en Irak, que le permitió tanto conseguir los apoyos como la habilidad para conquistar amplios territorios de la nación de la antigua Mesopotamia.

Uno de los grandes objetivos del DAESH desde sus inicios en Irak es la completa sunización del Islam; ello le ha movido a tratar de exterminar a minorías como la Yazidí y a entablar una guerra total con los kurdos, una población que hasta la aparición del DAESH había jugado un rol casi pasivo en la guerra civil siria, estando dividida en apoyar o no al régimen, mientras aprovechaba el debilitamiento de al Assad para ir constituyendo de facto una entidad cuasi estatal en el noreste de la nación.

La gran fuerza que ha obtenido el DAESH debilita enormemente al régimen sirio. La vieja alianza entre Rusia y Siria (heredada de la Guerra Fría) y la complicación de la geopolítica que le provoca a Rusia ser más dependiente de sus aliados, propiciaron la intervención militar rusa en Siria. Enmascarada su actuación en la lucha contra el terrorismo, el Kremlin ha limpiado parte su imagen, ensuciada por la intervención en Ucrania, recobrando también apoyo interno.

No interesada en tener un nuevo Afganistán, la acción de Rusia se limita a una intensa campaña aérea y el apoyo militar necesario para que al Assad recupere territorio a costa de la dividida oposición moderada, reduciendo fundamentalmente el conflicto sirio de cara al exterior en una lucha entre el DAESH y el régimen sirio, y “obligando” a optar por uno de estos dos bandos.

La tímida acción occidental en el conflicto sirio ha sido una de las causas del agravamiento de la situación del país. Su división sobre si armar o no a los rebeldes moderados, si prestar apoyo o no a estos grupos intentando su organización común, y la debilidad a la hora de evitar que se internacionalizase el conflicto influyó en el deterioro del escenario sirio.

En este contexto Turquía ha actuado por iniciativa propia, procurando el derrocamiento del régimen sirio y apoyando a la minoría turcomana que está contra al Assad en su mayoría. Este último hecho fue el detonante de su crisis con Rusia, pues el Kremlin bombardeaba a los turcomanos sirios y Ankara no acepta que Moscú intervenga en lo que viene a considerar su zona de influencia.

La caída de Damasco es improbable. Por una parte, la desunión imposibilita que la oposición moderada consiga una victoria militar, mientras que un triunfo yihadista de tal magnitud no es probable y no sería tolerado por la comunidad internacional. Además, la desmembración del régimen sirio, aunque puede ocurrir, es remota, pues se ha fortalecido gracias al apoyo ruso e iraní.

Por desgracia, todo hace indicar que a Siria le quedan años de cruenta guerra hasta que se apaguen las llamas del conflicto. Está por ver si el escenario post conflicto a medio plazo es uno en el que el poder del clan de los Assad se extienda a todo el territorio o si ganará peso la  idea de establecer un sistema federalista, ya sea por acuerdos internacionales, mediante el envío de fuerzas de interposición, o por insuficiencia de al Assad de volver a gobernar todo el país.

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