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La tragedia iraquí en cinco actos

(Continuación de la Primera Parte)

Mapa de Iraq. Fuente: U.S. Department of Defense

Mapa de Iraq. Fuente: U.S. Department of Defense

Por Itxaso Domínguez de Olazábal

 

4. Daesh pone de nuevo en evidencia la fragilidad del país

El conflicto en Siria abre de nuevo la caja de Pandora, y a partir de 2011 Maliki envía sus tropas mientras el país se sume en una espiral de violencia imparable. Los yihadistas se aprovechan del vacío de poder y el caos en ambos países, beben de la insatisfacción de las respectivas poblaciones, en gran parte ayudados en Iraq por las ahora desencantadas tropas que un día consiguieron vencerles. Tras la espectacular toma de Mosul, proclaman la creación de un califato y hacen sonar todas las alarmas que llevaban tres años sin hacerse oír, a pesar de que los medios ya dejaban claro que no pasaba un día en Iraq sin que un ataque causara muertos y heridos. Las tribus están hoy entre la espada y la pared, entre el miedo a una violencia desenfrenada de Daesh y al retorno a la situación anterior.

La comunidad internacional, deseosa de dar el pistoletazo de salida a su campaña aérea contra Daesh, creyó encontrar en agosto la panacea con la salida forzada de Maliki, y el gobierno de al-Abadi sigue despertando hoy sentimientos encontrados. El Gabinete hace esfuerzos pero no parece más inclusivo, y hasta que se cree una muy cacareada Guardia Nacional –algo inminente, son las sanguinarias milicias chiítas (acusadas por Amnistia Internacional de crímenes de guerra) las que siguen al cargo de defender Baghdad. Para muestra un botón: el nuevo ministro de interior, Mohammed Ghabban, es miembro de una milicia vinculada a Irán.

Al-Abadi si que se ha mostrado más conciliador que su predecesor con los kurdos, como demuestra un vital acuerdo sobre el reparto de los beneficios del petróleo que brota de los pozos en territorio kurdo. Mientras tanto, millones de iraquíes han sido llamados a la ‘jihad defensiva’ en virtud de una fatwa proclamada por el clérigo más popular del país, Ali al-Sistani’s. Hoy la actualidad gira en torno a la toma de Tikrit -ciudad natal de Saddam-, pero el verdadero punto de inflexión lo representará sin duda la toma de Mosul por las Fuerzas de Movilización Popular de manos de Daesh. Y ello con las múltiples disyuntivas que la “reconquista” plantea – siendo la mayor de ellas la intervención directa de Iraq y las ambiciones de las milicias chiítas, contrarias ambas a cualquier atisbo de reconciliación nacional.

Precisamente los kurdos, cuando en un principio todo apuntaba a que estaban más cerca que nunca de la independencia, se han visto ahora obligados a luchar también contra Daesh. La cruda realidad es que los peshmerga han demostrado no ser tan fuertes como parecía, y dependen hoy sobremanera de la alianza anti-Daesh. Por otra parte, las diferencias intra-kurdas con los kurdos sirios y turcos no han hecho sino debilitarles y favorecer al líder de estos últimos, Abdullah Occalan, relegando a un segundo plano cualquier delirio independentista. Quizás la independencia tenga que esperar al menos unos meses. Y quien dice meses dice años.

5. Un futuro incierto

Los acontecimientos recientes han llevado a que propios y ajenos hablen con extraordinaria ligereza de la desaparición o partición del estado iraquí, de acuerdo con el modelo propuesto en 2006 por el propio Joe Biden – entonces senador por Delaware. Y ello a pesar de que el remedio pueda llegar a ser peor que la enfermedad, porque ¿cuál sería la manera de reconocer la existencia y contribuir a la configuración de un futuro chiistán a las órdenes – directas e indirectas – de los ayatollahs o, peor aún, de un califato/sunnistán que siembra el terror allá donde se implanta? Y aunque el caso de los kurdos parezca más fácil de defender, nadie duda de que éstos no serán capaces de configurar un país sin antes poner orden en su propio hogar, entre sus propios nacionales, y sobre todo en sus fronteras.

La composición de Iraq es mucho más heterogénea de lo que se piensa: kurdos sunitas y árabes sunitas en el Norte, árabes chiítas y sunitas en el Sudoeste y varias minorías: turcomanos, cristianos asirio-caldeanos, yazidies, kurdos chiítas… Buen símbolo de ello son la capital o la ciudad de Kirkuk, hasta el punto que ha llegado a denominarse la Jerusalén iraquí. Sykes-Picott no fue tan arbitrario como se piensa: la mayor parte del país, aun sin la denominación actual, lleva perteneciendo a la misma entidad desde la Edad Media. Pero el sectarismo no comenzó a estar de moda hasta que los americanos derrocaron a Saddam. De hecho, los matrimonios mixtos eran comunes -casi un tercio- en las urbes antes de 2000. Sin embargo, la mayoría de los movimientos sunitas que antes abogaban por un Irak centralizado derivan hacia la opción federalista, consecuencia de una marginación insostenible para ellos llevada a cabo por el gobierno de Maliki, que los sunitas comienzan a identificar con el ocupante. Sin embargo, y a pesar de que la Constitución permite la semi-autonomía de todas las regiones, los únicos en recoger hasta ahora el guante del federalismo han sido los líderes de la ciudad sureña de Basra.

Y es que, a pesar de la narrativa tan popular en medios de comunicación, pasillos de organizaciones internacionales y redes sociales – y al igual de lo que ocurre en el caso de Siria -, no se trata éste de un problema puramente sectario, como demuestran los resultados de la World Values Survey, según la cual el 89% de la población del país se define como iraquí, el 81% de los sunitas desean que política y religión sean diferenciadas (aunque en el caso de los chiítas esta cifra ascienda únicamente a 34%, comprensible si se tiene en cuenta la marginación que han sufrido durante años).

El cáncer que se extiende por la región es de carácter político, económico y social, se ve simbolizado por la desigualdad entre campo y ciudad, por la corrupción endémica y por la mentalidad de todo o nada que parecen compartir todos sus líderes, que hace desaparecer a su vez cualquier atisbo de rendición de cuentas. No son éstos problemas que el federalismo pueda solucionar, sino todo lo contrario. Federalismo equivale a democracia y buena gobernanza, y lo que pudiera ocurrir en Iraq se asemejaría más al caso de India y Pakistán, con sus movimientos de población y su violencia endémica, que al relativamente exitoso caso de Bosnia. La partición no puede ser la alternativa a la cooperación, sino más bien su aliada más vital.

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