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Árabes, ciudadanos del mundo

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Por Cristina Casabón

“¡Levantad la cabeza, sois egipcios!” Era el grito de los manifestantes de la Plaza Tahrir en 2011, año de las revueltas árabes. “Allah-hoo-Akbar!” era la respuesta que llegaba desde otras partes de la plaza (Dios es grande). Ambas exclamaciones pertenecieron a corrientes distintas, religiosos y liberales demócratas se fusionaron en la plaza de la liberación, dejando sus diferencias a un lado para abrazar un futuro sin Mubarak. 

Hoy sigue patente el desarrollo de dos corrientes paralelas que son al mismo tiempo aparentemente irreconciliables, el islam convive con nuevas ideas democráticas que inician una expansión de la identidad cosmopolita, teniendo su máximo apogeo en los primeros meses después del inicio de las revueltas árabes. Ambas están interconectadas en un organismo vivo, Oriente Medio. 

En el análisis de la opinión pública de seis estados árabes llevado a cabo por Brookings Institution (Egipto, Arabia Saudita, Marruecos, Jordania, Líbano y los Emiratos Árabes Unidos), hubo un aumento visible en el número de personas que se identificaron como “ciudadanos del mundo” por encima de otras identidades en octubre de 2011, lo cual supuso una clara ruptura con la “identidad islámica” o religiosa.

Pero tras la resaca de la “Primavera Árabe”, en la que las nuevas corrientes intelectuales apostaron por el debate, el pluralismo y la expansión, la democracia se ha debilitado. Según indica el “Índice de Democracia” de The Economist, “en Oriente Medio se registró una muy modesta mejora en las puntuaciones medias regionales entre 2006 y 2014, pero la democracia se ha debilitado entre 2013 y 2014.” 

Se observa un retroceso del aperturismo democrático en este pulso entre una corriente globalizada, individualista, laica, representada por los intelectuales urbanos que normalmente son usuarios de Internet y están interconectados con el exterior, y la pervivencia de otra corriente muy enraizada, que ofrece una forma comunitaria regida por la ley islámica. Más recientemente se han producido erupciones violentas en Libia, Siria y Yemen, y la continuación del conflicto en Irak, especialmente con el surgimiento de ISIS y la autoproclamación del Califato, ha iniciado un panorama muy sombrío.

Hay quien intuye que tras esta oscura etapa de dictaduras, radicalización y yihadismo en Oriente Medio, la modernización del mundo árabe no será sinónimo de apertura o desarrollo al puro estilo de Occidente, sino que es más probable que el mundo árabe se dirija hacia una confinación mixta del modelo occidental a la vez que desarrolla un sistema de valores basados en la sharia o ley islámica. Según Elza S. Maalouf, “los valores de Occidente pueden no tener una conexión real con la historia y las condiciones de vida de esta población, y su aplicación puede crear formas de democracia disfuncionales.” Las formas políticas de Oriente Medio pueden por tanto ser completamente diferentes de lo que hemos visto hasta ahora; puede que la región cada vez sea más permeable a las ideas de la monarquía absolutista de Riad o de Teherán.

Ante la cuestión de si puede el diseño de un modelo de gobierno islámico aspirar al ideal democrático, entramos en un ambiguo debate que expone Philippe d’Iribarne en “El islam ante la democracia”. Si creemos que el éxito de un sistema democrático depende del pluralismo, la diversidad de ideas y el debate de los que conforman dicho sistema, entonces islam y democracia no son conciliables. ¿Cómo puede el islam practicar un debate político honesto sin abandonar el argumentum ad verecundiam? El pluralismo no tiene lugar en el mundo musulmán contemporáneo, no tiene cabida en una sociedad que tiene fascinación por la unidad y miedo a las nuevas políticas, a las nuevas ideas y a las mujeres. 

Como indica Iribarne, “el futuro no es en absoluto fácil de prever, ya que depende a su vez de la evolución del propio islam, del grado de secularización que se atrevan a alcanzar diversas sociedades, y de la relación con la duda y con el debate que sigue afectando a los ámbitos ya secularizados.” Hasta en los países árabes más inclinados a las aspiraciones de democracia (véase el caso de Túnez), hay una referencia a la ley islámica muy presente. Pesa decirlo, pero la libertad de pensamiento sigue siendo una cuestión espinosa, y la libertad de expresión plantea problemas inclusive entre los más liberales, en la medida en que ésta debe “respetar los valores sagrados” – un tema polémico que se ha debatido tras los atentados al semanario satírico francés Charlie Hebdo.

Lo que hace difícil instaurar la democracia en un país musulmán es la incapacidad del cuerpo político para aceptar el pluralismo, lo cual hace que la oposición se exprese mediante golpes de estado o revueltas. En ausencia de debates libres a la hora de tomar decisiones, con un bajo nivel de cultura democrática, el sistema político se convierte irremediablemente en “la sumisión a un líder”.

Oriente Medio se debate entre un sistema trival, donde el islam impregna el objeto del pensamiento y hay que someterse a “la evidencia” del mensaje del Corán, y una etapa de dictaduras y sumisión a un líder carismático, propio de un sistema feudal en el que la autoridad requiere obediencia. Cuando estas ideas pierdan fuerza podrán emerger otras nuevas, las de un sistema democrático igualitario que alumbre nuevos valores, para desarrollar la economía y el potencial de las clases medias. Este punto de emergencia social está lejos de alcanzarse, pero quizás un día no muy lejano los árabes comprendan que son dueños de su universo.

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