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Más allá de islamismo y laicismo. Apuntes sobre los resultados de las elecciones legislativas en Túnez

Por Sergio Altuna Galán

Van pasando los días y se van asentando poco a poco las ideas al tiempo que rotativos y portales electrónicos especializados inundan sus páginas con los diferentes análisis poselectorales en Túnez. Pese a que todavía no se conocen los resultados definitivos –hecho que, pasados ya diez días desde los comicios, sorprende a propios y a extraños–, la ISIE (Instancia Superior Independiente para las Elecciones) ya ha publicado los resultados preliminares de estas segundas elecciones legislativas, si bien no constituyentes, como fue el caso de las realizadas en 2011. En cualquier caso, los resultados definitivos no deberían diferir demasiado de los ya conocidos hasta la fecha.

Las comparaciones suelen ser odiosas, pero, nos guste o no, se han convertido en una herramienta más que habitual a la hora de intentar comprender la realidad del mundo árabe. Se atisba una tendencia simplista que tiende a obviar y a menospreciar, quizá debido al desconocimiento de la región y sus particularidades, otras técnicas de análisis que suelen arrojar resultados más relevantes y, sin duda, de mayor calado. Túnez casi siempre sale victorioso en estas comparaciones; los derroteros que han tomado otros países que participaron del fenómeno que desde Occidente se optó por acuñar como Primavera Árabe dejan siempre al pequeño país norteafricano como único faro de esperanza a corto plazo en lo que a cumplir los objetivos que marcaron las manifestaciones populares se refiere. La opinión general es clara: las elecciones legislativas del 26 de octubre fueron un éxito en tanto en cuanto se desarrollaron de manera pacífica y, pese a que los observadores detectaron un buen número de infracciones consideradas como menores –segregación por sexos en las colas de algunos colegios electorales, ausencia de nombres de electores en las listas (sobre todo en las circunscripciones del extranjero), compra de votos y continuación de la campaña electoral el día de las elecciones–, estuvieron rodeadas por un marco de legalidad que obligará a todas las partes a acatar los resultados sin remisión. Ahora bien, que estos comicios se hayan desarrollado en un clima de tranquilidad no quiere decir que el segundo capítulo de la transición tunecina vaya a ser un camino de rosas.

Los resultados son claros a la vez que sorprendentes. Nida Tunis, agrupación creada en 2012 con el objetivo manifiesto de concentrar el voto de oposición frente a Ennahda, ha ganado de manera más o menos holgada (85 escaños de 217 posibles frente a los 69 obtenidos por Ennahda). ¿Pero qué es Nida Tunis? Desde occidente, y de manera, en mi opinión, desacertada, se ha intentado travestir a este partido de marcado carácter ultraliberal y conformado a partes iguales por políticos de tendencia ideológica dispar, hombres de negocios y por el remanente menos dañado del antiguo régimen –no olvidemos que el propio Caid Essebsi ocupó, entre otros cargos, el de presidente de la cámara de los diputados, del gobierno del depuesto Ben Alí– de esperanza laica y solución a todos los problemas a los que se enfrenta la joven Segunda República Tunecina. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Nida Tunis solo puede comprenderse como partido laico si se lo compara con Ennahda; en caso contrario, y como así lo indica la constitución recientemente redactada y aprobada en Túnez, Nida Tunis seguirá siendo un partido político en un país en el que para ser presidente de la República es condición sine qua non ser musulmán. Y lo que es más, en caso de que su campaña electoral hubiese empuñado el laicismo por bandera en vez de el antiislamismo como oposición a Ennahda seguramente estaríamos hablando de unos resultados bien distintos. Es perentorio recordar que palabras como «laicismo», salvo para una élite bastante reducida, todavía marcan una línea roja que se tardará años en atravesar y que, por supuesto, no tienen cabida en el programa electoral de cualquier partido que pretenda obtener una cuota de poder elevada. No hay más que ver el ejemplo de la denominada «izquierda caviar» tunecina, un conglomerado de agrupaciones políticas en su mayoría laicas y de izquierdas que durante buena parte de 2013 compartió camino con Nida Tunis y cuyo batacazo, de nuevo, ha sido calamitoso no consiguiendo cosechar ni siquiera un escaño.

