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Nueve hermanos resisten en Aleppo las fuerzas de al Assad

Por Beatriz Yubero 

Con tan solo 22 años, Khaled es el menor de nueve hermanos que desde hace tres años combaten contra las fuerzas de Bashar al Assad en Alepo. Militante en el Ejército Libre Sirio (ELS), pide ocultar su identidad por miedo a las represalias del régimen y milicias yihadistas que desde hace meses operan en el norte del país con contundencia. Este joven, que aspiraba a ser ingeniero informático, es el único de su familia que habla inglés.

El 6 de julio de 2012, fecha clave en su calendario, decidió unirse definitivamente a las brigadas opositoras después de que dos de sus hermanos hubieran sido brutalmente torturados por las fuerzas de seguridad del Estado sirio tras una serie de manifestaciones pacíficas: “Interrogaron a mi séptimo hermano y le trasladaron a la prisión central de Alepo sin ser juzgado – cuenta, – Cuando le visitamos, le habían roto las manos y golpeado la cabeza. Pagamos al juez y cinco meses después fue liberado”.

Durante año y medio, esta numerosa familia ha combatido unida en diferentes zonas del Norte de Siria: “Hemos luchado en el centro de Alepo, Bustan al Kaser, Al Amiriye, Salaheddine, Sheikh Said y la ciudad de Idlib, pero hace tres meses abandoné las armas. Estoy cansado de luchar”, afirma Khaled.

Actualmente solo cuatro de sus hermanos continúan haciendo frente a las fuerzas de Al Assad en el terreno, concretamente en Sheikh Najjar, una zona industrial localizada al norte de la ciudad. Forman parte de lo que se denomina como Policía Libre Siria, grupo dependiente del ELS que ofrece seguridad en zonas controladas por esta milicia. “Mis hermanos cobran 100 dólares al mes por este trabajo. Tienen hijos que alimentar”, insiste.

Sin embargo, tras tres años de contienda, la mayoría de jóvenes sirios sin familia a la que mantener y exhaustos sólo piensa en escapar de la guerra. Desde Alepo, la opción más factible pasa por intentar atravesar la frontera a través de peligrosas rutas clandestinas que llevan hasta Antakya (Turquía). Más de dos días de trayecto en coche con el fin de entrar en un país donde poder obtener el estatus de refugiado. No obstante, esta es una alternativa cara, por lo que mientras tanto, en el norte de Siria, miles de familias como la de Khaled sobreviven desprovistas de los productos más básicos, entre ellos medicamentos.

La comida escasea y los canales de suministro de agua se encuentran permanentemente cortados debido a los bombardeos del régimen. Desde hace un año en este destruido paraje no hay electricidad. Los generadores apenas funcionan y no queda ningún hospital en pie al que acudir. La conexión a internet mediante satélite es realmente mala además de cara. Hasta tres dólares la hora por una lenta cobertura es lo que han de pagar quienes recurren a la red como única posibilidad para contactar con familiares que, ya en el extranjero puedan ayudarles a huir del infierno sirio.

Pero la peor parte, sin duda, la viven los niños. “Tengo diez sobrinos –cuenta Khaled– que no van a la escuela”. Alepo se ha convertido en una cárcel para la infancia. Recientemente la organización no gubernamental Save The Children ha alertado al Consejo de Seguridad de la ONU sobre esta peligrosa situación: “Cerca 80.000 menores pueden encontrarse infectados de poliomelitis y aproximadamente 200.000 ciudadanos han muerto en este tiempo a causa de enfermedades crónicas que tienen tratamiento”.

Por su parte, según fuentes del ELS, “cada día fallecen setenta y cinco personas de media en la ciudad a causa de los enfrentamientos”. Hay presos en manos del régimen en la prisión central y también en manos de la oposición en la cárcel de Al Rai. Además, el avance de las milicias terroristas en el norte del país ha puesto en sobre aviso a jóvenes que como Khaled temen el ascenso de estos grupos terroristas hacia el poder. “El Daesh – Estado Islámico de Irak y Levante por sus siglas en árabe– se ha asentado en Al Raqqa, Manby, Al Bab y Azar. Les tengo mucho miedo, actúan de manera independiente”.

