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No solo Califato: el islamismo radical en el corazón de África

Por Francesco Saverio Angiò

DAESH y su autoproclamado califato se han convertido en el foco de atención de la comunidad internacional, sobre todo de los países árabes y europeos, tras el pivote obamiano de EE.UU. hacia Asia Pacífico.

La aparición de la nueva agrupación salafista, justo cuando la presencia de Al Qaeda ya había perdido su potencial de amenaza y se había modificado la percepción de este grupo por parte las sociedades occidentales, ha cambiado, una vez más, el paradigma de seguridad, debido tanto a su atractivo como a su capacidad de llevar a cabo un rápido avance territorial en Mesopotamia Superior.

Además, los resultados exitosos de la expansión de DAESH han contribuido a crear fenómenos de emulación por parte de otros grupos con la misma ideología a lo largo del Norte de África y África Occidental. De hecho, agrupaciones yihadistas que antes se vinculaban a Al Qaeda se han desagregado o dividido, optando alguna de ellas por jurar lealtad a la entidad estatal califal que DAESH pretendió estructurar en el territorio que ocupa.

Esta dinámica “re-yihadizadora” se ha vinculado con la ola larga del fracaso de la mayoría de las llamadas “primaveras” o “despertares” árabes en el último quinquenio.

Túnez, el único país donde el proceso de transición democrática parece que se ha cumplido, sufre por la inestabilidad importada de sus vecinos: Argelia tiene que lidiar con una fuerte presencia islamista tanto en su esfera política como en la de seguridad; Libia está hundida en un caos institucional, con dos gobiernos que administran el territorio, junto con los intereses de tribus, milicias, islamistas radicales (léase DAESH), señores de la guerra que pretenden mantener sus negocios familiares y clánicos, y no están interesados en reconstruir un entidad estatal. Incluso los vecinos norteños, los países europeos y la UE, carecen de la voluntad política y de los recursos para tomar las riendas de la situación medio-oriental y mediterránea y ayudar los socios de la orilla sur a levantarse; Estados Unidos brilla por su ausencia.

Sin embargo, aunque no sea un área de interés inmediato para la Unión Europea, es preciso identificar los actores desestabilizadores y radicales que operan incluso más al sur de la franja saheliana, que se puede definir como el límite máximo informal establecido para la defensa de los intereses económico y de seguridad europeos.

Tras las intervención francesa de Mali en 2013, la situación de la guerra interétnica, contaminada por elementos de objetivos islamistas, se ha normalizado y los grupos yihadistas como AQMI, Al-Mulathameen o Ansar Dine se han retirado o han perdido mucho de su fuerza.

Entonces, a nivel mediático la atención se ha vuelto hacia Boko Haram, grupo activo en Nigeria desde principio del año 2000, que de repente se ha convertido en una amenaza global por la brutalidad de sus actos terroristas y el despiadado control de la población. Su reciente vinculación al califato de DAESH ha contribuido a que aumentara la percepción de la amenaza que representa.

Sin embargo, es improbable que el grupo consiga coordinarse de forma orgánica con DAESH, debido a la distancia y a los entornos donde actúan, muy distintos entre ellos en términos de intereses locales y estratégicos para perseguir. Tampoco parece que el grupo pueda movilizar supuestas células o contactos en territorio europeo de manera que pueda convertirse en una amenaza a su seguridad, pues carece de los vínculos de otras comunidades tradicionalmente usinas de yihadistas para actuar en territorio europeos (miembros de diásporas magrebíes, las llamadas segundas generaciones de hijos de inmigrados, etc.).

Es cierto que la inestabilidad provocada por las actividades de Boko Haram se está contagiando a Chad y Níger, de ahí podría volver a encender las cenizas del conflicto maliense y vincularse a la inestabilidad del Gran Magreb, golpeando los intereses de seguridad de la cuenca mediterránea. Pero, en realidad, estos grupos representan más un problema para los propios países africanos que para Europa u “Occidente” en general.

La prueba de que para Europa  el Sahel es el límite sur máximo de protección de su seguridad es que la atención que se le otorgó a AQMI en su momento, o a Boko Haram en la actualidad, no es la misma que se pone sobre la existencia de grupo radicales islamistas en el corazón de África.

