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Los niños que viven en la calle en Tánger, una realidad incómoda

Por Irene Infante -Atalayar

España constituye uno de los países que más inversiones realizan en el reino marroquí. La presencia de las empresas españolas en el país es innegable, pues cuestiones como la proximidad geográfica, el marco legal establecido por Marruecos para mejorar su entorno de negocios y los diversos programas de reforma de infraestructuras no pasan desapercibidas a los ojos de las empresas españolas. Sin embargo, a pesar de la favorable coyuntura económica y del elevado número de inversiones por parte de España en el país, las ciudades marroquíes, especialmente las del norte, ocultan un amplio sector de la población que parece invisible en las estadísticas de nuestro país.

Un simple vistazo a una ciudad como Tánger –si se tienen los ojos abiertos– permite observar cómo la industria del turismo, la shisha, el té y los bolsos de cuero conviven con una incómoda realidad: la existencia permanente de niños en la calle, que viven, comen y duermen al raso.

Algunas organizaciones, como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) publicaron hace años informes en los que se incluía la temática de los “niños de la calle”, pero no existen informes publicados recientemente en España acerca de esta dramática realidad. Sin embargo, las palabras de la canción de Mercedes Sosa cuando canta “pobre del que ha olvidado que hay un niño en la calle, que hay millones de niños que viven en la calle y multitud de niños que crecen en la calle” son una innegable llamada de atención respecto a este drama social.

Marruecos ratificó en el año 1993 la Convención Internacional de los Derechos del Niño. No obstante, es necesaria una mejora en la implantación de la Convención, pues los abusos físicos y psíquicos son comunes tanto en la escuela como en los hogares. Sin embargo, es en la calle donde los menores se enfrentan a la más cruda realidad, pues su vida está muy lejos de la infancia descrita en la Convención. Es complicado realizar un cálculo del número de niños que viven diariamente en las calles marroquíes, pero su número seguramente oscila entre 400 y 500 sólo en Tánger, una cifra escandalosa si atendemos al aparente desarrollo de los últimos años del reino alauí.

Los motivos que llevan a los niños a huir de sus hogares son variados: pobreza extrema que impide que los niños sean atendidos adecuadamente, violencia doméstica, carencias afectivas y búsqueda de una mejora en la situación socioeconómica son algunas de las razones a las que aluden los niños cuando se les pregunta. Así, como indica el psicólogo y pedagogo Enrique Martínez Reguera en su libro ‘Cachorros de nadie’, donde describe la psicología de la infancia explotada, “quien se va fuera es porque encuentra fuera mejores condiciones que dentro. Para que se originen vivencias fuera del hogar es necesario que haya habido vivencias hogar adentro”. De este modo, huyen de sus casas en busca de una vida mejor, pero en muchos casos la realidad de la calle llega a superarles. Para algunos de ellos, incluso los abusos sexuales están a la orden del día.

“Estos niños son víctimas. A mi no me gusta llamarles ‘niños de la calle’, como se les conoce comúnmente, porque ante todo son niños, pero aunque vivan en la calle no pertenecen a la calle. Podríamos llamarles en todo caso ‘niños en situación de calle’”, opina Mustapha, un joven marroquí que desde hace más de ocho años intenta, en la medida de sus posibilidades, cuidar de estos niños por las calles de Tánger. “Muchas ONG, tanto españolas afincadas en Tánger como marroquíes utilizan la situación de estos chicos para lucrarse económicamente”, denuncia. A pesar de la existencia de asociaciones y centros, la mayoría de los niños prefiere continuar en la calle. Asimismo, la falta de costumbres de aseo, normas y horarios no permite que trabajar con los niños y reintegrarlos de vuelta a una ‘vida normal’ sea fácil.