“En cualquier momento puedes morir en Alepo”

Foto: Ciudad de Alepo tras un ataque aéreo. Fuente: Abo AdhamFoto: Ciudad de Alepo tras un ataque aéreo. Fuente: Abo Adham

Barriles bomba TNT sacuden cada día la ciudad de Alepo dejando decenas de víctimas a su paso. Sin embargo, pese a la dureza con la que el régimen de Bashar Al Assad golpea el país los instantes que más han impactado a esta familia durante estos tres años han sido los vividos en el campo de batalla: “En cualquier momento puedes morir en Alepo. Un día en el terreno –cuenta Khaled– nos enfrentamos a fuerzas del régimen, yo llevaba mi Kalashnikov. Es bastante grande. Los soldados de Al Assad comenzaron a disparar. Después de quince minutos salimos corriendo y de nuevo entramos en combate. Nos disparaban y nosotros respondíamos. Pero eran más fuertes. Nos agachamos en medio de los disparos hasta que logramos llegar a un sitio seguro. Estaba muy nervioso, me miré y repetí: ¡No me han disparado, no me han disparado! En ese momento me relajé  di media vuelta y vi que mi amigo había muerto. Entonces tuve una mezcla de sentimientos. Tras ese episodio continué luchando junto al ELS y a los seis meses no pude soportarlo más. Pensaba que podría haber sido yo”.

En todo este tiempo, ninguno de estos nueve hermanos ha causado baja. Mahmoud, de 67 años se siente feliz y orgulloso porque todos sus hijos están vivos, pero a la vez tampoco puede evitar sentir miedo por ellos, especialmente por Raafat. Tiene 23 años y guarda un gran parecido con su hermano menor Khaled. Ambos son como dos gotas de agua. Antes de que estallara el conflicto y hasta hace apenas dos años, este joven estudiaba en la universidad la carrera de Física. Actualmente, ante la falta de recursos económicos se plantea volver junto a sus cuatro hermanos al campo de batalla.

Con el poco dinero que sacan del negocio de la guerra, esta familia puede permitirse una comida al día. En la cesta de la compra suele haber únicamente patatas y tabaco, indispensable para aliviar el estrés que producen los continuos bombardeos del régimen de Al Assad.

Los pocos cibercafés que quedan en pie se inundan con el humo de los cigarrillos. Por la noche estos pequeños comercios, con el cerrojo entreabierto, se convierten en puntos de reunión clave para muchos jóvenes que se encuentran militando en alguna de las facciones que combaten diariamente en las calles de la ciudad. Es en uno de estos locales situado en el barrio de Al Fardos en donde estos dos hermanos nos cuentan cómo los ideales de la revolución siria se han tergiversado por completo en todo este tiempo.

“Comenzamos la revolución un 15 de marzo, luchábamos por nuestra libertad y ahora esto se ha convertido en una mafia”. En una conversación a la que tiene acceso esta redactora, Khaled rebate precisamente a un joven perteneciente a la facción Jabhat al Nusra, brazo armado de Al Qaida en Siria: “No me digas que tú luchas por la libertad de Siria más que yo. Yo he estado combatiendo, tu grupo, como los otros, no luchan por Siria o la libertad o por el islam, ellos solo buscan ganar dinero”.

Según este joven, la principal diferencia entre Jabhat Al Nusra y las facciones desgajadas del originario ELS es que la célula dependiente de Al Qaida “es una gran mafia mientras, que las demás son pequeñas mafias”, y alude con desprecio al papel que milicias opositores realizan gestionando la ayuda humanitaria. Según cuenta, no llega a Alepo: “Crees que la ayuda humanitaria llega procedente de Turquía, pero en realidad no se reparte”.

Fue el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon quien, haciendo referencia a la resolución adoptada dos meses antes por el Consejo de Seguridad de la ONU respecto a la ayuda humanitaria en Siria, manifestó el pasado 24 de abril: “La situación no ha mejorado”. Casi 3,5 millones de personas continúan desasistidas. Se trata de una “clara violación del derecho internacional humanitario”. Según datos procedentes de la institución, solo en Alepo un millón de personas necesita urgentemente la ayuda que tanto gobierno como facciones rebeldes bloquean. Actualmente hay 40 médicos en la ciudad para asistir a una población de 2,5 millones. “Es vergonzoso que casi un cuarto de millón de personas estén siendo deliberadamente forzadas a vivir en tales condiciones”, insistía Ban Ki-Moon.

Al otro lado de la frontera

Harto de la situación que vive Siria, Khaled  decidió el pasado 7 de abrilemprender un viaje que le llevaría a Turquía. Casi un millón de sirios se agolpan en los campos de refugiados situados en el país vecino. Consciente del peligro y las condiciones infrahumanas que soportan quienes huyen de la guerra, este joven, como tantos otros decide optar por la sobrevivir en la calle. “La vida en los campos es muy dura, no hay comida, no hay agua y corres un gran peligro. Muchos están controlados por grupos yihadistas, sobre todo en Al Raqqa”, dice Khaled.

