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Los Cascos Azules, sus luces y sombras

F. Javier Blasco*

Popular e internacionalmente, las Fuerzas de Paz de la ONU son conocidas como los cascos o boinas azules debido al color de dichas prendas cuando participan en sus diversas misiones. Son unidades militares y/o policiales creadas ad-hoc con el encargo de crear, mantener, incrementar o forzar la paz y el orden, según los casos, en áreas donde existen o han existido conflictos armados, se han producido importantes revueltas sociales o graves desastres naturales.

También se les suele encargar del monitoreo o la observación de la implementación y el cumplimiento de las normas establecidas en los procesos de paz ya acordados y firmados, así como de proporcionar asistencia y consejo para la integración social a los ex combatientes tras la finalización de conflictos entre las partes.

No son unidades propias de la Organización, sin embargo, actúan bajo mandato directo del Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU) y se crean por aportaciones voluntarias de los países miembros integrantes de las Naciones Unidas quienes a requerimiento de dicho Consejo cubren las necesidades de fuerzas armadas o policiales. Se agrupan integrando una fuerza multinacional bajo un mando designado específicamente por la ONU para cada misión coordinados por el conocido como el Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz (DOMP).

Sus cometidos se marcan específicamente por el CSNU o la propia Asamblea General de la ONU mediante un Mandato incluido en una Resolución y, por ello, podemos encontrarlas embebidas en una zona o país en el cumplimiento de una o varias de misiones tales como: supervisar el cumplimiento de un alto el fuego; desarmar e impedir la actuación de los combatientes; proteger a la población civil en misiones de apoyo humanitario; desarrollar e implementar el mantenimiento de la ley y el orden; entrenar una fuerza local de policía; levantamiento y limpieza de minas de los territorios asolados por las guerras (aunque últimamente, esta misión se suele subcontratar a compañías civiles) y velar por el desarrollo de la paz y la seguridad en las zonas en conflicto como fuerzas de interposición entre países o entre diversas comunidades dentro de un mismo país.

Estas misiones no son nuevas, llevan ejerciéndose desde hace muchos años. La primera de ellas se conoció como la UNSCOB (United Nations Commission for the Balkans), que fue aprobada y mandatada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en la resolución n.° 109(II) del 21 de octubre de 1947. Se llevó a cabo en Grecia entre octubre de 1947 y febrero de 1952 y contó con la participación de unidades de Australia, Brasil, China, EEUU, Francia, el Reino Unido, México, los Países Bajos, Colombia y Pakistán.

Desde entonces se han ejecutado muchas más y por desgracia, su necesidad no solo es esporádica sino, incluso, se vienen necesitando varias de ellas al mismo tiempo en diversos escenarios por la intransigencia de las naciones o de las diversas facciones en litigio que no cesan en su interés en la creación o mantenimiento de los conflictos. Conflictos, que tienen un origen muy variado y que suelen tener raíces en problemas de tipo religioso, político, económico, anexiones territoriales, persecuciones étnicas y, lo que es peor, muchas veces, son alentados y alimentados desde el exterior con finalidades totalmente espurias.

La duración de las correspondientes misiones es muy variable; depende de la dureza o extensión del conflicto, sus orígenes, arraigo así como del “interés internacional” en acabar con los ellos. Aunque los mandatos suelen tener fecha de caducidad y no muy extensa, es muy difícil encontrar una misión que se haya cumplido en el tiempo marcado originalmente por lo que, generalmente, se suelen prolongar una o varias veces hasta que la situación alcanzada aconseje el fin de la misión o su sustitución progresiva por diversas misiones de menor o diferente entidad y cometido. Algunas, tal y como veremos a continuación, increíblemente permanecen activas tras muchos años desde su creación.

Otras veces, se producen transferencias de responsabilidad a otros organismos como la propia OEA, UE o la OTAN. Generalmente, esto sucede cuando la situación se complica en exceso o porque la entidad y calidad de las fuerzas ONU no son suficientes para llevarla a cabo con garantías de éxito (como, por ejemplo, ocurrió en el conflicto de Bosnia i Herzegovina con la OTAN).

Las fuerzas ONU actúan en íntima y estrecha relación con el Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR) quien planea y ejecuta la mayor parte de las acciones políticas necesarias para la pacificación del territorio y atiende a las necesidades humanitarias de los refugiados y desplazados. Generalmente, es necesaria la participación de dichas fuerzas para que el ACNUR pueda desarrollar sus propios cometidos.

Se puede decir que, inicialmente, la idea para la creación de este tipo de fuerzas fue bien acogida por las naciones miembros de la ONU, con ello, a priori se ahorraba la necesidad y problemática de contar y entrenar fuerzas militares propias de la Organización de forma permanente. La potencial inmediatez de las aportaciones nacionales favorecía poder contar con el número y tipo de fuerzas necesarias para cada misión y este compromiso de las naciones con la ONU les hacía sentirse como verdaderos integrantes activos de la misma.

El paso del tiempo, los costos -a pesar de la remuneración oficial obtenida-, los desgastes para las naciones que generalmente aportaban siempre fuerzas y lo poco atractivo de estas misiones han venido propiciando que muchos de los países occidentales dejen de aportar fuerzas y prefieran contribuir solo económicamente para el sufragio de costo total de toda operación.

Si bien es cierto, que en determinados conflictos, teóricamente, son mucho más efectivas fuerzas regionales; la realidad es que, a pesar de no ser totalmente cierta dicha teoría o, precisamente, amparándose en ella, cada día es más difícil encontrar aportaciones de fuerzas occidentales. La mayoría son cubiertas por países africanos, asiáticos o sudamericanos que si encuentran rentables los pagos obtenidos por su participación en dichas misiones.

