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Oriente Medio, hoy

Por F. Javier Blasco. Coronel en la Reserva**

Oriente Medio, una zona tan convulsa y llena de problemas e intrigas, ha sido capaz de reducir por unas semanas la intensidad de algunas de sus crisis importantes, o al menos, de pasar casi desapercibida. La lucha contra el ISIS y los sangrientos atentados en sus diversos escenarios continúan, aunque, en este periodo, no se han producido avances o retrocesos importantes. El proceso electoral en Turquía surtió los efectos esperados y Erdogan prosigue en sus medidas represivas y avanza paso a paso hacia un empoderamiento total e inapelable mediante la conversión del país en una especie de populismo plenipotenciario y personalizado de corte islamista y represivo sin que nadie, aparentemente, se preocupe por ello. Las tensiones y encuentros militares en Siria, a pesar de los grandes y recientes descubrimientos sobre crematorios masivos al más puro estilo nazi, no han provocado nuevas reacciones o represalias externas por parte de Occidente e incluso Israel, con sus altos y bajos vecinales sigue su curso y mantiene una relativa calma en procesos que, de momento, no aumentan en demasía el ruido de tambores de guerra o de grandes conflictos que despierten o requieran una preocupante atención internacional.

De pronto, dos hechos se han sucedido y casi concurrido en la zona. Hechos, que, a pesar de haber despertado algún cierto interés, poco para ser sincero, han supuesto grandes cambios, desde mi punto de vista, al proporcionar un cierto alivio por un lado y, un nuevo giro en las perspectivas e implicaciones políticas internacionales de EEUU en la zona.

Me refiero claro está, a las elecciones presidenciales en Irán y, por supuesto, a la primera visita de Estado del presidente Trump a Arabia Saudí. Visita muy importante, al ser este país el primero en ser elegido por el que – aunque bocazas y bastante puesto en entre dicho internamente-, todavía es el poderoso presidente norteamericano. Casi inesperadamente, ha decidido ser precisamente allí donde iniciar sus giras internacionales contra toda regla, que, aunque no escrita, se ha venido siguiendo por los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca en los últimos tiempos y por tradición, siempre comenzaban por visitar su vecino del Sur, México.

Los resultados de las elecciones presidenciales en Irán, muy poco seguidas externamente para lo que verdaderamente podían representar para ellos y para el resto del mundo, han supuesto un cierto alivio para el país y también, no hay que negarlo, para la Comunidad Internacional. Allí se encontraban en una encrucijada ante dos posibilidades, la continuidad del actual y aperturista presidente Hassan Rohaní o la vuelta al puro conservadurismo duro de épocas pretéritas en manos de Ebrahim Raisi, Baqer Ghalibaf o el exministro de Cultura, Mostafa Mirsalim. Todos ellos, mucho más populistas y radicales, que no han cesado de acusar a Rohani de haber vendido solo humo a costa de los beneficios derivados del famoso acuerdo nuclear de 2015 y ante la escasez, a su entender, de buenos resultados y perspectivas para la economía y el prestigio de Irán y la mejora de las condiciones sociales de los propios iraníes.

Todo ello, en un momento en el que la salud de su máximo dirigente el Ayatollah Ali Khamenei sigue deteriorándose y no se sabe cuánto tiempo tardará en que se produzca su sucesión forzosa ni que deriva tomará esta. Además, también hay que reconocer, que el entusiasmo alzado entre los iraníes hace cuatro años, cuando se produjo el primer nombramiento de Rohaní por una amplia mayoría, no se apreciaba inicialmente entre una población muy pendiente de cierta demora en resultados y de los cambios de comportamiento y declaraciones de Trump sobre la validez y continuidad del mencionado acuerdo y sus consecuencias.