Fuente: Mohammed Adnène Trojette (Twitter: @trojette)

Lo que debe considerarse una sorpresa es que Ennahda no haya ganado las elecciones, pues la mayor parte de las encuestas de intención de voto realizadas hasta dos meses antes de las elecciones le situaban como claro vencedor. El partido islamista del sempiterno Rachid Ghannuchi, cuyo partido cosechó un porcentaje de voto del 37 % en las elecciones a la Asamblea Constituyente del 2011, ha acusado los dos años al frente de la troika durante los que ha dirigido el complicado comienzo de la transición tunecina hasta el momento en que se vio obligado a ceder a las presiones de la oposición y la UGTT (Unión General Tunecina del Trabajo) y dejarlo en manos de un gobierno de tecnócratas encabezado por Mehdi Jomaa. Pocos se aventuraron a vaticinar una derrota del partido islamista; sin embargo, nadie puede dudar de la fuerza de su electorado. Si bien Ennahda obtuvo 89 escaños en las elecciones de 2011, estas elecciones arrojan un saldo menor en materia de escaños conseguidos, que no en número de votos recibidos, parejo en ambos comicios. Esto implica que una parte del electorado es fiel al partido islamista tunecino –sus incondicionales son mayoría en el sur del país, aunque también están muy presentes en el centro y en algunos núcleos urbanos–, hecho que no ocurre con en el resto de partidos de cuantos participaron en los comicios de 2011 y cuya participación en estas elecciones ha terminado en descalabro. Aunque esto quizá tampoco sea una novedad. Ennahda no es un partido de reciente creación y, hasta el momento, los resultados obtenidos en todas las elecciones en las que ha participado han sido notables, tanto en las elecciones a la Asamblea Constituyente del 2011 como cuando en 1988, tras abandonar el nombre de Movimiento de la Tendencia Islámica y adaptarse a la ley para poder concurrir en las elecciones legislativas de 1989, presentó candidaturas independientes que le llevaron a convertirse en la primera fuerza de la oposición con un 14,5 % de los votos totales y aproximadamente el 30 % en algunos centros urbanos como Túnez y Susa. Sin embargo, Ennahda no ha conseguido sobreponerse al peso de los tres años que ha pasado en el gobierno ni a un gran sector del electorado indeciso que ha terminado por señalar al partido islamista como culpable de los no pocos problemas que sufre el país.

Sea como fuere, Essebsi ya ha anunciado que no comenzará las negociaciones para formar gobierno antes de que se celebren las elecciones presidenciales. Sin embargo, nada más conocer los resultados preliminares anunció que «su partido, para formar gobierno, tendería la mano a la familia democrática, es decir, a los más cercanos a nuestra ideología». Se enfrenta Nida Tunis a un ejercicio complicado, pues el problema para alcanzar los 109 escaños necesarios para obtener la mayoría se plantea al observar que sus posibles aliados atendiendo a la ideología de partido apenas sí han conseguido escaños. Además, una alianza con el Frente Popular se antoja más que complicada si se tienen en cuenta sus divergencias en el plano económico. Por su parte, Ennahda también ha manifestado su disposición para formar un gobierno de unidad, por lo que un escenario de coalición entre los dos partidos hegemónicos tampoco es descartable. Ghannuchi ha mencionado en repetidas ocasiones que lo que el país necesita en estos momentos es «un gobierno de consenso en el que se permita participar activamente a todas las partes».

Es evidente que hay un halo de esperanza en Túnez y esto es así por varias razones. En primer lugar, porque se ha llegado al sufragio de manera pacífica y tras haber superado no pocas crisis a lo largo de los tres últimos años –entiéndase la polarización social instalada en el seno de la sociedad tunecina entre proislamistas y antiislamistas como una de las más importantes– a través del diálogo y, en segundo, porque el partido derrotado no ha movilizado a sus bases como protesta frente a los resultados, sino que ha aceptado el veredicto del pueblo con calma y podría decirse que incluso con señorío. Por otra parte, sea o no debido a la lección aprendida de la experiencia egipcia de los Hermanos Musulmanes y tenga mayor o menor peso la cuestión de la especificidad tunecina, Ennahda –obviando la falta de transparencia a la hora de justificar el origen de sus fondos– ha dado muestras de saber existir en democracia. Se trata, además, de un partido bien dirigido y muestra de ello es su hoja de ruta, a todas luces más clara que la de sus adversarios. De una parte, seguir acaparando una elevada cuota de poder que le permita tomar decisiones, al menos desde el parlamento, puesto que llevan tiempo proclamando que no presentarán un candidato del partido para las inminentes elecciones presidenciales. Por otra parte, preservar en la medida de lo posible la imagen del islam político en el país, desgastada después del complejo ejercicio que suponen tres años de transición democrática y conocedores de la tendencia general de la opinión pública tanto en el resto de la región como en el extranjero. Pese a no haber participado activamente en ninguna de las dos revoluciones que han tenido lugar en la historia moderna del país, la de 1978 y la de 2010/2011, sin duda incurren en un grave error o desconocen completamente el panorama político tunecino en general y movimiento encabezado por Ghannuchi en particular aquellos que piensan que la desaparición de Ennahda es una posibilidad; Ennahda era, es y seguirá siendo uno de los partidos clave del panorama político tunecino del futuro. Ghannuchi lo ha afirmado en varias ocasiones: «llevará tiempo recuperar las raíces originales de un país tan occidentalizado como Túnez».

