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Niños en el teatro de operaciones yihadista

Por Luís González

El recurso a la participación activa de niños en zonas de conflicto no es un fenómeno nuevo, y se ha convertido en el recurso de organizaciones terroristas de inspiración yihadista, las cuales, en mayor o menor medida, no han dudado en el empleo de menores para actividades de distinta índole. En enero de este año, en el mercado de la localidad de Maiduguri en el estado nigeriano de Borno, un atentado suicida acabó con la vida de al menos 20 personas dejando otras 18 heridas. La bomba estaba oculta bajo el hiyab de una niña que no alcanzaba los diez años de edad.

Según un informe de UNICEF titulado Missing Childhoods: The impact of armed conflict on children in Nigeria and beyond, Boko Haram, el grupo yihadista liderado por el delirante Abu Bakr Shekau -el cual en fechas recientes ha pronunciado el Bayat (juramento de lealtad) al autodenominado Califa Abu Bakr Al Baghdadi-, está empleando en sus filas a niños a los que les son encomendadas tareas logísticas de porteadores o cocineros, aunque también son empleados como vigías y combatientes. A lo largo del año 2014 en Nigeria fueron ejecutados 26 ataques suicidas, y en los primeros cinco meses de este año ya se han contabilizado un total de 27. Según UNICEF, en el 75% de los casos los autores fueron mujeres y niños, existiendo nueve casos documentados en 2014 y 2015 de niñas de edades comprendidas entre 7 y 17 años que fueron empleadas para la comisión de atentados.

En el escenario AFPAK el territorio pakistaní no ha quedado al margen de esta práctica. En febrero de 2011, en la localidad de Mardan, un niño de 12 años detonó la carga explosiva que portaba causando la muerte a más de una veintena de personas. Muchos de esos menores son reclutados en el entorno de las madrasas, las escuelas coránicas, con promesas según el testimonio de algunos de ellos, de alcanzar junto a su familia la janah (el Paraíso). Para ello sus instigadores practican rituales un tanto estrambóticos como dar a los niños amuletos con versículos del Corán que supuestamente les salvarán la vida o colgarles llaves del cuello para que estas les abran las puertas del paraíso. Funcionarios afganos señalan que en territorio de Pakistán son entrenados más del 90% de los potenciales atacantes suicidas.

En el caso de este país, en enero del pasado año, se conoció el caso de una niña de 10 años de edad de nombre Spozhmai que fue detenida portando una carga explosiva en un puesto de control de la provincia de Helmand. Según el testimonio de la menor fue su hermano Zahir, un comandante de los Talibán, el que tras golpearla la obligó a ponerse un chaleco-bomba.

Un informe del Secretario General del Consejo de Seguridad de la ONU publicado en marzo de 2014 documentaba el reclutamiento y la utilización por parte de grupos armados de 97 niños varones, 72 de ellos por parte de la Red Haqqani, el Hezb-e-Islami de Gulbuddin Hekmatyar y fuerzas de los Talibán, incluidos el Frente Tora Bora, Jamat Sunat al-Dawa Salafia y la Red Latif Mansur. Nueve de ellos tendrían como misión ejecutar ataques suicidas, el mismo objetivo al que iban a ser destinados otros 21 menores, algunos con apenas siete años de edad, interceptados en la provincia de Laghman cuando supuestamente se dirigían a Pakistán para recibir adiestramiento por parte de los Talibán. Todo esto en un escenario en el que se lleva a cabo una práctica denominada bacha bazi, empleo de niños como esclavos sexuales por parte de individuos que ostentan posiciones de poder.

Por otro lado, en el territorio sirio-iraquí bajo control de Daesh se realizan levas forzosas entre la población que fueron refrendadas en diciembre del pasado año por los tribunales de la Sharia de Mosul al aprobar una ley, según la cual, se instauraba un sistema de reclutamiento obligatorio entre los ciudadanos varones cuya edad se situase entre los 15 y los 25 años de edad. Esta norma sería de aplicación en los wilayat (provincias) de Nineveh en Irak y de Al-Hasakair, Ar-Raqqa y Deir Ezzor en territorio sirio y de obligatorio cumplimiento para los suníes desconociéndose si se ha hecho extensiva a otras minorías religiosas.