Por fin, ayer 19 de mayo, se produjo el proceso electoral y posteriormente hemos sabido por boca del ministro del Interior, Abdolreza Rahmani Fazli, que Rohaní obtuvo más de 23 millones de votos, lo que supone el 57 % de los votos; mientras que su principal rival, el clérigo conservador Ebrahim Raisí, a la sazón, custodio de la fundación del mausoleo del imán Reza en Mashad logró algo más de 15 millones, un 38,5 %. En total se han emitido unos 40 millones de votos, lo que significa una participación de cerca del 70% [1], prácticamente la misma que en 2013, cuando Rohani se hizo con el poder, aunque entonces, sus logros lo fueron de forma mucho más aplastante. [2]

Un resultado que no ha sido fruto de la casualidad y de asentadas previsiones a pesar de que Rohaní era el candidato de consenso de los moderados y reformistas y para él habían pedido el voto figuras destacadas de esta corriente como el expresidente Mohamad Jatamí y los líderes del Movimiento Verde; sino de varios factores entre los que claramente destaca el decantamiento y la llamada de su líder supremo a votar con lo que, al hacerlo mayoritariamente, se mejoraría el apoyo a su preferido. Llamamientos que se transformaron en una participación masiva. «Todo el mundo debe participar», declaró Alí Jamenei al depositar su papeleta en la capital y se entiende que estas palabras fueron claramente interpretadas como órdenes para unos ciudadanos que, habiendo estado algo remisos a ello, con su voto aseguran el continuismo en la política aperturista iraní y refuerzan su sistema electoral al celebrar sin altercados su decimosegunda elección presidencial en los 38 años de la historia de la Republica.

Así y como resultado de esta implicación personal, se produjeron colas y más colas en los centros de voto lo que obligó a las autoridades a alargar el plazo de votación entre dos y cinco horas más según los casos; algo que, por otro lado, se viene convirtiendo en costumbre en los últimos procesos del país ya que se antojan muy masivos y excesivamente lentos a la hora de emitir el voto.

Sucesivamente a lo expresado, nos encontramos con la visita de Trump a Arabia Saudí; una visita que se ha ido forjando por sus asesores y familiares directos en beneficio de la industria de armamento norteamericana ya que oficialmente se baraja la astronómica cifra de 110.000 millones de dólares en ventas de todo tipo de material militar sofisticado del que destaca un sistema de localización y seguimiento de misiles para la defensa del territorio contra ataques externos.

Trump, a pesar de haber declarado claramente o dejar entrever varias veces su enemistad con Arabia Saudí al acusarles claramente de su implicación y financiación de los atentados del 11-S y por los nefastos resultados de su armamento de precisión –irónicamente, de procedencia norteamericana- en el conflicto con Irán en Yemen, se ha tenido que tragar sus palabras y ha sido recibido junto a su esposa con la alfombra roja a su llegada al aeropuerto, Rey Jaled de la capital Riad, para dar comienzo a su primera gira internacional, que posteriormente le llevará a Israel, Palestina, el Vaticano, Bruselas (Bélgica) y Sicilia (Italia). Como ejemplo de distinción se puede señalar que Trump fue recibido por el Rey Salman bin Abdulaziz a pie de pista.

Si nos fijamos en estos dos eventos, al parecer no encadenados, nos surgen ciertas dudas sobre el porqué de los hechos. En primer lugar, Irán se encontraba sometido a un cierto abatimiento porque transcurridos dos años desde la firma del beneficioso acuerdo nuclear, los auténticos y patentes resultados se están haciendo esperar y siempre queda en el aire la espada de Damocles blandida por Trump sobre si promoverá la supresión, anulación o profundos cambios y exigencias en el mismo y con ello, todo pudiera quedar en agua de borrajas.

Los iraníes, pueblo desconfiado donde los haya, no son partidarios de vivir en un continuo suspiro y con el alma en vilo pendientes de lo que un hombre lleno de vaivenes en sus políticas y decisiones de calado pueda hacer según sea la brisa del aire que respire cada mañana. Razón por la que su ciudadanía ha estado muy dividida y desanimada durante la previa participación en los mencionados comicios y ha sido precisa la presencia e impulso de su máximo líder para decantar la balanza en el sentido del continuismo y en una apuesta a seguir, aunque con ciertos encontronazos y miramientos, por la brecha planteada, abierta e iniciada por el anterior presidente norteamericano.