La investigación de Fahey para The Washington Post deja claro que solo unos cuantos expertos siguen las actividades del grupo de rebeldes islamistas llamado Fuerzas Democráticas Aliadas (Allied Democratic Forces, ADF), activo en la República Democrática del Congo (RDC) desde 1995. (Fahey, 2015)

El grupo, formado por ugandeses exiliados, es definido como “enigmático”, a la vez que atroz en sus actos. Aunque sus gestas no estén tan publicitadas, se enmarcan en las mismas modalidades que se han vuelto tan familiares por ponerlas en práctica otros grupos que son percibidos como una amenaza más cercana. Incluyen: secuestro y esclavización de mujeres y menores, tráfico de seres humanos, conversión forzosa al islam, tortura, ejecuciones sumarias, ataques a centro sensibles como hospitales, adiestramiento de niños soldados.

Y a pesar de las operaciones contraterroristas y anti-guerrilla llevadas a cabo por las fuerzas de seguridad congolesas, su líder Jamil Mukulu sigue en paradero desconocido, y sus capacidades bélicas, de propaganda y control del territorio siguen intactas: ADF sigue recibiendo financiación y adiestramiento en sus campos del Kivu alrededor de 2000 hombres, mientras cuenta con un fuerza efectiva de 500 combatientes expertos.

Lo que realmente asombra en el estudio de esta entidad es su forma organizativa, que se parece a la de una entidad cuasi-estatal, igual al tipo de estado que DAESH pretende consolidar en la Mesopotamia Superior con la nueva edición del califato islámico medieval.

El grupo, de hecho, no se limita a destruir y aterrorizar para imponer su voluntad, tal como parece ser la principal modalidad de acción de Boko Haram, su vecino más próximo.

Ha creado, pues, una estructura similar al de un administrador legal de un territorio como puede ser un gobierno, incluyendo hasta ciertas dimensiones de un estado del bienestar. El territorio que representa su santuario cuenta con “un servicio de seguridad interno, una prisión, un centro de salud y hasta un orfanato”. Además, la “administración” del ADF presta “servicios escolares para ambos sexos, con clases de informática e inglés”.

El ADF, como todo grupo islamista radical, ha implantado su propio sistema judicial, basado sobre una interpretación escrita de la sharía hecha por el mismo Mukulu (que prevé sanciones como amputaciones, la decapitación o la crucifixión).

También mantiene su propio sistema de prebendas y regalías, obligando a mujeres y niñas a convertirse al islam y a casarse con los líderes o los milicianos, cumpliendo así una doble misión: asegurarse la lealtad de las tropas por un lado, y por otro lado, estrechar los vínculos entre la organización y las comunidades del territorio donde actúa.

Además, el sistema de cooptación en el que basa su supervivencia – es decir, un flujo constante de voluntarios – utiliza la que podría ser la dimensión más social de una entidad estatal: la promesa de un trabajo y de servicios básicos (incluidas becas para los hijos de los milicianos), garantizados por contactos al otro lado de la frontera, que proporcionan un flujo de todos aquellos bienes necesarios al mantenimiento de los campos d ADF en la selva.

También lleva a cabo su propia actividad económica “tradicional” al comerciar con la madera de los bosques de las zonas donde opera, y tiene apoyo financiero desde anónimos patrocinadores que se sirven de la plaza financiera de la City de Londres.

Las fuerzas armadas congolesas en varias ocasiones desde 1997 hasta 2003, y también en 2005, 2008, 2010, 2014 han estado muy cerca de acabar con el desafío territorial del ADF, sin embargo el núcleo duro del grupo siempre ha logrado escapar y volver a utilizar los factores de fuerza susodichos para empezar desde cero a reconstruir la estructura de la entidad.

La persistencia en el tiempo de ADF y su capacidad de resistir a los ataques y a la represión lo convierten en un actor potencialmente peligroso en el panorama de seguridad subsahariano, ya que podría convertir una parte de la RDC en un nuevo frente del islamismo radical.

Con todo, ya que faltan pruebas de una vinculación con otros grupos yihadistas más activos y estructurados, como las filiales de Al Qaeda o DAESH, es difícil pensar que ADF pueda convertirse en una amenaza “global”, pero sí que mantendrá su fuerte papel desestabilizador del área de África Central.

El ADF, como otros grupos, se mantiene vivo y resurge de sus cenizas por dos razones: por un lado, por supuesto, con la coerción y el terror provocado por sus modalidades de acción; por otro, es innegable asumir que proporciona ciertos tipos de servicios básicos, que tradicionalmente debería garantizar el estado, necesitados por la población.

La presión militar puede surtir ciertos efectos positivos en el corto/medio plazo, sin embargo solo acabando con las circunstancias subyacentes a su existencia  se podrá tener algún éxito en su desmantelamiento: es decir, la pobreza, la exclusión social y el vacío de poder debido a la ausencia de las instituciones.

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