Otro de los aspectos de los que la opinión general debería alegrarse es la presencia de la mujer en el parlamento tunecino. Pese a que la opinión general haya cargado las tintas contra la composición general de las listas en los diferentes partidos, lo cierto es que los resultados podrán describirse como positivos, aun más si tenemos en cuenta la situación de otros países de la región. Las listas cremallera impuestas por la ley electoral han dado sus frutos y la composición del parlamento es, cuando menos, esperanzadora. Se trata, desde mi punto de vista, de un paso hacia adelante, además de fiel reflejo del papel que juega la mujer en la sociedad tunecina actual y su peso específico en esta. Lo contrario, es decir, intentar aplicar políticas de género occidentales e intrusivas en Túnez, podría tener consecuencias indeseables. De hecho, si atendemos a los datos expuestos por Quota Project, solo 31 países del mundo estarían por delante de Túnez en lo que a la representación porcentual de mujeres en el parlamento se refiere –países como Francia, Italia o Suiza quedarían por detrás–.

Fuente: Mohammed Adnène Trojette (Twitter: @trojette)

El voto útil y la seguridad nacional

Que nadie se engañe ni se lleve las manos a la cabeza. Las elecciones legislativas del pasado 26 de octubre no las ganaron ni los candidatos de cada partido en sus respectivas circunscripciones ni tampoco el programa político de ningún partido. Es incuestionable que no es fácil desembarazarse de una herencia de 57 años de dictadura y de vagar por el desierto en lo que a política se refiere, por lo que la madurez política del pueblo tunecino, si bien ha dado grandes pasos durante los últimos tres años, todavía evidencia síntomas de no ser la adecuada; de ahí la anterior afirmación. A lo largo del mes que duró la campaña electoral la consigna desde Nida Tunis fue solo una: sabedores de que no habría otros rivales de entidad era necesario conseguir que Ennahda apareciese como la causa de todos los males para así acaparar el voto tanto de indecisos como de votantes en potencia de partidos secundarios. Y a eso se ha dedicado el partido en bloque a lo largo del último mes: a posicionarse como única alternativa al islamismo político en Túnez. Nunca antes el debate sobre el voto útil estuvo más en boga. El mismo Caid Essebsi llegó a afirmar dos días antes de las elecciones que «cualquiera que no votase a Nida Tunis estaría dando de una u otra manera su voto a Ennahda». En el reparto de escaños queda claro el peso que ha tenido el voto útil con la tercera y la cuarta fuerzas políticas –la Unión Patriótica Libre del enormemente populista y más que controvertido Salim Riahi y el Frente Popular respectivamente– a más de cuarenta escaños de distancia de Ennahda y a casi sesenta de Nida Tunis. 

El segundo aspecto que ha cargado las tintas entre los partidos y que ha hecho bascular el voto hacia el partido de Essebsi ha sido la seguridad nacional. Túnez, país poco acostumbrado a la presencia de células yihadistas dentro de sus fronteras –situación opuesta a su papel como histórico exportador de muyahidines a otros frentes de la yihad internacional– tuvo que reformular su estrategia de seguridad y adaptarse a pie cambiado a la aparición y rápida ocupación de espacios públicos de Ansar al-Shariaa, cabeza de nuevo cuño de la hidra de la indefectible al-Qaeda. Es indiscutible que las políticas inclusivas puestas en práctica tanto por el primer gobierno de transición –dirigido por Mohammed Ghannuchi– como por la troika no dieron los frutos esperados y lo que comenzó como un movimiento de dawa fue dando pasos de gigante hasta acabar tomando la peligrosa curva de la yihad, punto que, en cualquier caso, estaba en su estrategia desde el principio: ocupación de espacios, control de mezquitas –llegaron a controlar hasta un 15 % de las mezquitas del país–, dawahisba y, por último, yihad armada. Los tunecinos de a pie, habituados a las políticas de tolerancia cero contra el radicalismo religioso aplicadas tanto por Burguiba como por Ben Alí llevan tiempo instalados en un terror que, si bien no es infundado, sí que está magnificado si se tiene en cuenta el tamaño real de la amenaza. En cualquier caso, y aunque la seguridad nacional ha sido un contrapeso que ha inclinado ostensiblemente la balanza del lado de Nida Tunis en estas elecciones legislativas, no debe obviarse el hecho de que es a Ennahda a quien menos le interesa la existencia de este tipo de fenómenos en el país.

