, , , ,

Rusia en Siria: ¿qué vendrá después?

Emiliano Limia*

Han pasado más de 4 años y medio desde que comenzó en Siria el producto más oscuro, quizás, de las llamadas primaveras árabes. Más de 250.000 personas han muerto en lo que va de la guerra según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH), lo que convierte al conflicto en el más sangriento de la última década. Se estima que de los casi 23 millones de sirios, 4 están refugiados en el extranjero y son más de 8 millones los desplazados internos. Estamos ante la crisis humanitaria más grande del siglo XXI y, por si fuera poco, se acerca el invierno con sus temperaturas bajas y la nieve que prometen acrecentar las penurias.

El descontento de una gran parte de la población a principios de 2011 –en sintonía con lo que sucedía en Túnez, Egipto y Libia– se tradujo en protestas populares contra el gobierno de Bashar al-Assad, quien respondió con fuertes represiones. El lamentable curso de las sucesos desembocó finalmente en un violento conflicto civil, una guerra que no tardó en ser capitalizada por las potencias de las región que no simpatizaban con el presidente sirio. Así, los países del Golfo (Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, etc.) y Turquía brindaron apoyo financiero y armamentístico a los rebeldes para derrocar al régimen de al-Assad.  Del otro lado, el respaldo al gobierno sirio llegó desde Irán y su sucursal libanesa Hezbolá.

Para rematar, aparecieron los sanguinarios del Estado Islámico (EI) –entre otros grupos yihadistas–, que originalmente habían surgido en Irak como un brazo de la organización terrorista Al Qaeda, y que supieron sacar provecho ante la ausencia de un poder gobernante haciéndose con gran parte del territorio sirio e iraquí. En los últimos dos años, las operaciones militares del EI en Irak y Siria han demostrado ser una máquina de guerra ofensiva muy poderosa.

Desde su incursión militar el año pasado, la coalición liderada por Estados Unidos no ha sido eficaz, su aporte fue pobre y la ejecución de las operaciones planificadas deficiente. La crisis sigue muy lejos de resolverse, continúa un estado de guerra en el que los grupos locales armados se multiplican y los extremistas son una amenza cada vez más grande para toda la región. En este contexto, y ante el debilitamiento de un régimen que parecía destinado a colapsar, el pasado 30 de septiembre al-Assad pidió oficialmente ayuda militar a Moscú para combatir al EI. Rusia, que históricamente apoya al Partido Baaz Árabe Socialista, busca renacer como actor estratégico en el mapa político internacional, así como mantener a su único aliado fiel en Medio Oriente y su única base naval en el Mediterráneo.

Si bien es prematuro sacar conclusiones acerca de la intervención rusa, existen opiniones muy divididas al respecto, posturas positivas y otras no tanto. Por un lado, quienes apoyan al gobierno ven a Rusia como un salvador, sostienen que, con sus operaciones militares junto al Ejército Sirio, ha logrado amainar el impulso de las ofensivas del EI y, con ello, la situación podría estar cambiando. Sobre todo por el anticipado ataque la semana pasada a la ciudad de Raqqa, uno de los bastiones principales de los extremistas, y la reciente recuperación del acceso a la base aérea de Kueires. Sin embargo, los más críticos aseguran que el objetivo principal de los ataques rusos no ha sido el EI, sino la resistencia opositora a al-Assad. Los rebeldes ven en Rusia a una potencia ocupante que apuntala un régimen opresivo y la consideran una complicación más que prolonga el conflicto.

Lo cierto es que los esfuerzos rusos se han concentrado en controlar las zonas de mayor amenaza al régimen, en los alrededores de las ciudades de Homs, Hama y Latakia, y principalmente el noroeste sirio, en las proximidades de Alepo, donde se ha conseguido recuperar parte del territorio perdido en la primer parte del año. Allí, además de la presencia del EI, se encuentran milicias del Ejército Libre de Siria, conformado en su mayoría por desertores del Ejército Sirio, y del Frente Al Nusra, los yihadistas “moderados” asociados a Al Qaeda.

Actualmente, todos estos grupos representan una amenaza real para al-Assad. El problema radica en que los bombardeos hacia objetivos que no son del EI alientan a otros grupos rebeldes a identificarse con los extremistas, es decir, Rusia de esta manera estaría promoviendo la formación de grupos yihadistas. Muestra de ello es la aparición, a principios de este mes del líder de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri, llamando a los seguidores del EI a aunar esfuerzos contra Rusia, Estados Unidos, Europa, Irán y Hezbolá. Incluso después de haberlos calificado de ilegítimos el mes pasado (tanto al grupo como a su líder, Abu Bakr al-Baghdadi).

El pasado 30 de octubre se llevó a cabo en Viena la primera mesa de negociaciones sobre Siria, de la que fueron parte también los actores regionales. Estados Unidos, Turquía y los países del Golfo pidieron la destitución inmediata de Assad, mientras que Rusia e Irán argumentaron que el liderazgo de Siria no debe ser decidido por fuerzas externas. Ambos bandos propusieron un tiempo límite de 18 meses para establecer un gobierno de transición, redactar una nueva Constitución y llamar a elecciones. Queda resolver si el presidente podrá permanecer en su cargo como parte de la transición o no.

El próximo sábado tendrá lugar la segunda ronda de conversaciones, también en la capital austríaca, justo un día antes de que comience la cumbre del G-20 en Turquía donde el presidente, Recep Tayyip Erdoğan, ya anunció que Siria será tema principal, y que empujará su vieja demanda por la creación de una zona de seguridad y exclusión aérea en el norte sirio, a lo largo de la frontera con Turquía, para afrontar la crisis de refugiados. 

El final de la guerra aún se ve lejos, parece muy difícil que se pueda llegar a un acuerdo. Primero se deberá intentar poner fin a los combates, un cese al fuego, para luego encontrar una solución política a largo plazo. En este sentido, si bien los debates en Viena hasta el momento no han producido resultados alentadores, el hecho de que las conversaciones se hayan iniciado es una señal de progreso.

*Periodista, Universidad de Mármara (Turquía)

Twitter: @emilimia

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir