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El viaje de las mujeres refugiadas que huyen de Siria

Por Inés Romero Parra

La crisis que afecta a Siria desde los últimos años ha forzado una situación de éxodo que ha obligado a que familias enteras abandonen sus hogares para huir de la guerra. El sufrimiento de estas personas salpica diariamente la actualidad informativa de Occidente, pero los nombres y las caras de las mismas se difuminan en una cuantificación sucesiva de fallecidos. Queremos señalar aquí el caso particular de las mujeres refugiadas que huyen de Siria. 

Siria, a pesar de sus conflictos políticos, ha sido un país relativamente avanzado dentro del mundo árabe, lo que se ha traducido en mayor igualdad de género con respecto a otros países de la región. Así, en el ámbito académico y de formación, las mujeres han venido teniendo presencia universitaria en una proporción similar a la masculina, y, en los núcleos urbanos no era infrecuente que las mujeres tuvieran acceso al mundo laboral cualificado, si bien en el ámbito rural la mujer sigue mayoritariamente perteneciendo a la esfera del hogar, donde se encarga del cuidado de los hijos y de la casa.

En un estado de carácter laico como es el caso de Siria, las presiones hacia las mujeres por cuestiones tales como llevar o no el hijab o contraer matrimonio, en los casos en que se dan, no provienen del gobierno, sino de la familia o el círculo social. Antes de estallar la crisis, las mujeres gozaban de más derechos que en otros países árabes de Oriente Medio.

No obstante, aún quedaba un largo camino por recorrer. No puede obviarse que Siria ocupa el puesto 139 en el ránking de 142 países que componen el Índice Global de Disparidad entre Géneros (2014), en el Índice de Inequidad Sexual del PNUD (2013) se encuentra en el puesto 119 de 142, y obtiene la misma posición en el Índice de Desarrollo ajustado por Género, realizado también por el PNUD, lo cual nos da una pista de la situación de desigualdad de género.

Ser mujer en Siria

Hablar de la “mujer siria” como un todo implicaría hacer una generalización que sin duda llevaría a equívocos, pues una de las características idiosincrásicas de Siria es la significativa variedad étnica, cultural, confesional, etc. de sus nacionales. Esa diversidad tiene múltiples manifestaciones; son especialmente relevantes las diferencias que se producen atendiendo al cleavage ámbito rural/ámbito urbano, como ya se ha comentado. Sin embargo, no pueden obviarse los cambios en la situación de las mujeres en Siria, pues ésta no se ha mantenido estática, sino que ha ido evolucionando influenciada por la situación política del país.

Si en 1949 la mujer conseguía el derecho a voto. Con la aprobación en 1950 de un nuevo texto constitucional tras varios intentos fallidos, se consiguió un mayor reconocimiento de los derechos de los sirios, incluyendo en algunos aspectos a las mujeres. En 1973 se firmó una nueva constitución bajo el mandato de Hafez Al-Assad, que ya en 1963 proclamó la igualdad entre hombres y mujeres, y suponía en los años ’90 en Siria un freno al integrismo religioso que ya se propagaba por otros territorios de la zona, lo cual permitió durante un tiempo que la mujer no se viera tan subsumida como demandan algunas de las ramas del Islam.

No obstante, la crisis y posterior guerra en Siria, tal y como se expuso en el estudio realizado por la Thomson Reuters Foundation en 2013, han permitido el avance del integrismo islámico, que a su vez ha potenciado las estructuras patriarcales ya existentes, y ha favorecido un retroceso en las relativas mejoras de vida de las mujeres, ya que además, dichas mujeres se han visto abocadas a la asunción de los roles desempeñados hasta entonces por los hombres además de los propios.

Huir del integrismo significa no sólo huir de la guerra, sino también un intento de alejarse de una concepción de la mujer que ya está presente en otros países de Oriente Medio y que implica sumisión, cuando no directamente esclavización. Otros grupos armados Jabhat al-Nusra y el ISIS han impuesto su particular interpretación de la Sharia en Siria, obligando a las mujeres al uso de las abayas y el niqab –dejando así a la vista únicamente los ojos-, y castigando a aquellas que no lo cumplen.

Alejarse de toda esta realidad de crisis, guerra e integrismo es lo que ha motivado que la población Siria esté saliendo en masa de sus hogares con un rumbo incierto, pero en muchas ocasiones ese viaje presenta nuevos obstáculos.

La vida como refugiadas

En un reportaje llevado a cabo por Gonzalo Fernández ‘Gonzo’ para la cadena española La Sexta, una mujer, Damani, explica cómo ha tenido que dejar Siria y partir hacia Europa con sus cuatro hijos en un viaje que incluye una travesía en bote hacia Grecia, largas caminatas con apenas recursos y una estancia en un campo de refugiados.

A diferencia de lo que ocurre en el caso de las migraciones de naturaleza laboral o económica, aquellos que se ven en situación de ser refugiados por razón de un conflicto bélico suelen llevar a cabo su periplo en familias enteras, siendo en ocasiones únicamente las madres y sus hijos, como en el caso de Damani, pues el padre puede estar ya en Europa u otros países de Oriente como Líbano, combatiendo en la guerra, secuestrado o incluso fallecido.

Para las mujeres sirias el peligro no acaba con la salida del país, pues si bien permanecer en territorio nacional implica riesgo de violaciones o torturas, cuando no directamente asesinatos, los campos de refugiados no sólo no han supuesto en muchos casos una mejora de su situación, sino que las ha abocado de nuevo a violaciones, vejaciones, separación de sus familias, o matrimonios concertados en el caso de algunas menores, tal y como denuncian varias ONGs. 

La comunidad internacional no ha respondido a esta situación de forma ecuánime. En el caso de Líbano, el mayor receptor de refugiados hasta ahora junto con Turquía, los refugiados no son capaces de hacer frente a los gastos económicos que supone el disponer de una parcela en el campo de refugiados para establecer su tienda, el acceso a agua y comida, etc. En un país de apenas 5 millones de personas es difícil para los refugiados encontrar trabajo, pero lo es aún más para las mujeres, que cuando lo logran son empleadas como mano de obra en labores de agricultura por las que apenas reciben 3 euros por 13 horas de trabajo, como viene denunciando Acción Contra el Hambre.

¿Una nueva vida?

La llegada al destino final, cuando se produce, podría no ser el final del sufrimiento de estas mujeres, aunque lo peor seguramente ya haya pasado. Sin duda son muchos los factores que influirán, una vez conseguido el asilo, en la facilidad de estas mujeres para integrarse y formar parte de las sociedades que las acojan. No obstante, conseguir el asilo no entraña la misma dificultad en todos los países; de hecho España es uno de los países en los que los trámites de solicitud de asilo son más complejos y lentos. A esto se suma el hecho de que España ha sido tradicionalmente receptora en mucha mayor medida de inmigrantes económicos que políticos; a diferencia de lo que pasa, por ejemplo en Alemania o Suecia.

Empezar una nueva vida en un país extraño con una cultura ajena, un idioma desconocido, etc. supone un reto. El papel social, familiar o profesional de la mujer puede ser, en ocasiones, distinto al que las refugiadas hayan conocido hasta ese momento. Es por tanto un deber cívico de las sociedades receptoras ayudar a la integración de todas aquellas mujeres que han tenido que dejar su hogar en Siria, y también una oportunidad para inculcar una mejora de sus derechos y libertades. 

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