El futuro inminente

Con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina el debate vuelve a estar servido: habrá que elegir entre un abanico de veintisiete posibles presidentes de entre los cuales el tunecino de a pie no sabría nombrar más de diez. Essebsi parte como principal favorito, aunque dada su avanzada edad, 87 años, no es descabellado comenzar a hacer cábalas en torno a la cuestión de quién podría ser su sustituto cuando falte. Quizá cinco años de mandato sean demasiados para la salud de un nonagenario que, dicho sea de paso, no ha mostrado síntomas de flaqueza. Por otra parte, quedan por clarificar los que seguramente acaben por posicionarse como sus dos adversarios más fuertes: por una parte el que salga del bloque democrático y, por otro lado, el candidato de consenso al que apoye Ennahda. El partido islamista ya ha expresado su oposición a la hegemonía de un solo partido en la escena política tunecina. Sin embargo, el problema en el seno del partido de Ghannuchi es su fractura interna en dos grupos: uno más progresista y uno más tradicionalista. Sea cual sea la decisión final del Consejo de la Shura, el candidato de consenso debería salir de entre uno de los siguientes cinco nombres: Abderrazek Kilani, Ahmed Nejib Chabbi, Moncef al-Marzuki, Mustafá ben Jaafar y Hamuda ben Slama. A día de hoy se antoja complicado llegar a la segunda vuelta de las presidenciales, pero todo está en el aire. Quién sabe si candidatos como Hama Hammami –histórico líder del antiguo PCOT–, Salim Riahi –hombre de negocios y presidente del Club Africain, uno de los equipos de fútbol más importantes del país–, Kamel Morjen –ministro de Asuntos Exteriores durante el gobierno de Ben Alí– o Kalzum Kannu –única mujer que se presenta y presidenta de la Asociación de Magistrados Tunecinos– podrían acabar dando la sorpresa.

Las cuestiones sin resolver

Muchas son las cuestiones a las que el comienzo de la transición democrática tunecina no ha dado aún respuesta. Si bien estas elecciones han girado en torno al aumento del coste de vida y la seguridad nacional como temas principales, el estado se enfrenta otros tantos problemas tanto o más importantes a los que deberá ir dando solución a corto plazo. Si Túnez quiere realmente posicionarse a la vanguardia de la política norteafricana y hacerlo con garantías resulta perentoria una reformulación de un sistema impositivo y fiscal más que arcaico. Además, la no investigación de la mayoría de los expedientes de corrupción acumulados durante los primeros estadios posrevolucionarios mantiene al país anclado en el pasado; descabezar un sistema podrido es una tarea ardua, de eso no cabe duda, pero reconstruir un sistema político y económico regido por el clientelismo y en el que dos millones y medio del total de diez que conforman el país estaban adscritos al partido único son palabras mayores. La corrupción sigue estando presente en la totalidad de la escena pública tunecina sin excepción: policía, administración, enseñanza de base y superior, concesión de licencias, importación, exportación…

Por último, Túnez deberá seguir pendiente de la evolución de la situación en los países que la rodean. Argelia sigue buscando un sucesor para un Buteflika totalmente desaparecido de la vida pública, aunque lo que sin duda será más importante a corto plazo será el nuevo papel de Libia en la región. El enorme país norteafricano va camino de convertirse en un estado fallido, lo cual supondría un cambio sustancial del tablero de juego en todo el norte de África. En cualquier caso, y sea cual sea la nueva configuración política de la región, Túnez deberá seguir dando pasos firmes que le lleven a organizar de nuevo una elecciones libres en 2019 –teniendo en cuenta que las inminentes elecciones presidenciales así lo sean–; solo entonces podremos hablar de una democracia con raíces.

 

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