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La sobredimensión del terrorismo en Occidente

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Por Carlos Igualada*

El informe 2016 publicado por el Global Terrorism Index establece que en 2015 fallecieron 29.376 personas como consecuencia del terrorismo a nivel mundial. Esta cifra, es inmensamente inferior a las muertes provocadas por otros fenómenos, como es la pobreza, el hambre, las enfermedades, la violencia de género, los accidentes de tráfico, el cambio climático o incluso, los tiroteos en países donde está legalizada la tenencia y el uso de armas por parte de los ciudadanos. Mientras, en Estados Unidos es más probable que una persona muera por tener un percance doméstico en la bañera, atacado por un ciervo o a causa de un accidente aéreo que en un acto terrorista.

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A pesar de estos datos, no hay que frivolizar con el fenómeno del terrorismo, ya que está más presente que nunca a nivel mundial y ha afectado directa o indirectamente en alguna ocasión a la mayor parte de la población, lo que implica que haya que responder ante él con todos los medios posibles. Además, es necesario tener en cuenta que diferentes estudios realizados en países europeos concluyen que la sociedad percibe el terrorismo como el gran peligro actual para la seguridad. Los grandes atentados de Al Qaeda desde inicios del siglo XXI, como en Nueva York, Madrid o Londres, y más recientemente de Dáesh en París, Bruselas, Niza o Berlín, son la plasmación de una amenaza real que en cualquier momento puede golpear indistintamente una capital u otra de forma brutal mediante unas tácticas insospechadas e innovadoras.

En la lucha contra este fenómeno, muchos son los que atienden casi exclusivamente a los medios militares, sin tener en cuenta que éstos deben ir acompañadas necesariamente de otras herramientas como es la educación, la eliminación de las vías de financiación de estas organizaciones o la prohibición a determinados gobiernos de venta de armas a grupos considerados terroristas o que están vinculados de alguna forma a ellos. Igual de necesario es prestar atención a las causas estructurales por el hecho de que la falta de integración o las diferencias sociales en países occidentales pueda provocar que determinados individuos perpetren un atentado contra su propio país tras haber sido (auto)radicalizados a través de las redes o mediante un conocido. Esta realidad pone de manifiesto el desencuentro cultural y la falta de entendimiento entre las distintas comunidades que habitan, pero no conviven, en un mismo espacio.

Partiendo de la necesidad de dar una respuesta al terrorismo internacional, la cuestión se centra en buscar una respuesta al tipo de reacción que es necesario adoptar, siempre con la finalidad de que ésta se ajuste a la naturaleza que realmente representa. Es aquí donde reside la base del problema.

Una característica a tener en cuenta es que el 95% de las muertes provocadas por el terrorismo de perfil yihadista se produce en países de religión musulmana. Para algunos puede resultar paradójico que la inmensa mayoría de sus ataques se den en estados árabes y/o musulmanes y tengan como objetivo personas de su misma religión. No obstante, es preciso apuntar que los terroristas islamistas consideran apóstatas o infieles a todos aquellos que no cumplen los preceptos islámicos más rigoristas, independientemente de que sean cristianos, judíos o pertenezcan a otra rama del Islam que no sea el sunismo que ellos profesan.

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Países en los que se produce mayor cantidad de víctimas a causa del terrorismo. Fuente: START

A pesar de que la mayor parte de este fenómeno está alejado de Occidente, la percepción que se tiene en relación a él es bien distinta debido al efecto sobredimensionado que caracteriza el terrorismo actual, con unos gobiernos que por diversos motivos no han sabido o no han querido mostrar la realidad, reflejándola de forma alterada o con cierta distorsión al resto de la sociedad. Esta deformación ha precipitado acciones militares desmedidas, quedando siempre respaldadas por los intereses económicos de las grandes empresas armamentísticas, y provocando unas consecuencias que se han demostrado contraproducentes para la propia seguridad nacional.

Para ilustrar esta afirmación resulta interesante comprobar cómo tras los atentados de París, las diez grandes empresas armamentísticas mundiales crecieron con fuerza, favorecidas por la posterior declaración en la que el Presidente Hollande afirmaba que “estamos en guerra”. Una aclamación que, curiosamente ha sido apoyada por varios gobernantes de importantes países europeos, sin que se tenga en cuenta las posibles consecuencias que ello conlleva. Otro dato a tener en cuenta es que debido a la época de relativa paz existente en los últimos años de siglo XX, las principales empresas estadounidenses del negocio de las armas se encontraban en una situación económica muy delicada, recuperándose de esta crisis tras los múltiples frentes militares que se abrieron a inicios del nuevo milenio y viendo con buenos ojos cómo las potencias mundiales han aumentado en los últimos años sus presupuestos de defensa para hacer frente al fenómeno que se está tratando.

Dejando a un lado el poder de los lobbies armamentísticos, para los propios gobiernos occidentales el hecho de que la población observe el terrorismo como una gran amenaza resulta incluso beneficioso para sus intereses, ya que de esta forma, en pro de garantizar la seguridad, se han tomado la licencia de ir reduciendo progresivamente las libertades y la privacidad que se debería garantizar a todo ciudadano de un estado constitucional y democrático. De esta forma, tratan de justificar una reducción de los derechos a cambio de comprometerse a mantener la seguridad contra agentes externos, a pesar de que resulta imposible que una sociedad pueda estar completamente protegida en un mundo globalizado, con múltiples amenazas que van surgiendo día tras día. Ejemplo de ello es el caso de Suiza, donde el año pasado los ciudadanos aceptaron mediante un referéndum una mayor vigilancia en la que las autoridades y los servicios de inteligencia podrán recopilar información de los habitantes a través de los datos de sus teléfonos móviles y ordenadores personales, haciendo un seguimiento sobre aquellas personas que se considere sospechosas.

Sin embargo, la mayor preocupación de la situación actual es que con el pretexto de la seguridad y la lucha contra el terrorismo se está produciendo una ola de xenofobia promovida por un discurso racista y discriminatorio que está siendo liderado por algunas de las figuras políticas más poderosas del planeta y que amenaza con expandirse por Europa a medida que se desarrollen las elecciones previstas a lo largo de este 2017. En este sentido, la comunidad musulmana está siendo la principal perjudicada por esta tendencia, sintiéndose rechazada por Occidente tras el veto migratorio del Presidente Trump o tras la publicación del informe de Chatham House, que saca a relucir la creciente islamofobia entre los habitantes de los Estados europeos. Este mismo nivel de rechazo es el que se encuentra el creciente número de personas refugiadas que intentan llegar a Europa huyendo de los conflictos armados que se están dando lugar en sus respectivos países.

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Fuente: Chatham House

Tanto los dirigentes de los estados democráticos como los propios ciudadanos llevamos décadas defendiendo unos valores con el derecho a la libertad como uno de los pilares fundamentales que sostienen este sistema. Sin embargo, a día de hoy, vemos que el peligro que representa el terrorismo está siendo utilizado deliberadamente como arma política para justificar la toma de decisiones que son contrarias a estos valores y derechos, permitiendo y renunciando voluntaria u obligatoriamente gran parte de la sociedad a éstos. Entregamos todo ello a cambio de una promesa de mayor protección ante la amenaza del terrorismo internacional, una amenaza tan real como sobredimensionada.

*Publicado originalmente en el Foro Económico Mundial 

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