Según el diario panarabista Asharq Alawsat este sería el caso de campo de refugiados de Ashbal Al Aazz, situado al norte de Siria, concretamente en la localidad de Al Tabka, al oeste de la ciudad de Al Raqqa. En este terrible lugar, como narra el diario, se prepara a los niños para ser futuros suicidas y combatir en la guerra. Hasta 50 menores de entre 7 y 13 años reciben adiestramiento durante 25 días por la organización terrorista Estado Islámico de Irak y el Levante. Al graduarse los adolescentes entran a formar parte de diferentes facciones vinculadas a la organización.

Para suníes como Khaled, cuyas convicciones religiosas y políticas distan mucho de este tipo de comportamientos que, considera, perjudican gravemente al verdadero objetivo de revolución siria, la vida en los campos no es una opción. Es por ello que con 22 años este joven tomó una difícil decisión.

Desde Alepo viajó hasta la ciudad de Idlib, un camino que no resulta nada fácil pues los bombardeos y disparos son continuos y el estado de las carreteras pésimo. Una vez en Idlib, de donde es originaria su familia, tendrá que pagar 100 dólares a quien en un destartalado coche le espera para llevarle a él y a otros dos jóvenes hasta Antakya, principal punto de referencia para la oposición. A su llegada son pocas las ayudas que encuentra por parte del gobierno turco, por lo que Ankara se convierte en la segunda opción para el menor de estos nueve hermanos que aún resisten en Alepo al régimen.

Diecisiete horas de autobús le trasladan a una realidad muy diferente a la que le prometieron. Tendrá que convivir en sus primeros días en una casa de la juventud, un término cuanto menos equívoco, empleado por las redes que se lucran del conflicto para referirse a un diminuto piso en el que 31 hombres conviven hacinados, sin posibilidad de tomar una ducha o dormir en una verdadera cama.

Por su estancia en este oscuro lugar le demandan otros 100 dólares al mes. Sin apenas dinero en sus bolsillos y tan solo con la documentación que le identifica como ciudadano sirio, este joven se encuentra de lleno con el profundo rechazo de la sociedad turca.

Dejó atrás el infierno de la guerra para comenzar otro infierno más particular. “He dormido en la calle, estoy solo, nadie habla inglés en este lugar y yo no hablo turco. A los sirios nos desprecian, es horrible”, cuenta Khaled. “Un amigo me llevó hasta la fábrica en la que él trabaja. Hace camisetas. Me dijeron que tenían un puesto para mí, no me dijeron cuánto me iban a pagar, pero sí que podía dormir en la fábrica y quizá tener acceso a wi-fi. Cuando fui el jefe no me quiso, no le hacían falta más sirios”.

Son las situaciones extremas las que ponen a prueba al hombre y, arriesgando el poco dinero que le quedaba, Khaled consiguió llegar a Estambul. Allí le esperaba Hamza, un compañero sirio con el que podrá vivir tan sólo unos días. En este destartalado piso situado en barrio de Bağcılar conviven siete hombres, cinco sirios y dos iraquíes. El trabajo en el Estambul tampoco abunda para los refugiados procedentes del conflicto y a las dificultades propias de la situación hay que añadirle una más, la ausencia de documentación. “Es difícil conseguir el Ikamet –documento de residencia turco– en Estambul y tengo miedo de que me deporten de nuevo a Siria. Estoy desesperado. Sólo puedo conseguirlo en la oficina de Ankara y eso supone otro viaje más y no tengo dinero”.

Al no poder pagar su estancia en este apartamento, el joven que duerme en el suelo bajo una manta realiza las labores de limpieza de la casa así como se ocupa de enseñar a cocinar a los demás habitantes del domicilio. Mientras cuece unas patatas –será eso lo único que coman–, Khaled narra cuál es exactamente su situación: “Necesito los documentos, necesito trabajar. El gobierno turco quiere que colaboremos con ellos en el recuento de ciudadanos sirios en el país. Ya estuve colaborando con  ellos cuando llegué a Turquía, pero no nos pagan nada y necesito hacer algo con mi vida. No tengo nada”.

Cada noche este joven se acuesta recordando el sonido de los disparos y los bombardeos del régimen. “Aquí se me hace todeo extraño, no estoy en mi país, estoy solo. Anoche me desperté y escuché un disparo en la calle. n este país hay mucha delincuencia. Disparó la policía. Entonces, al escucharlo, pensé: estoy en casa”.

Actualmente Khaled se plantea tener que regresar de nuevo a su país de donde, asegura, no podrá volver a salir. Con un tono pesimista, presagia lo que otros tantos muchos combatientes y jóvenes revolucionarios pertenecientes al originario ELS afirman: “Esta guerra no va a acabar hasta que países como Estados Unidos, Rusia o Irán lo decidan”. Ante la incertidumbre de lo que le espera, musita: “Si algo me ocurriera, escribe una historia asombrosa para que la gente pueda conocerme”.

 

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