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Mosul: por qué lo que se considera el final debería ser sólo un comienzo

Por Alice Martini*

La batalla de Mosul es, indudablemente, una de las noticias a nivel internacional que más atención está recibiendo en las últimas semanas – a lo mejor, igualada sólo por las elecciones estadounidenses –. Mientras muchas cosas se están diciendo del ejército iraquí (y menos de las fuerzas kurdas), de su avanzada hacia el centro de la ciudad, de la felicidad de la gente que se consigue liberar del control del Estado Islámico, nada se ha dicho acerca de lo que es verdaderamente importante: ¿y después? ¿qué pasará con Mosul y su gente una vez se haya eliminado definitivamente el Daesh?

Efectivamente, parece que no sólo en Mosul, sino que a nivel más general, en Iraq se repetirán los mismos errores del pasado: llevar a cabo una política corto placista, y en este caso específico, unas acciones de fachada que intentan rehabilitar el gobierno iraquí a nivel internacional más de lo que conseguirán hacerlo a nivel doméstico. En este sentido, lo que se está librando en Mosul es una batalla del hoy para mañana, no refiriéndose a su duración – que de hecho se prevé de unas semanas o unos meses, sobre todo por las características que está asumiendo y el componente civil que se está intentando proteger –; sino, en el sentido de que lo que se está llevando a cabo es una lucha contra el Daesh, pero no contra las que fueron sus causas y las razones de su emergencia y de que pudiese tener tanto éxito en términos de dominación de un territorio y de su población.

En este sentido, sería importante reconocer que el Daesh no es solamente una organización terrorista y su objetivo va mucho más allá de la pura violencia. De hecho, sus líderes han prestado igual atención a la expansión militar a través de la incorporación de nuevos territorios como a la gobernanza de las áreas – y de las respectivas poblaciones – conquistadas. Efectivamente, la organización terrorista persigue un proyecto compuesto por dos pilares fundamentales: el ideológico – casi utópico – de creación de una sociedad “islámica” en un Califato, en primer lugar local, que se fundamenta y realiza a través de una parte más pragmática de conquista de territorios y de gobernanza de la población. Y esta es la parte más importante de lo que es de momento el Estado Islámico y su modelo de implementación que se basa en una respuesta concreta – aunque dada a través de la fuerza brutal – a unas necesidades de las áreas que ha y había conseguido gobernar.

En términos prácticos, una vez entrado en control de una determinada área, el Estado Islámico se encarga de establecer su red de control a través de la implementación de una estructura burocrática específica a través de la cual poder ejercer su gobernanza sobre los territorios conquistados, convirtiéndolos en provincias e instaurando leyes que incluyen “derechos” y obligaciones para sus “ciudadanos”. Sin embargo, también se hace con el control administrativo de, por ejemplo, las empresas de energía, se encarga de la creación o del mantenimiento de infraestructuras y de la gestión de los recursos de estos territorios, como pasaba, por ejemplo, con la famosa presa siria de Tishrin, en el río Eufrates.

Asimismo, este sistema de gobernanza se basa también en el proporcionar determinados servicios públicos a la población. Efectivamente, el Daesh ha instaurado en sus territorios un sistema de provisión de servicios sociales y religiosos a la comunidad y ha estado gestionando hospitales, distribuyendo, en cierto modo, ayuda humanitaria entre los segmentos más pobres de la población. Claramente, hay que reconocer que estos servicios no son perfectos ni imparciales y, de hecho, presentan no pocos problemas; sin embargo han permitido al grupo instaurar una especie de contrato social – aunque impuesto a través de la violencia – con la población que controla. Claramente, todo esto se lleva a cabo bajo un régimen terrorista y de imposición a través de la fuerza, de la violencia, y de una implementación muy estricta de la sharia que genera una sensación de rechazo en la población hacia los militantes del grupo y la idea del Califato en general.

Sin embargo, el Estado Islámico para su instauración ha aprovechado no sólo de un vació de poder en estas zonas, sino, más bien, un vacío gubernamental que provocaba un malestar más generalizado de una población, en su mayoría sunní, cuyos territorios y recursos se explotaban por parte de un gobierno chií sin que su gente recibiese nada a cambio. Y es en este contexto que el Daesh ha sabido emerger y ha conseguido proporcionar a esta parte de iraquíes algo que por demasiado tiempo habían necesitado: una relación con una entidad gubernamental que les proporciones servicios y, en cierta medida, seguridad.

Y es sobre esta estructura que el gobierno iraquí y la comunidad internacional debería reflexionar. La batalla de Mosul es indudablemente importante, sobre todo por la importancia que el grupo le da a esta ciudad; asimismo lo es la reconquista del territorio que consigue controlar en Iraq. Sin embargo, aunque el Daesh se derrote y, a lo mejor, su idea de implementación de un Califato en la zona siempre haya sido utópica, su constitución ha surgido como respuesta tangible a exigencias reales y de los agravios de los habitantes de estas zonas – o, más en general, de un segmento de población sunní iraquí que por demasiado tiempo se ha visto abandonado por su propio estado –.

Por lo tanto, la batalla de Mosul no puede ser sólo una operación militar, sino que tiene que ser una acción de restauración y de reactivación del gobierno en esta parte del país. Esto porque, aunque se consiga eliminar el Daesh, nada se está haciendo para eliminar la ideología que ha dado lugar al Califato, ni, y tal vez aún peor, para contrastar las causas que han dado lugar a su constitución tan específica, basada en el intento de dar respuesta a unas exigencias reales. Y es que todo esto hace prever que los tiempos difíciles para la población iraquí no van a terminar pronto, puesto que no parece haber ningún plan de recuperación económica o social de las zonas afectadas una vez recuperadas.

Además, una definitiva eliminación del grupo terrorista de Iraq desatará una situación muy complicada en el país, donde diferentes actores que de momento se han visto obligados a colaborar entre ellos, una vez eliminado el enemigo en común, empezarán a chocar, puesto que cada uno tiene unas reivindicaciones muy específicas. Y, de momento, no sólo no hay un plan para el Iraq post-Daesh, sino que, el gobierno iraquí parece estar empeorando aún más la división sectaria del país siguiendo con su implementación de medidas discriminatorias hacia la parte sunní o kurda de la población. Y todo esto estallará una vez se elimine el control territorial del Daesh.

Por lo tanto, es erróneo y peligroso considerar la toma de Mosul – y de los otros territorios iraquíes bajo control del grupo terrorista-, como una etapa final. Al contrario, el fin del Daesh en el país debería verse como un comienzo para la reconstrucción de un Iraq más igualitario y comprensivo. Si no se abordan las causas contextuales de la aparición del grupo terrorista y de su ideología de Califato, y se sigue implementando este tipo de política cortoplacista, la felicidad de la población liberada del control del Daesh a través de la recuperación de Mosul será breve.

*Alice Martini, doctoranda de la UAM y de la SSSUP (Italia) en Relaciones Internacionales. Su tesis se centra en el estudio del terrorismo internacional desde un punto de vista teórico @AliceCMartini

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