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Made in the Arab World

Cristina Casabón 

“La revolución árabe es una broma – dijo Faisal Samra, uno de los principales artistas árabes del Golfo – es un término creado por Occidente, que ellos han inflado. Pero, como un globo, se pinchará. Lo que estamos experimentando es falso. Creo que la verdadera revolución está por venir.”

Puede que la gran revolución en el mundo árabe aún no haya llegado, pero mientras tanto, a principios de 2015, las noticias sobre los conflictos en Oriente Medio y el Norte de África se multiplican: varios países enfrentan altos grados de violencia y las posturas antidemocráticas se afirman en otros. La lucha por el poder y la legitimidad es intensa y en ocasiones muy violenta en lugares como Siria, Irak, Libia y Yemen. Como indica Brian Katulis en Polītica Exterior, “en la mayoría de los casos el combate ha adquirido características propias de una nueva guerra fría, una lucha por la influencia en la que interviene el apoyo político y económico silencioso de otros actores de la zona.”

Los gobiernos de la región han demostrado que están decididos a forjar su propio futuro, sin embargo la política de las dictaduras sigue funcionando según una lógica de que el régimen sobrevive y el pueblo lo percibe como un éxito, olvidando las revueltas de 2011. Desafortunadamente, este modelo de gobierno es aún típico en la política árabe.

Objetivamente, la sociedad y la economía están dañados, la libertad está restringida, y los recursos mal distribuidos. La línea política actual es la violenta lucha en pos de la influencia y el control de los recursos en lugar de optar por una solución pragmática: el camino de la negociación; o el progreso social y la construcción económica como la más alta prioridad.

Este estado de ‘caos’ sirve a los dos grupos que más importan en la política árabe: los dictadores árabes que Occidente denomina “moderados” y los extremistas que buscan desplazarlos. Los gobiernos del mundo árabe rechazan las reformas económicas y la estabilidad porque el cambio amenaza a sus gobiernos, el camino de la opresión es el más recurrido para mantener a raya posibles protestas como las de 2011.

Pero el caso de los gobiernos de Marruecos, Túnez o Turquía nos presenta una incógnita. Un marco político autoritario como el de estos países puede satisfacer unos mínimos de apariencia democrática, siempre y cuando digan que actúan en “representación” de su pueblo. Egipto o Siria también intentan seguir utilizando esta carta, no en vano se presentaron a unas elecciones en mayo y junio de 2014. La soberanía política en la mayoría de los ejemplares de los modelos autoritarios descansa sobre el respaldo de la “mayoría” de los ciudadanos. Otro rasgo de estos gobiernos: las estructuras de poder político son opacas y no descansan en las instituciones políticas, cuya función es precisamente la de ocultar con éxito la ausencia de mecanismos democráticos.

Por otro lado, estamos viendo un incremento de los grupos extremistas y la fusión de los mismos. Para estos grupos, el énfasis sobre la resistencia ante las fuerzas extranjeras es la base del adoctrinamiento, y su discurso afirma que todos los problemas del mundo árabe son causa de Occidente. Pero principalmente, presentan una verdadera amenaza dentro de esta región, y es aquí donde entra un tercer actor, los grupos rebeldes que luchan contra esta amenaza y contra los dictadores, a veces en dos frentes como es el caso de los rebeldes sirios. Y en cuarto lugar, relegados a un segundo plano político, nos encontramos con los partidos denominados “liberales”, que se multiplicaron tras las revueltas de 2011, pero no han podido consolidarse en el escenario político.

Hay una paradoja, y es que mientras que los islamistas y dictadores árabes compiten por el poder, a veces incluso con violencia, al mismo tiempo refuerzan mutuamente el sistema intelectual y la visión del mundo que ellos mismos van creando, uno donde el terrorismo y el conflicto envenena a su propia sociedad y a sus mentalidades.

Los sistemas autoritarios como los de Turquía, dicen Umit Kurt y Oguz Dilek, emplean el idioma requerido para la legitimación de la violencia. “Las teorías de la conspiración han conseguido elevarse por encima del pensamiento crítico en los debates públicos.” Otro aspecto de esta retórica es la imagen del enemigo: “una fabricación continua de  demonios – tanto dentro como fuera del país. Es una constante en cualquier orden autoritario, construir fronteras para definir en primer lugar qué somos “nosotros” y luego denegar a la oposición política un lugar legítimo en ese espacio nacional artificial, que nunca incluye totalmente las diversidades culturales/sociales existentes.”

Sintetizando, la convergencia de estos cuatro grupos presenta en esta etapa post-2011 una región marcada por un aumento de los movimientos islamistas radicales y la fusión entre estos grupos; el desinterés general en la búsqueda de soluciones diplomáticas para llevar a cabo la resolución de los conflictos como el sirio y la pervivencia de gobiernos autoritarios como el egipcio.

En conjunto, parece que estos últimos cuatro años no hayan sido más que el comienzo de un prolongado periodo de remodelación del equilibrio de poder en la región. Y así el mundo árabe en general, con Siria como líder de la marcha, continua esta fase del largo camino escogido, el del conflicto.

Miles de vidas perdidas, la muerte, el sufrimiento, las atrocidades de la guerra civil. No valen la pena. La guerra no puede restaurar el honor árabe, ni la dignidad. Solo construyendo una economía productiva, elevando los estándares de vida, alcanzando la igualdad y la libertad de estas sociedades, buenos sistemas de educación, puede la región tener futuro.

El pensamiento de que el terrorismo y la represión son efectivos es un error que ha generado graves consecuencias, como hemos visto tras décadas de desastre en el mundo árabe. Pero queda la esperanza de que las nuevas generaciones encuentren otra oportunidad para el cambio como la que surgió en 2011 y esta vez si, sea la definitiva. 

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