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Riesgos y oportunidades para Putin en Siria

Por Alberto Ginel. Publicado originalmente en BEZ (bez.es)

Según la clasificación apuntada por Kenneth Waltz en Man, the State and War, existen en el estudio de las Relaciones Internacionales tres niveles de análisis relacionados entre sí: el individuo (que incluye el papel de los líderes), el Estado y el Sistema.

En los últimos tiempos Vladimir Putin se ha erigido en una categoría de estudio en sí misma. Si en la guerra fría había “kremlinólogos”, hoy la “putinología” –rama del conocimiento que habría de interpretar los pasos y las decisiones del Presidente ruso- se revela como un ámbito de estudio cargado de futuro, y es que muchos se preguntan qué tiene en mente el de Leningrado para entrar con la resolución habitual en un zarzal en el que otros buscan enredarse lo menos posible.

Hemos de asumir que antes de dar el primer paso hacia el perverso escenario sirio, el clásico proceso de ponderación de oportunidades y riesgos tuvo lugar en la cabeza (y en el gabinete) de Putin. En el lado de las oportunidades Rusia considera importante para sus intereses geoestratégicos el mantener y reforzar a un socio como Asad; ha velado por él desde el Consejo de Seguridad de NNUU así como militarmente.

¿Cuáles son, pues, esos intereses rusos en Siria? Los hay inmediatos, a medio plazo y de tipo sistémico.

En lo inmediato, a Rusia le interesa mantener a un aliado tradicional en un momento en que el orden regional se desmorona. Las raíces de la alianza ruso-siria se hunden en los tiempos de Asad padre y la URSS, una relación en la que se intercambiaban infraestructuras, armas, dinero, apoyo ideológico y un seguro internacional en plena Guerra Fría a cambio de capacidad de influencia soviética y acceso a puertos cálidos. Tras la expulsión de los consejeros económicos soviéticos de Egipto en 1971, Siria se convirtió en el aliado más valioso de Rusia, como demuestra el acuerdo de cooperación militar ruso-sirio de 1980.

– La situación en Siria ha escalado desde una cuestión de política nacional enmarcada en las protestas de la llamada primavera árabe hasta la geopolítica pura. Rondan por el tablero EEUU, Turquía, Arabia Saudí, naciones europeas bajo el paraguas de la OTAN, Iraq, Irán y Rusia, las fuerzas kurdas del norte de Siria y los rebeldes anti-Asad… todos opuestos al Estado Islámico pero con posturas divergentes -¿irreconciliables?- sobre cuál debe ser el futuro de Asad…y por tanto, el de Siria.

La entrada de Rusia tiene algunos riesgos elevados, pero también un evidente interés en el medio plazo, desde varios puntos de vista.

Con esta intervención Rusia intenta ‘volver’ a la primera división de la política internacional: se sacude por la vía de los hechos el aislamiento internacional al que pretendía someterla occidente a resultas de las intervenciones en el Cáucaso y en Ucrania. Putin podría utilizar Siria como elemento de presión para exigir la retirada de las sanciones que se ciernen sobre su país. 

Algunos analistas, actualizando al perspicaz George F. Kennan -alma de la estrategia americana de contención frente a la URSS- ven en los pasos actuales de Rusia la prueba de su debilidad: una muestra del “tradicional e instintivo sentido ruso de la inseguridad” más un intento de tapar problemas internos.

Sea como fuere -ya como muestra de poder o de desesperación- Rusia está allí. Si Asad finalmente resiste al agua hirviendo y se mantiene en el poder, el oso ruso habrá dado una nueva muestra de su proverbial tenacidad… y un zarpazo en la cara de EEUU. En este primer supuesto, Rusia se consolidaría en la región, podría atraerse a la expectante Iraq y hacer grupo con Irán y los libaneses de Hizbolá en un momento en que la influencia americana disminuye y el mundo sunní bulle. En el supuesto de que las circunstancias hagan caer el régimen de Asad o se alcance una solución intermedia (una transición sin él pero con elementos del régimen) Rusia hará lo posible por no perder el paso y reservarse una parcela de influencia de cara al futuro, es decir: habrá que contar con Rusia para lo que venga.

– En un nivel más general, a Rusia le interesa hacer prevalecer un leitmotiv que invoca tanto dentro como fuera de sus fronteras: que los estados y los gobiernos legítimos deben prevalecer frente a los intentos de injerencia extranjera (entendiendo ésta desde las sanciones económicas hasta la financiación a rebeldes). Rusia quiere presentarse como el garante material de un orden pragmático en regiones inestables, en claro contraste con una política exterior occidental pintada como contradictoria, moralista y poco prudente.

Por la cabeza de Putin habrá pasado también la consideración de varios riesgos importantes (para Rusia y los demás actores).

-Los primeros pasos (los primeros bombardeos rusos en Idlib y Aleppo) parecen más encaminados a castigar a las fuerzas de oposición del Ejército Libre de Siria que respaldan EEUU y los países del Golfo que a las posiciones del Daesh. Esto, además de apuntar hacia la prioridad rusa sobre el terreno, complicará la salida al conflicto.

El único objetivo común a todos los actores es acabar con Daesh. Sin embargo, la incompatibilidad radical de los diagnósticos hace que incluso para la consecución de ese interés común la colaboración sea prácticamente imposible. Para unos -Turquía, los kurdos y los países del Golfo- Asad es la causa del crecimiento del monstruo; mientras que para otros -Rusia e Irán-, consolidar al líder sirio es la única posibilidad de poner fin al conflicto. Decía Anton Chekhov (que además de escritor y ruso era médico) que “una gran cantidad de remedios para la misma enfermedad es un signo muy evidente de que ninguno es el adecuado”.

La entrada de Rusia consolida -aún más- la visión del conflicto desde su vertiente geopolítica: hace que algo más esté en juego. El camino aparentemente más deseable (combinar la acción militar contra Daesh con una dimensión política de diálogo nacional más o menos intenso desde el punto de vista transicional) se ha cubierto de minas porque cualquier resultado (por ejemplo, que Asad siga o que Asad sea sacado de la ecuación) será forzosamente analizado desde una óptica de poder y capacidad de influencia internacional. Esto es: se examinará si Rusia es tan débil como dicen los americanos o si las potencias occidentales están tan en retirada de Oriente Medio como dice Putin.

Existe también el riesgo -casi innombrable- del enfrentamiento directo. Siria es ahora un cuello de botella en hora punta. Un desbordamiento irracional de la tensión o incluso un error humano podrían desencadenar un escenario de consecuencias impredecibles. La violación por parte de Rusia del espacio aéreo turco ha provocado duras advertencias de la OTAN, y el despliegue defensivo de aviones turcos contra futuras incursiones.

La actuación de Rusia afectará negativamente a sus relaciones con los países árabes de mayoría sunní que quieren fuera a Asad. Rusia estaba iniciando un acercamiento con Arabia Saudí aprovechando las dificultades que atraviesan las relaciones entre Riad y Washington, aproximación que puede verse frenada. También peligra su relación con Turquía.

En definitiva: intereses, riesgos, pulsos estratégicos y geopolítica con regusto a Guerra Fría. Mucho en juego sobre la desdichada Siria.

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