Por ello, se puede interpretar, que los iraníes han entendido, que volver a enrocarse en conservadurismos y mano dura con Occidente y principalmente con EEUU no es una buena medida para aclarar su futuro y que es mucho mejor una actitud de esperanza y mostrar cierta comprensión con los demás, aunque sea a cambio de dilatar un poco más en el tiempo el lograr sus pretensiones máximas. Saben que esta postura les está dando ciertos réditos no palpables en los bolsillos de sus ciudadanos pero que, sin que nadie se alarme en demasía, les permite seguir proliferando en sus modelos de armas de todo tipo y misiles, aunque no estén autorizados por la ONU; actuar sin necesidad de ocultarlo ni enmascararse en conflictos fuera de casa; acercarse a la frontera material con Israel y participar como actores principales en acuerdos de paz y de alto el fuego en Siria como el de Astana.

No presentar pelea a Trump es la mejor forma para desarmarle ya que, como todos sabemos y tras cuatro meses en el poder, todo aquel que se le resiste aumenta su capacidad y deseo de revancha y destrucción. Por otro lado, son conocedores de que su vista a Arabia Saudí, no solo es en poyo de una gran operación de marketing de la industria de armamento norteamericana, que lo es, sino un signo claro de que su política exterior, al menos en lo que respecta a Oriente Medio es muy diferente a la de su antecesor, que obviamente apuntaba a una despreocupación y desenganche progresivo y que, de momento, no había sido mayor, por las consecuencias de su nefasta política en Iraq y sus consecuencias letales como la misma aparición del ISIS.

Trump, con su paso por Riad y su posterior visita a Israel, quiere dejar claro que ellos no se van. Al contrario, tienen la intención de continuar colaborando en la zona, aunque puede que esto no sea por propia convicción y solo se haga a cambio de conseguir pingues beneficios para mantener y dar aire a su importante industria de armamentos con lo que esta se mantenga a flote y con capacidad de responder con precisión y rapidez a las potenciales necesidades propias en dicha materia.

Por otro lado, le manda un claro mensaje a Putin de que el camino no le que queda expedito en una zona donde, a falta de una clara y resolutiva potencia externa, los rusos podían, y de hecho ya habían comenzado, ir expandiendo sus posibilidades de ocupar los espacios vacíos dejados por los norteamericanos.

Ya no importa lo dicho sobre Arabia Saudí y su abrasivo empleo del material bélico en Yemen; “la pela es la pela”, como diría un buen catalán cuando la peseta era nuestra moneda oficial y, al mismo tiempo, le deja un recadito a Irán de que está dispuesto a mejorar las capacidades defensivas de su principal contrincante por mucho que aquellos mejoren las capacidades ofensivas de sus misiles. No deja desamparados a los saudíes como parecía que iba a ocurrir y marca claramente que su aportación seguirá siendo importante para frenar a Irán en su afán expansionista.

En definitiva, vemos que la estrategia norteamericana en el exterior, tal y como ya se anunciaba durante la campaña electoral de Trump, supone un mayor esfuerzo en materia de defensa. Sin abandonar, e incluso incrementar su presencia en la zona de Asia Pacifico y seguir acogotando a Corea del Norte y reprimiendo parcialmente los aires expansionistas chinos en la misma, de momento, mejora y multiplica su colaboración en Oriente Medio, dándole un tratamiento preferencial y sobre todo, incrementa en ella sus ventas de material bélico que aunque caro, es muy sofisticado y de alta precisión.

Veremos cómo Irán valora estos nuevos impulsos y pasos en la zona una vez digieran los resultados electorales y se aplaquen los miedos internos derivados de un potencial, amenazante y bastante probable cambio de rumbo en su gobierno y, por otro lado, cómo reacciona Rusia ante tamaño despliegue cooperativo con aquellos que son los eternos “enemigos” (Arabia Saudí e Israel) de sus “amigos” (Irán y Siria) en la zona.

Es muy posible, que también por su parte los rusos aumenten los intercambios comerciales en dicha materia y, al final, todo siga igual, salvo para el incremento de la mutua y férrea dependencia y sobre todo, para la mejora de los benéficos de las respectivas industrias de armamento de los dos países que encabezan el listado de los que más exportan armas al mundo entero.  Lo dicho, aunque pueda verse disfrazada de otros ropajes, al parecer, la pela sigue siendo la pela.

** Artículo publicado originalmente en Atalayar

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