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Persistencia y diversificación del peligro yihadista en Mali

Por Victoria Silva.

El 11 de enero de 2013 Francia decidió intervenir militarmente en Malí para detener el avance de los grupos armados yihadistas que controlaban el norte del país y amenazaban seriamente con tomar su capital, Bamako. Tres años después no tenemos muchas razones para congratularnos por la efectividad de dicha operación. Aunque Bamako no cayó sus manos, ahora sufre los estragos del yihadismo en forma de atentados, algo que no sucedía con anterioridad a la operación Serval. El pasado 20 de noviembre Malí sufrió un brutal atentado, con el asalto y toma de rehenes en el hotel Raddison Blue, sito en la capital. Además, pese a que grupos como MUYAO han quedado prácticamente desarticulados y Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) se encuentra debilitada, los grupos armados yihadistas se han extendido por todo el territorio del país, dividiéndose en diferentes katibas que operan por áreas geográficas y dando lugar a la aparición de nuevos movimientos como el Frente de Liberación de Macina y de grupos afines a Daesh (o Estado Islámico) como el liderado por Adnan Abou Walid Al Sahraouin, escindido del grupo Al Murabitún.

La nebulosa yihadista en Mali

Si en 2012 el avance de los grupos yihadistas por territorio Maliense era preocupante, su presencia estaba claramente establecida en la zona norte del país. Hoy, esta presencia se ha diluido en una nebulosa que afecta a todo el territorio nacional.

El grupo más destacado y conocido es Al-Murabitún, liderado por Belmojtar. Este grupo se ha distinguido por sus acciones y ataques espectaculares contra objetivos bien definidos. Aunque los servicios de inteligencia malienses consideran que el grupo está debilitado, especialmente debido a la reciente escisión que ha sufrido, en la que la rama liderada por Mojtar permanece fiel a Al Qaeda mientras que la comandada por Adnan Abou Walid Al Sahraouin se ha afiliado a Daesh y está presente en la región de Menaka.

Otro grupo también conocido, aunque en cierta decadencia, es AQMI, operativa en el norte del país, en la zona fronteriza con Argelia. Su potencial se habría visto muy reducido por la operación Barkhane, contando con aproximadamente 200 combatientes repartidos en tres katibas. Dos de estas katibas han estado bastante activas. La primera es la de Sariat al-Ansar, dirigida por el tuareg Maliense Hamada Ag Hama, más conocido como Abdelkrim le Targui, quien fue asesinado el pasado mayo. El ataque más conocido de este grupo fue el asesinato de los periodistas franceses de Radio France Internationale (RFI), Ghislaine Dupont y Claude Verlon. La segunda katiba es Sariat al-Forqane, quien habría participado conjuntamente en el ataque al hotel Radisson junto a Al Murabitún.

El Movimiento por la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO) fue casi desarticulado tras la operación Serval. Sus miembros optaron por seguir diferentes vías: unos fundaron Al-Murabitún junto a Belmojtar; otros se unieron al proceso de paz en el norte de Mali; otros se retiraron al noreste, en la frontera con Níger, dedicándose a aterrorizar a la población local; finalmente, otros se unieron al nuevo grupo yihadista que se está convirtiendo la amenaza principal a la seguridad en Mali: el Frente de Liberación de Macina.

El Frente de Liberación de Macina (FLM) comenzó a hacerse notar a comienzos de 2015. Está liderado por Hamadoun Koufa Diallo, un predicador conocido por sus violentos sermones y su relación con Iyad Ag Ghali, fundador de Ansar Eddine. Operan en la región de Macina, fronteriza con Burkina Faso y Mauritania, con epicentro en la ciudad de Mopti. Ya han llevado a cabo diversas acciones armadas, destacando la anteriormente mencionada del hotel de Sévaré. Su intención de construir un califato en el territorio de lo que antaño fuera el imperio Peul de Macina (que prosperó en el siglo XIX) ha llevado a muchos analistas a compararles con Boko Haram.

Finalmente, nos resta hablar de Ansar Edinne y su líder Iyad Ag Ghali, a quienes muchos consideran padrino del FLM. Ansar Eddine operaría en torno a la región de Kidal y se desconoce el paradero de Ag Ghali. Una katiba de esta organización, la llamada Khalid Ibn Walid, está considerada como su rama en el sur del país y trabaja en estrecha colaboración con el FLM.

El convulso camino hacia la paz

El 15 de mayo de 2015 se firmaron los acuerdos de Argel entre el gobierno de Mali y varios grupos armados, agrupados en la Coordinación de Movimientos del Azawad (CMA, en francés) y la Plataforma, que agrupa a organizaciones pro-gubernamentales. Sin embargo el CMA no firmó dichos acuerdos, restándole toda legitimidad a los mismos al no participar en ellos el mayor grupo opositor al gobierno. Como señala Crisis Group, el acuerdo repite errores del pasado, pues no aborda los principales aspectos del conflicto, tales como una verdadera reforma política y articulación del estado sino que simplemente pretender reforzar las instituciones ya existentes, con todas sus debilidades. Tampoco hace referencia al acceso a servicios sociales, empleo o justicia, elementos fundamentales para lograr una verdadera integración nacional del norte del país. En dicho acuerdo se notaba la mano externa y, especialmente de Argelia, en lograr una paz que más que velar por el futuro de Mali lo hacía por sus propios intereses de seguridad. Fueron los mediadores argelinos quienes se negaron a alargar las negociaciones para lograr la participación del CMA, obcecados en lograr un acuerdo el día 15. Finalmente, el 29 de junio se firmó el documento de Argel en el que sí participaban ambas plataformas y del que se excluyó explícitamente a los grupos yihadistas.

La exclusión del acuerdo de muchos de los grupos combatientes ha propiciado el resurgimiento de la violencia, con la comisión de atentados a lo largo y ancho de todo el territorio y la aparición de nuevos grupos como el ya nombrado Frente de Liberación de Macina que están poniendo en jaque a las fuerzas de seguridad. La incertidumbre sobre el futuro del país propicia que los distintos grupos que pululan por su territorio puedan sabotear un proceso condenado desde el origen a fracasar. Los efectivos de Naciones Unidas se ven incapaces de hacer frente a todas las violaciones del alto el fuego que están teniendo lugar, pero es fundamental convencer a las autoridades malienses para que refrenen sus impulsos de solucionar por las armas el impasse en las negociaciones. La verdadera paz no es automática, necesita del tiempo y el esfuerzo de todas las partes.

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