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Las fuerzas armadas en Argelia: el gran obstáculo para la democracia

Por Victoria Silva Sánchez

La revolución argelina fue una expresión de nacionalismo popular inspiradora para muchos movimientos revolucionarios. Sin embargo, poco después de lograr la independencia de Francia (1962) la revolución del pueblo fue secuestrada por el ejército tras el derrocamiento del presidente Ahmed Ben Bella. Desde entonces y hasta nuestros días, todos los presidentes argelinos o han sido militares o los escasos civiles han sido designados por un comité militar. Las elecciones no son más que una farsa organizada para conferir cierta legitimidad al gobernante ya electo, escasa legitimidad que no puede ser ocultada por las tasas de participación electoral que no superan el 50% del censo. Los únicos comicios verdaderamente democráticos tuvieron lugar en 1992 pero el triunfo del Frente Islámico de Salvación (FIS) propició el aborto del proceso electoral y desencadenó una sangrienta guerra civil que se cobró la vida de cerca de 200.000 argelinos.

No siempre la visión de las fuerzas armadas por parte de los argelinos ha sido tan negativa. En los inicios de la nueva república, el ejército era una institución prestigiosa y se identificaba a sí misma como “ejército del pueblo”. Esta concepción empezó a cambiar a finales de los 80 y, especialmente, tras la dura represión de la denominada ‘revuelta de la Sémola’. Las medidas económicas neoliberales que empezó a introducir el gobierno de Bendjedid provocaron el descontento social y derivaron en manifestaciones que fueron duramente reprimidas por las fuerzas armadas. La tensa situación llevó al entonces presidente de la república a introducir reformas políticas que incluían el multipartidismo y elecciones libres. Cuatro años duró esta primavera árabe adelantada, hasta que los resultados en las urnas, que otorgaban la victoria holgada al FIS, provocaron la dimisión de Bendjedid, la disolución de la asamblea nacional, la impugnación del proceso electoral y la declaración del estado de emergencia. Este acaparamiento del poder político por parte del poder militar llevó al historiador Mohammed Harbi a señalar que “en la mayoría de los países el Estado tiene su ejército; en Argelia el Ejército tiene a su Estado.”¹

Tres son los factores fundamentales que permiten la perpetuación de la influencia de los militares en la política:

  • La seguridad nacional. Esta dimensión está marcada por la guerra civil de los 90 y la lucha contra el enemigo islamista. Tras varios años de masacres de civiles que desataron la indignación internacional, la situación empezó a calmarse hacia 1999, año en que Abdelaziz Buteflika asumió la presidencia del país, adquiriendo un aura de “salvador de la nación” que le acompaña hasta hoy. Pese a las diversas amnistías otorgadas, hubo grupos que decidieron continuar la lucha armada como el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC). A comienzos de la década de 2000 esta dimensión se ha visto eclipsada por la siguiente.
  • La guerra contra el terrorismo global. El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después en lo que se refiere a la política exterior argelina. De ser un estado denostado internacionalmente pasó a convertirse en ejemplo a seguir en la lucha contra el terrorismo islamista. La expansión operativa de los grupos terroristas argelinos a la región del Sahel ha provocado que Argelia se haya convertido en un aliado fundamental de los países occidentales en la lucha contra el yihadismo, aunque ella misma no está exenta de riesgo, tal y como ilustró el ataque a la planta gasística de In Amenas en 2013.
  • El miedo. La escasa movilización política de la población argelina está marcada por dos factores: el trauma de la guerra civil y el control que ejercen las autoridades contra cualquier tipo de disidencia². Los escasos conatos de revueltas en 2011 siguiendo la ola de los países de la región fueron acallados con reformas leves que no atacan la raíz del descontento social. Este miedo de la sociedad argelina ha resultado en la reelección por cuarta vez de Buteflika en abril de 2014, pese a su delicado estado de salud, comicios en los que apenas participó un 51% del censo.

Dada esta situación, el horizonte de democracia para los argelinos continúa estrechándose en un país en el que el poder político sigue copado por los mismos que lo estaba en 1962. Los grandes mandos políticos y militares siguen enzarzados en su lucha por el poder, lucha que cada día se acrecienta más entre los partidarios de Buteflika y el ala de los servicios de inteligencia militar, la llamada DRS (Direction des Renseignements et de la Sécurité), quienes se opusieron a la reelección del actual presidente, motivada por los recortes en las atribuciones de este organismo que se han llevado a cabo en las últimas legislaturas. El enfrentamiento entre la presidencia y los servicios de inteligencia (la institución más poderosa en Argelia) no augura nada bueno.

Al estancamiento político se une el estancamiento económico. Muchos altos cargos políticos y militares poseen negocios y explotaciones que no resultan beneficiosas más que para su propio bolsillo, fomentando una corrupción que impide al país beneficiarse del intercambio económico global. Sin una verdadera reforma económica que propicie el crecimiento del sector privado y la inversión extranjera y diversifique los ingresos y los sectores productivos del país, los argelinos una vez más estarán perdiendo la oportunidad de ocupar ese espacio en el continente africano al que están llamados por capital energético, geográfico y demográfico³.

Lamentablemente, la posición privilegiada que el régimen argelino ocupa como socio contraterrorista y energético de los países occidentales y, en concreto, de la Unión Europea hace que esta situación no sea denunciada, haciendo la vista gorda frente a la dictadura argelina, obviando el potencial que reside en los propios argelinos para fomentar la democracia y las reformas necesarias que alteren el status quo.

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¹Echeverría Jesús, C., 2004: “Las fuerzas armadas argelinas: desafíos nacionales e internacionales”, Documento de Trabajo nº 8/2004, Real Instituto Elcano, p. 3.

²Meneses, R., 2014: “Argelia y la era post Buteflika”, Documento de Opinión 70/2014 IEEE, p. 8-9.

³Ghilès, F., 2015: “Algeria buffeted by falling oil prices and growing social unrest”, CIDOB Opinión.

Mokhefi, M., 2014: “Algeria – an unsteady partner for Europe”, Policy Memo European Council on Foreign Relations, p. 7.

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