La ONU que tradicionalmente cubre parte de los mencionados gastos, a la vista del anterior problema y de la escasa calidad y preparación de las fuerzas aportadas por los actualmente habituales países proveedores de estas, se ha visto forzada a tener que pagar aún más a dichos países para superar sus limitaciones. De tal modo y manera, que para algunos países como la India, Pakistán, Bangladesh, muchos países africanos y también sudamericanos, su participación en estas operaciones se ha convertido en un auténtico negocio porque además de cobrar en efectivo en función de su aportación numérica y en material, en otros casos o la par, se les reduce o descuenta de lo que, en teoría, deberían aportar al ONU como contribución anual o para cubrir las necesidades de dicho conflicto.

En otras palabras, para muchos, se ha convertido en un negocio al ver en este tipo de ingresos una forma sustanciosa de llegada o ahorro de dinero, y al mismo tiempo, les sirve como entrenamiento de sus propias fuerzas militares sin costo alguno para sus arcas. Razón por la que la calidad de sus aportaciones sea cada vez menor y se mezcle con un claro sentimiento de no tener una verdadera intención de que el conflicto se solucione pronto, porque esto supondría acabar con dichos beneficios.

Aunque, teóricamente, el grado de preparación militar de fuerzas occidentales es superior a las de otros continentes, no siempre ha ocurrido que su eficacia y la defensa de los derechos humanos estuvieran plenamente garantizados. Basta con recordar la ignominiosa actuación de los casco azules holandeses de las Fuerzas de Protección de la ONU (UNPROFOR) en el conflicto de Bosnia y particularmente en la zona de Srebrenica en julio de 1995, donde casi 8.000 musulmanes, incluidos ancianos, mujeres y niños, fueron asesinados después de que el enclave fuera tomado por las tropas serbobosnias.

Personas, que se habían concentrado en la zona buscando el amparo de un Batallón holandés, quienes no movieron un dedo en defenderlos o en interponerse para evitar su masacre. Fue el peor episodio de la sangrienta guerra de Bosnia (1992-1995). Otro caso parecido fue lo ocurrido en Ruanda en 1994, cuando los Cascos Azules fueron acusados de abandonar a los tutsis a manos del exterminio hutu.

Pero también es cierto que, por desgracia, cada vez son más numerosos los casos de trapicheos, extorsiones, contrabando y abusos a niños, mujeres y, hasta trata de blancas por miembros de los cascos azules. Casos que también se dieron en varios lugares de Bosnia; aunque, uno de los ejemplos más espeluznantes de esto último fue lo ocurrido en Haití en 2007, cuando un centenar de los integrantes de las tropas ONU desplegadas allí en misión de ayuda humanitaria fueron acusados de abuso y explotación sexual contra la población. Tal fue el escándalo suscitado que estas tropas tuvieron que ser sustituidas por tropas formadas exclusivamente por mujeres.

No contentos con este suceso, nos encontramos con otro muy similar en el mismo país donde tras el terremoto de 2014, según un documento elaborado por la Oficina de Servicios de Supervisión Interna de la ONU, se asegura que la población impulsada por el hambre y la pobreza tuvo que venderse por sexo a los cascos azules. En concreto, se contabilizaron casos de abusos y explotación sexual de al menos 225 mujeres locales, un tercio de ellas menores de 18 años, a las que ‘compensaron’ con comida y fármacos. Se teme que estas denuncias solo constituyan la punta de un iceberg mucho mayor.

Cosa que, en proporciones similares, también ha ocurrido en Liberia y en otras zonas como Guinea, Chad, República Centroafricana y Guinea Ecuatorial aunque en estos, al parecer, lo fue en menores proporciones; aunque, según los datos conocidos, en muchos casos, fueron los propios responsables de las misiones los que trataron reiteradamente en ocultarlos para que no salieran a la luz pública.

Para colmo de los males y de nuevo en Haití, el pasado 8 de agosto se reconoció por primera vez en la ONU su participación en la expansión del cólera en la isla. En el documento oficial quedan señaladas y aceptadas determinadas responsabilidades de los “cascos azules” de Nepal, por aquel tiempo desplegadas en la isla, que probablemente fueron quienes llevaron y propagaron la enfermedad con su presencia en el país y el contacto con la población haitiana desde finales del 2010.

Estos días asistimos impávidos a la impotencia de las actuales fuerzas de la ONU en dicho país para contener las revueltas de la población descontentas por la poca eficacia en el reparto de la ayuda humanitaria que llega con cuentagotas tras los grandes desperfectos y más de un millar de muertos ocasionados por el paso del último gran huracán. Se teme, que de nuevo, alguien esté trapicheando con dicha ayuda y eso pone en alerta y pie de guerra a una población muchas veces pisoteada por la “ayuda internacional”.

Como viejo boina azul debo decir que, en muchos casos, la voluntad e interés de las naciones y sobre todo de los integrantes de estas fuerzas es muy positiva, desinteresada y valiente. Si bien, es cierto que algunas misiones no siempre se han podido cumplir tal y como se esperaba por la intransigencia de los grupos o países implicados o por la deficiente estrategia aplicada a la resolución de ciertos conflictos.

Desde mi punto de vista, este capítulo es uno más de los que necesitan una reforma urgente y no estaría de más, que la reciente llegada de un nuevo Secretario General de la ONU se aprovechara para abrir las ventanas al aire fresco y se buscaran otras fórmulas para abordar los graves problemas que arrastra la Organización desde sus orígenes y que, algunos de ellos, ya han sido repetidamente denunciados.

Actualmente existen activadas 16 operaciones de la ONU para el mantenimiento de la paz que se encuentran distribuidas por todo el mundo.

*F. Javier Blasco es Coronel en la Reserva

Artículo publicado originalmente en Atalayar.

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