Una vez por semana, los niños tienen la posibilidad de asearse, cambiarse de ropa y comer caliente en una de las casas que la orden de las Misioneras de la Caridad, fundada por la Madre Teresa de Calcuta, tiene en Marruecos. Sin preguntas ni condiciones, todos los menores tienen acceso a la casa por unas horas, lapso de tiempo en el que recuperan por unos momentos su infancia. En algunos casos, las religiosas incluso se hacen cargo de sufragar los gastos de intervenciones médicas necesarias para garantizar la salud básica de los niños. Este fue el caso de Mehdi, uno de los niños que frecuentan la calle, al que se le descubrió una gran herida en el abdomen causada por un atropello de coche. Mehdi había sido deficientemente atendido en el Hospital regional Mohammed V de Meknes, por lo que la infección de la herida era inevitable. Finalmente, se le realizó una operación de estómago en el Hospital Italiano de Tánger, abonada por las propias hermanas de la orden.

A pesar de esto, la falta de una solución de continuidad para ellos motiva que el futuro de los niños se presente negro, y de ello son conscientes las misioneras que atienden la casa. Una de ellas, cuando se le pregunta sobre este tema, asiente con la cabeza, pero recuerda que “con uno sólo de ellos que salga de esta situación, lo que hacemos merece la pena. Es nuestra vocación servirles, son parte de los más pobres de los pobres aquí en Tánger”.

La mayoría de los chicos vive cerca del puerto, esperando la oportunidad de cruzar la frontera con una mayor diferencia en términos de PIB escondidos en alguno de los barcos que diariamente cruzan el Estrecho o en los ejes de los autobuses para pasajeros. Por esto, para muchos de ellos el tchamkir (disolvente o pegamento que inhalan a través de bolsas o directamente desde la mano) les permite eludir la realidad, no sentir el frío al dormir al raso ni el miedo a lo desconocido por vivir sin protección familiar, ser capaces de envalentonarse ante aquellos que les amenazan y tolerar el desprecio al que son sometidos, tanto por turistas occidentales como por sus propios paisanos.

Los niños son víctimas de un sistema en el que no están incluidos, pero su gran capacidad de adaptación a la situación en la que viven provoca en algunos casos la corrupción de su espíritu infantil. “Junto a rasgos infantiles se muestran los estigmas del deterioro al que se les ha sometido. Su fragilidad de niños queda entrevelada por su endurecimiento, aunque fragilidad y endurecimiento sean igualmente reales. Y mientras por fuera aparecen arrogantes, audaces, duros, a veces temibles por sus actos, por dentro se saben insignificantes, y se siguen sintiendo frágiles, inseguros, ingenuos, necesitados de estima y ternura”, señala Martínez Reguera.

La violencia con la que conviven diariamente se canaliza en una doble vertiente: por un lado, el sentimiento de pertenencia al grupo lleva a que se ayuden mutuamente a subsistir en la calle, a compartir la comida y vivir en pequeños grupos en la zona del puerto y la Medina tangerina. Por otro, los enfrentamientos entre los diferentes grupos de menores e incluso dentro de un mismo grupo, especialmente cuando están bajo los efectos de la droga, se traduce en actos violentos que ellos mismos no saben cómo gestionar. Un ejemplo de esto es el enfrentamiento de Abdel Aji, un chico de 14 años que vive en las calles de Tánger, con otro de ellos a mediados del año 2015, que acabó con heridas de arma blanca en el rostro de este último y la autoinmolación de Abdel Aji, ante el miedo de ir a la cárcel por lo que acababa de ocurrir.

A pesar de que Marruecos sea el país más cercano a España en el que existe este “fenómeno social”, en otros países tan dispares entre sí como Colombia (América del Sur), Filipinas (Asia) o Benín (África) también viven niños en la calle, donde son víctimas de los abusos y la explotación. En todo el globo, se calcula que existen aproximadamente 150 millones de niños que viven en estas condiciones. Si faltan, nadie les echará de menos. “Ese consiguió cruzar al otro lado del mar; hace semanas que no le vemos por aquí; quizá haya vuelto a casa…”, dicen cuando se les pregunta por alguno de ellos que ya no frecuenta los lugares comunes. Son niños que no existen a los ojos del mundo, pero cuyos ojos demuestran que llevan el mundo –su mundo– a cuestas.

**Publicado originalmente en: Atalayar 

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