Otro aspecto que lleva aparejado los reclutamientos forzosos es la formación basada en dos temas principales: aprender el  Corán y el adiestramiento militar -además de pronunciar el bayat, juramento de lealtad al líder de Daesh, el Califa Abu Bakr al-Baghdadi. El comportamiento inadecuado a ojos de los instructores se traduce en castigos en forma de latigazos y otras prácticas más brutales tales como decapitaciones y crucifixiones o muertes por lapidación.

Daesh, aunque no es el único grupo yihadista que integra menores en sus filas, utiliza los entornos escolares para instruir a los menores en técnicas de combate además de emplear programas educativos con un espectro mayor, entre los que se incluirían animar a los niños para embarcarse en operaciones de shuhada (martirio). Según el Centro de Documentación de Violaciones, organización radicada en Siria, desde el mes de septiembre de 2011 hasta junio de 2014 se documentaron 194 muertes de niños varones “no civiles”. Las funciones que realizan en las filas de Daesh o de otras organizaciones de corte similar son muy variadas: transporte de municiones, el cuidado de heridos, tareas de espionaje o actuar como francotiradores.

Al margen de los reclutamientos forzosos, también se da el caso de  numerosos menores que, residiendo en zonas en las que se libran combates, tienen limitadas sus alternativas habida cuenta de que muchos de ellos son familiares o amigos de individuos alistados en milicias de distintos grupos que les pueden servir de ejemplo. Otro factor más es el puramente económico, ya que el salario que ofrece Daesh es de mayor cuantía que el de otras organizaciones de la zona. El Ejército Libre Sirio ofrece a los menores que se alistan en sus filas unos emolumentos que van desde las 4.000 a las 8.000 libras sirias, o lo que es lo mismo, de 22 a 50 dólares, cifras bastante alejadas de los 200 dólares mensuales que ofrece Daesh a los que decidan combatir bajo su bandera.

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU publicó un informe en 2014  en el que se expone que Daesh ha establecido campamentos en los que con el pretexto de la educación de los niños, estos son adiestrados, no sólo en aspectos religiosos, sino también en el manejo de armas y en técnicas de combate. Tras la finalización de su periodo de aprendizaje son desplegados en zonas de conflicto y en algunas ocasiones participan en misiones suicidas. Además, algunos menores que pertenecen a minorías religiosas o étnicas son vendidos, crucificados o enterrados vivos.

La octava edición del magazine Dabiq, órgano propagandístico de Daesh, dedica sus páginas 20 y 21 a los “Cachorros del Califato”, publicando las imágenes de un niño que ejecutó a dos supuestos espías rusos y de otro que disparó a un presunto espía israelí.

Farhan Mohammed, miembro del Consejo de la provincia iraquí de Anbar, afirmó que en las ciudades de Ar Rutba, Al-Qaim, Aná y Rawa, Daesh habría secuestrado a más de 400 niños para trasladarlos a territorio bajo su control en Siria e Irak. Por su parte, el teniente general Kasim al-Saidi, jefe de Policía de la provincia de Diyala, afirmó que cerca de 100 niños habían sido reclutados por Daesh para ser destinados a ataques suicidas.

Un nuevo capítulo de adoctrinamiento de menores, llevado a cabo por la más brutal vía de los hechos, se escribió en la localidad de Derna, Libia, en poder de Daesh desde octubre de 2014. Una mezquita de la localidad portuaria fue testigo a principios de este mes de la aplicación de la justicia del Califato al soldado Abdulnabi Shurgawi acusado de apostasía. Shurgawi fue decapitado ante la atenta mirada de varios menores. Los autores de la ejecución afirmaron que esta se realizaba con “fines educativos”.

La existencia de campamentos como el Instituto Al-Farouq,  dedicados específicamente al adoctrinamiento y a dotar a los “Cachorros del Califato” de conocimientos de combate parecen mostrar que Daesh plantea la utilización de menores como parte de su estrategia de cara al futuro.  Este potencial desestabilizador es directamente proporcional al tamaño de las áreas que se hallan bajo su autoridad y al nivel de control efectivo que pueda ejercer sobre las mismas.

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