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¿Se ha acabado el tiempo para reconstruir la nación iraquí?

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Cristina Ariza Cerezo

La prioridad actual es derrotar a DAESH, lo cual podría ser factible en el plano terrenal, no ideológico, de existir una mayor cohesión entre los actores de la zona. No obstante, de conseguirse dicha victoria, aún quedaría en el aire otra gran incógnita: ¿cómo restablecer las fronteras difuminadas?

Si la reconstrucción estatal ya se antojaba complicada tras ser derrocado Saddam Hussein y entrar el país en estado de caos, los últimos años demuestran que la división ha llegado a un punto de no retorno. La partición de Irak por el norte a causa del avance de DAESH —que también ha roto la unidad de su vecina Siria— no es la única razón por la que el Estado de Irak se ha descompuesto de forma irrevocable. Desde luego, las cruentas batallas que se están librando en Faluya, Al Raqa y Mosul son indicador del impacto de DAESH en la unidad territorial de Irak, pero lo cierto es que, más allá de la insurgencia, se puede apreciar una grave fragmentación étnica y política en el país que cada vez se hace más profunda.

Irak, país de mayoría chiíta, no siempre ha estado a merced de la tensión sectaria. De hecho, durante la guerra con Irán iniciada por Saddam Hussein en 1980—por miedo a que la reciente revolución encabezada por Khomeini sirviese como acicate a los chiítas iraquíes para rebelarse contra el poder—, no se produjo una unión por afinidad religiosa entre chiítas de ambos países, sino que imperó el nacionalismo. Aún a la luz de los recientes acontecimientos, no deben tampoco desestimarse las nociones de «identidad» y «nación» en el caso de Irak.

No obstante, fue el mismo Saddam Hussein quien acabó contribuyendo a que dichos enfrentamientos sectarios resurgiesen. Aunque Hussein era cabeza visible del partido Baaz, con ambición panarabista al estilo de Nasser, no ocultó su afinidad con la rama sunita. La represión de los chiítas fue una constante durante su Gobierno, así como la cruzada contra los kurdos.

A la par que continúa la lucha contra DAESH y que la cuestión kurda sigue siendo un dilema sin resolverse, la actual crisis política que sufre Irak no hace más que agudizarse. En febrero comenzaron las protestas contra el primer ministro iraquí, Haider al-Abadi, que intentó crear un gabinete de tecnócratas, lo que fue ampliamente rechazado por una parte de la población por creer que era otro instrumento de la corrupción existente en el seno del Gobierno. Asimismo, la caída del precio del petróleo ha afectado la capacidad económica del país, que no ha podido realizar las reformas necesarias para aplacar la inestabilidad social. Las protestas han continuado durante los últimos meses y han llegado a su punto álgido con el asalto, al principio pacífico, a la «Zona Verde» de Bagdad, donde está situado el Parlamento. Una segunda protesta a finales de mayo fue notablemente más violenta, debido a que las fuerzas de seguridad reprimieron a los manifestantes con gas lacrimógeno.

Dichas protestas han sido fomentadas por el clérigo chiíta al-Sadr, cuya relación con Irán ha sufrido también algunos altibajos. Según Nicholas Krohley, autor del libro “The death of the Mehdi army: insurgency and civil society in occupied Baghdad”, el movimiento «sadrista» bebe tanto del rechazo de ser controlado completamente por Irán como del reconocimiento de que Teherán puede servir a los intereses de los chiítas en Irak. Tal argumento remite a la necesidad de no perder de vista a Irán como actor principal en lo que respecta al futuro de Irak, ya que las milicias chiitas, en su mayoría respaldadas por el régimen vecino, han contribuido a agravar la división sectaria. De aquí que algunos sunitas hayan respaldado tácitamente a DAESH, por creer que las milicias chiítas estaban cobrando demasiada relevancia dentro del país.

Tras observar el panorama político y sectario en Irak, pueden empezar a perfilarse algunas opciones de futuro. La opción preferible y asumida de forma inconsciente es la reconstrucción estatal del país una vez se venza a DAESH. No obstante, y tal y como señala The Soufan Group en su artículo “The Assault on Raqqa”, si DAESH no ha sido derrotado todavía no se debe a la fortaleza del grupo sino a la debilidad de los iraquíes a la hora de llegar a un acuerdo y dejar a un lado sus diferencias sectarias. Asimismo, parece demasiado utópico pensar que el Kurdistán iraquí dará un paso atrás en su intento por la independencia.

La segunda opción, prácticamente inabarcable, conllevaría volver a trazar las fronteras atendiendo a las divisiones sectarias. Si bien Kurdistán ha establecido ya lo que serían sus hipotéticos límites, las áreas ricas en petróleo serían disputadas. De igual forma, la división entre chiítas y sunitas no está marcada geográficamente y estaría casi descartada. Además, cabe mencionar que el debate abierto sobre las fronteras en Irak propiciaría un debate paralelo en la región.

Si bien la afinidad sectaria y el rechazo a Skyes-Picot puede crear un efecto dominó, todavía es pronto para dictaminar que el nacionalismo dentro de sus līmites fronterizos actuales ha muerto. La creación de Estados de acuerdo con las líneas religiosas o étnicas probablemente demostraría que la conciliación étnica no es posible en Estados fragmentados. Todavía hay quien se empeña en buscar una fórmula, al estilo del Líbano, que conjugue las diferentes facciones de la región, cuyo éxito debe también ser matizado. No obstante, la guerra abierta y el enfrentamiento continuo ha mermado las posibilidades de alcanzar una solución a corto plazo. Culpar al dilema sunita-chiíta del fracaso de dicha estrategia es una estrategia un tanto reduccionista y no alcanza a desvelar otras de las razones que han causado dicho conflicto.

En definitiva, el futuro de Irak es aún muy impreciso. La prioridad actual es derrotar a DAESH, lo cual podría ser factible en el plano terrenal, no ideológico, de existir una mayor cohesión entre los actores de la zona. Irán y Arabia Saudí, ayudados por sus principales acólitos, no hacen más que dispersar los esfuerzos y disminuir la ofensiva. No obstante, de conseguirse dicha victoria contra DAESH, aún quedaría en el aire otra gran incógnita: ¿cómo restablecer las fronteras difuminadas? 

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