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Qatar: el “peatón” libre en el partido de ajedrez de Oriente Medio

Por Alice Martini

Oriente Medio vuelve a ser centro de atención internacional por la crisis entre Qatar, Arabia Saudita y otros países árabes, y, una vez más, demuestra ser un escenario fascinante y, al mismo tiempo, muy complejo. Basado en un entramado de alianzas y enemistades, la región sigue reflejando la metáfora que siempre la ha venido definiendo: la del ajedrez. Los “jugadores” se dividen mayoritariamente en “dos equipos”, legitimados por las dos ramificación del Islam entre sunnitas y chiitas que, sin embargo, tienen más un papel instrumental y legitimador, puesto que se intrumentalizan para perseguir objetivos políticos y económicos y perpetuar juegos de poder muy concretos en la región. En este “tablero”, cada movimiento de un peatón, aunque sea el más pequeño, tiene repercusiones no solo regionales, sino también internacionales, por la influencia que esta región tiene en el resto del mundo. El peatón que ha generado la última crisis es Qatar, iniciando un juego por libre que ha generado una crisis importante (pero no excepcional) en la región.

El peatón que ha generado la última crisis es Qatar, iniciando un juego por libre que ha generado una crisis importante (pero no excepcional) en la región.

Esta pequeña península, monarquía absoluta gobernada por la familia al-Thani, se ha tomado la libertad de jugar una partida que no sigue del esquema establecido de “los equipos” opuestos, y se ha alejado de la grande vecina Arabia Saudí y de los países bajo su influencia del Consejo de la Cooperación del Golfo (GCC).  Esto ha sido posible gracias a los importantes recursos naturales que el país posee (es la tercera mayor reserva mundial de gas natural en el mundo) que no sólo han hecho que la crisis económica no le afectara tan directamente cómo a los otros países del Golfo, sino que también le permitió abrirse a otros mercados internacionales.

Esta política autónoma, casi desafiante, se ha llevado a cabo desde la independencia de Qatar en 1971; sin embargo fue el contexto de las Primaveras Árabes el que representó para el Emir Hamad al-Thani (1995 – 2013) la mejor oportunidad para desmarcarse de las líneas de sus vecinos e intentar tener una mayor proyección en la región y una presencia internacional más autónoma con una política exterior independiente y, a veces, casi agresiva. Efectivamente, es en este contexto histórico que las semillas de la crisis actual se empezaron a plantar. Aquí, Qatar empezó a desvincularse de forma importante de las políticas de su “grande vecina” y muchos son los elementos que han dado lugar a la actual situación política; crisis actual pero que, hay que recordar, no es tan reciente: por ejemplo, en 2013 la brecha en las relaciones entre estos países llevó a la abdicación del antiguo emir qatarí, mientras que, en 2014 Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin  retiraron sus embajadores de la península qatarí.

Una de las primeras causas de estas fricciones es el hecho de que, en los conflictos relacionados con los levantamientos de la Primavera Árabe, Qatar, como muchos otros países del Golfo, empezó a apoyar diferentes grupos insurgentes proxies. Sin embargo,  al contrario de lo que hacía Riad, que apostaba por los movimientos más seculares, Doha financió sobre todo a los Hermanos Musulmanes: en Egipto apoyó al partido de Libertad y Justicia de Morsi, en Túnez a Ennahda y también apoyó a la Hermandad en Siria. Por otro lado, dio apoyo a Ansar al Sahri’a (vinculado con al-Qaida) y en Yemen parece estar actualmente financiando los Houtsi, milicias chiitas filo-iranianas que luchan contra el gobierno sunnita.

Y es exactamente el apoyo a estos grupos, el primer elemento que ha desencadenado la rotura de las relaciones con Arabia Saudí, Bahrein, Egipto y Emiratos Árabes. En estos países, los Hermanos Musulmanes, con su concepción política del islam, han venido presuponiendo un elemento de desafío y desestabilización de los actuales gobiernos de estos países y son por lo tanto considerados ilegales y “terroristas”. Y, en consecuencia, el hecho de que Qatar los financie genera no pocos resentimientos entre estos actores.

El apoyo a los Houtsi, las milicias filo-iranianas en Yemen, evidencia el segundo problema de la crisis con Arabia Saudí

Sin embargo, el apoyo a los Houtsi, las milicias filo-iranianas en Yemen, evidencia el segundo problema de la crisis con Arabia Saudí: el acercamiento de Qatar, en algunos contextos, a Irán, peatón importante del otro “bloque de alianzas” en la región, el “corredor” chiita del que forman parte Irán, Iraq, Siria, y el Líbano de Hezbollah. Este país es el principal rival de Arabia Saudí en la región que, sobre todo últimamente, mira preocupada y con cierto recelo la creciente presencia y peso que éste está teniendo en Oriente Medio, también gracias a su intervención en el conflicto en Siria y en Yemen. Sin embargo, Qatar, demostrando cómo la división entre sunnitas y chiies es más instrumental que confesional, necesita mantener una relación diplomática con Irán, puesto que con éste mantiene buenas relaciones económicas y comerciales pero, sobre todo, comparte las mayores reservas de gas natural del mundo.

Y es en este contexto que la reciente visita de Trump a Arabia Saudí tiene que ser situada. Efectivamente, el presidente estadounidense parece querer enterrar el legado de Obama en Medio Oriente y volver a apostar por una división entre sunnitas y chiitas y un enfrentamiento EEUU – Irán. Por esta razón, en Washington se ha explicitado su interés por mantener una colaboración importante con Arabia Saudí, hecho que se ha amplificado con su reciente visita al país. En ésta, Trump pidió a los saudíes que lideren la luchas “contra el terrorismo y los extremismo”, velando así un mensaje muy claro de necesidad de contener, más que ISIS y al-Qaida, los estados chiitas, proporcionando, por lo tanto, una oportunidad a Riad para golpear a Qatar e, indirectamente, Irán y “volver al orden” en la región.

Tres días después del pasaje de Trump, Arabia Saudí, Bahrein, Yemen, Emiratos Árabes Unidos y Egipto rompieron relaciones con Qatar, llegando a adoptar medidas muy severas como el cierre de todas las fronteras y la expulsión de los qataríes de sus territorios, acusando a Doha de “apoyar el terrorismo de ISIS, al-Qaida y Hermanos Musulmanes”. Un movimiento que pone en el mismo nivel las milicias yihadistas y la organización política y que, por lo tanto, evidencia los reales intereses de Riad: que Qatar deje de ser un “peatón libre”, dejando de financiar a la Hermandad y alejándose de Irán. Esto se ha explicitado también en una lista de trece demandas que los aliados árabes han enviado, a través de Kuwait, a Doha para aceptar negociar la solución a la crisis diplomática.

Por lo tanto, el mensaje no podría ser más claro: Qatar tiene que decidir con quién alinearse. Y es importante que lo haga ahora, en el momento en el que se empiezan a vislumbrar una Mosul y una Raqqa libres de los milicianos del Estado Islámico. Esto depende del hecho de que la eliminación del “ISIS territorial” abrirá un espacio de competición política y militar entre los dos bandos que, en algunas ocasiones más que en otras, el enemigo común ha mantenido juntos. Efectivamente todo parece apuntar a un choque entre los chiitas apoyados internacionalmente por Rusia con los actores sunnitas involucrados en el conflicto, respaldados por Estados Unidos. Parece que, para estos últimos,  sea fundamental volver a recrear estos bandos y, posiblemente, demonizar Irán, proceso que pasa por asociarlo con el terrorismo internacional. Y tanto Riad como Washington saben que, en “el momento de la verdad”, la división tendrá que ser lo más clara posible, y que ninguno de los dos bandos podrá permitirse un “peatón libre” e imprevisible.

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