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Libia 2015: ¿Una nueva oportunidad para la Unión Africana?

Por Victoria Silva

En marzo de 2011 la OTAN intervino en Libia con el propósito de proteger a la población civil de los ataques del régimen de Gadafi. La intervención terminó con el propio régimen libio y con su líder. Cuatro años después la situación del país carece, al menos, de la estabilidad que le proporcionaba dicho régimen: el país se encuentra dividido entre dos gobiernos que reclaman para sí la legitimidad, con dos parlamentos, y con una lucha encarnizada por el control de los recursos económicos del país. Sin embargo, esta falta de orden y control por parte de autoridades estatales ha propiciado que numerosos grupos fundamentalistas y yihadistas campen a sus anchas por el territorio, facilitando así un semillero en el cual pueda instalarse Estado Islámico.

Durante la crisis de 2011, la intervención militar primó sobre la solución política en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Los países occidentales y la Liga Árabe apoyaron el establecimiento de una zona de exclusión aérea y la aplicación del principio de la ‘responsabilidad de proteger’, con los efectos perversos que finalmente tuvo la misma por la aplicación interesada de la resolución 1973. La Unión Africana (UA) fue de los pocos entes internacionales que se posicionó a favor de una solución negociada a la crisis e intentó establecer una serie de pasos para ello, que quedaron recogidos en la ‘hoja de ruta’ del comunicado de la 265ª reunión del Consejo de Paz y Seguridad que tuvo lugar el 10 de marzo de 2011. Lamentablemente, esta hoja de ruta no tuvo ninguna oportunidad de ser implementada ya que los países del P3 (Francia, Reino Unido, Estados Unidos) habían decidido el destino de Gadafi y la solución de la crisis libia no pasaba por su permanencia en el poder ni siquiera por su exilio.

La crisis libia de 2011 fue un fracaso absoluto para el multilateralismo africano, debido a una serie de factores, tanto internos como externos a los propios africanos. Respecto a los factores internos encontramos la gran división existente entre los países miembros de la UA en relación con el régimen de Gadafi. Cuarenta años de intromisión en la política africana por parte del ex líder libio han conseguido crear algunos amigos y muchos enemigos. Algunos países, como Etiopía o Sudán, apoyaban la intervención sin miramientos; otros, como Chad o Níger, conscientes de las consecuencias que tendría la caída del régimen para su seguridad, preferían una solución negociada; otros como Gambia o Eritrea se contaban entre los escasos apoyos del régimen. Pero más importante es la postura de la propia organización: por un lado, en el artículo 4 (p) del Acta Constitutiva, la UA rechaza los cambios inconstitucionales de gobierno, lo que supone un enfoque un tanto estrecho teniendo en cuenta los acontecimientos que estaban teniendo lugar en el Norte de África. Este enfoque basado en la soberanía westfaliana y la solidaridad entre estados respecto a la no injerencia en asuntos internos incapacita a la organización para llevar a cabo su arquitectura de paz y seguridad.

Por otro lado, respecto a los factores externos, los países occidentales, y especialmente Francia y Reino Unido, estaban dispuestos a terminar con el régimen de Gadafi y no escatimaron esfuerzos para ello, aunque fuese tergiversando el mandato del Consejo de Seguridad. La crisis libia amenazaba no sólo los intereses africanos sino también directamente los de Europa, por lo que dejar únicamente su resolución al enfoque de ‘soluciones africanas para problemas africanos’ no era viable, ya que esta organización había demostrado su incapacidad, reaccionando tardíamente a la crisis y proponiendo una vía negociadora que no colmaba los intereses ni de los opositores libios ni de los países occidentales. En este sentido es muy claro cómo tanto la UA como la ONU fueron marginadas en la crisis libia en favor de enfoques más intervencionistas como el de la OTAN. Pero el tiro de gracia al multilateralismo africano se lo dieron los propios países africanos presentes en el Consejo de Seguridad el 17 de marzo de 2011 y que votaron a favor de la resolución 1973, pese a todas las críticas expuestas por los países abstencionistas. Sudáfrica, Nigeria y Gabón votaron favorablemente, violando la posición común de la UA, establecida en la reunión del 10 de marzo. Tiene especialmente importancia el papel de Sudáfrica, puesto que era país participante en el comité ad-hoc sobre Libia que había establecido la Unión para resolver la crisis y que arrastró en la votación a los otros dos países africanos. Sin su voto, la resolución 1973 no habría sido aprobada, o, al menos, no lo habría sido en los términos que conocemos.

La arquitectura de paz y seguridad de la Unión Africana apuesta por la solución pacífica de las crisis africanas. Sin embargo, para que esta vía sea posible es necesario mejorar los mecanismos de alerta temprana y solucionar las crisis antes de que estas desemboquen en un enfrentamiento armado. En este sentido, la UA tardó mucho en reaccionar ante lo que estaba sucediendo en Libia, más teniendo en cuenta los precedentes de Túnez y Egipto. Una vez que reaccionó, la vía política era difícil de lograr ya que las protestas pacíficas se tornaron violentas en apenas una semana.

A día de hoy, la salida a la crisis libia se contempla únicamente por la vía de la negociación. Los esfuerzos del representante de la Misión de las Naciones Unidas de apoyo a Libia (UNSMIL), Bernardino León, van dirigidas en esa dirección. Por ello, la Unión Africana tendría mucho que decir respecto a ello y participar con las herramientas que posee para lograr ahora lo que intentó evitar hace cuatro años. En este sentido, es positivo el establecimiento de un Grupo de Contacto Internacional para Libia que comprenda a todos los países vecinos y a los socios más importantes tanto a nivel bilateral como multilateral. Este elemento había sido recomendado en el informe del presidente de la comisión sobre la situación en Libia, en el que se enfatiza la necesidad de colaboración entre los países africanos afectados por el conflicto libio, tanto del Norte de África como de la región sahelo-sahariana.

También es relevante el avance que supone el proceso de Nouakchott para el fortalecimiento de la cooperación en seguridad y la operacionalización de la Arquitectura de Paz y Seguridad Africana en la región sahelo-sahariana. Este proceso cuenta con la participación de Burkina Faso, Chad, Libia, Mali, Mauritania, Senegal, Argelia, Costa de Marfil, Guinea, Níger y Nigeria. Es un avance importante la cooperación de Argelia con sus vecinos sub-saharianos, aunque sería relevante la participación de Egipto en este proceso. De hecho, Argelia fue uno de los pocos países árabes que no compartía la postura oficial de la Liga Árabe respecto a la intervención en Libia y desempeña un papel importante dentro de la arquitectura de paz y seguridad africana en la región sahariana. Desafortunadamente, la separación entre los países del Norte de África y los de África Subsahariana es aún demasiado grande y ni siquiera asuntos de gran calibre como la crisis libia y maliense o la expansión de los grupos yihadistas logran aunar los esfuerzos de todos los países miembros de la organización. Los esfuerzos en este sentido deberían ser primordiales.

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