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Libia: cada vez más lejos

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Por Cristina Ariza

Las investigaciones recientes contra Hillary Clinton por el caso Bengazi han reactivado el debate sobre el fracaso de la política estadounidense—y occidental—en Libia, fragmentada y sin vistas a una solución rápida. Todo se remonta a los incidentes del 11 de septiembre de 2012 en Bengazi, donde el embajador estadounidense y un representante del Departamento de Comunicación murieron como consecuencia del incendio de la embajada por parte de un grupo de militantes armados. El grupo de la CIA que intentó asistirles sufrió dos bajas. Al principio, se creía que el ataque había sido motivado por una protesta, pero poco después se descubrió que en realidad había sido un grupo de militantes armados.

El Congreso actual, liderado por republicanos, acusa a Hillary Clinton, principal activista de la intervención libia, y al partido demócrata de haber oscurecido deliberadamente los datos de la operación para encubrir su incapacidad de prevenir y contrarrestar el ataque. Asimismo, Clinton está en el ojo del huracán por haber utilizado su cuenta de correo personal para tratar información clasificada.

Libia dividida
Este debate tiene lugar en un contexto creciente de inestabilidad en Libia. La fragmentación ideológica del país se replica en todas las esferas: internacional, estatal, social y local, lo cual ha dinamitado las posibilidades de negociar una solución rápida al conflicto por la variedad de posturas.

A nivel estatal, dos gobiernos, uno en Trípoli y uno en Tobruk, luchan por hacerse con el control del país. Cada Gobierno tiene su propio aparato militar. Las fuerzas del coronel Khaftar, Dignity, luchan a favor de Tobruk, mientras que Libia Dawn apoya al gobierno de Trípoli. Al coronel Khaftar se le acusa de seguir la estela de Gadafi y a los islamistas de Libia Dawn de favorecer el terrorismo.

Por otro lado, la Comunidad Internacional reconoce al gobierno de Tobruk, que tuvo que huir de Trípoli cuando el segundo gobierno, compuesto por diversos grupos islamistas, tomó el país. Qatar y Turquía son dos de los países que apoyan la constitución de este último. Las negociaciones de paz en Ginebra no han fructificado y el conflicto se encuentra en un punto muerto. De hecho, en octubre de 2015 el parlamento libio reconocido por la Comunidad Internacional ha declarado que no acepta la propuesta de la ONU para la creación de un gobierno unitario.

La lucha encarnizada entre las diversas facciones de poder se está replicando también a menor escala entre las milicias armadas. La tribu tuareg está luchando contra la tribu tebu cerca de Trípoli, pero la lucha ha sido enmascarada por el enfrentamiento a nivel estatal. Los tebu eran discriminados bajo el régimen de Gadafi y apoyaron la revolución que derrocó al dictador, mientras que los tuareg eran leales al presidente. Ubari, ciudad situada al sur de Libia, ha sido uno de los escenarios en los que la lucha tribal ha tenido más impacto. En junio de 2015 se llegó a un acuerdo de paz entre ambas partes, aunque el enfrentamiento tuareg-tebu sigue activo en varias ciudades libias. En la actualidad, la provincia de Fezzah, y especialmente la ciudad de Sabha, están sufriendo las consecuencias de una minoría tebu que se ha impuesto por la fuerza a la mayoría tuareg.

Las dos facciones gubernamentales están incentivando la división entre estas etnias, ya que Dignity apoya a los tebu y Libia Dawn a los tuareg. Lo cierto es que, mientras que los tebu conforman una milicia unida a favor del gobierno, los tuareg están más divididos entre ambos bandos. En consecuencia, la partición de estos últimos ha contribuido a su exclusión económica.

Otro axis de enfrentamiento local es Zintan-Misrata. Las milicias islámicas de Misrata son leales al gobierno revolucionario de Trípoli y apoyan a los tuareg. Por otro lado, la brigada Zintan ha conseguido hacerse con el control del aeropuerto de Trípoli y lucha contra diversos grupos islamistas, entre los que se encuentra Misrata. También se han enfrentado contra Libia Dawn. Apoyan, aunque con matices, a Jhaftar y al gobierno de Tobruk.

Tales divisiones hacen ver que la desfragmentación libia ha tenido la capacidad de afectar a todas las dimensiones del país. Las perspectivas de futuro para una sociedad tan dividida no parecen demasiado optimistas. Asimismo, el agravamiento de conflictos locales ha creado un caldo de cultivo para la expansión de extremismos y grupos terroristas.

Facciones terroristas en Libia
Uno de los grupos terroristas que más presencia ha tenido en Libia es Ansar al Sharia, aliado de Al Qaeda, establecido en Bengazi desde el principio de la revolución. De hecho, los militantes acusados de asesinar al embajador estadounidense en 2012 parecían provenir de este grupo. Ansar al Sharia forma parte también de la Shura Revolucionaria de Bengazi, que es una organización paraguas de otros grupos minoritarios islamistas extremistas. El otro afiliado de Al Qaeda es Mujahideen Shura Council, que ha cobrado importancia sobre todo por haberse enfrentado a DAESH a lo largo del 2015 en numerosas ocasiones.

Por último, la expansión del Estado Islámico se ha hecho factible en Libia, primero en Derna y ahora en Sirte. Dicho establecimiento se ha visto favorecido por una situación de inseguridad insostenible, que es un hervidero para la expansión de organizaciones terroristas.

Estado fallido
Libia es en la actualidad un Estado fallido, incapaz de garantizar unos estándares mínimos de seguridad. La vuelta a la Libia pre-revolucionaria se antoja prácticamente imposible. Además, la entrada en el juego de organizaciones terroristas ha dinamitado las posibilidades de encontrar una paz a corto plazo para el país. La incapacidad manifiesta de los dos gobiernos de conformar un ente unitario impide que exista una estrategia de contrainsurgencia al uso, concepto que se aplica mejor a la realidad de DAESH en el país. Por si fuera poco, el número de actores implicados a todos los niveles no hace más que aumentar.

La intervención en Libia en 2011 para derrocar a Gadafi ha sido objeto, y sigue siéndolo, de mucha controversia. La temporalidad de la presencia de la comunidad internacional ha abierto viejas heridas sobre los procesos de consolidación estatal post conflicto, reminiscentes de lo ocurrido en Afganistán o Irak. Es aquí donde la fina línea entre intervenir y no intervenir se hace más visible, ya que las externalidades negativas de ambas posturas son ineludibles.

En este sentido, Estados Unidos está en el ojo del huracán por el papel desempeñado en Libia. La comunidad internacional en su conjunto aún no ha logrado que las negociaciones fructifiquen, y la implicación internacional ha sido marginal, con la excepción del bombardeo por parte de al-Sisi, presidente de Egipto, a las fuerzas de DAESH en Derna. No obstante, si la situación en Libia sigue enraizándose llegará un momento en el que el contagio a países vecinos será inevitable. Un foco yihadista tan cercano al Mediterráneo entraña además un riesgo directo para Europa y debe combatirse activamente.

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