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La región de MENA en la era Trump

Pie de foto: El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump (izq.) junto al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.

Por Alexandra Dumitrascu*

Para bien o para mal de algunos, Donald Trump refleja el cambio que necesitaba Estados Unidos, en contraposición al statu quo que representaba Hillary Clinton. Si bien, para la mayoría, el triunfo de Trump ha sido una mezcla de sorpresa e incredulidad, no ha sido más que el cambio de paradigma en línea con la tendencia general experimentada a nivel internacional, cuya sacudida inicial se dio con el Brexit de Reino Unido, y que, previsiblemente, siga en las próximas elecciones de Francia que pueden deparar alguna que otra sorpresa ante el imparable auge del Frente Nacional de Marie Le Pen.

Pasado ya el shock inicial tras la victoria de Donald Trump en las elecciones por la presidencia de Estados Unidos del pasado 8 de noviembre, queda especular acerca de cuál va a ser la política seguida por éste en la región de MENA (Oriente Medio y Norte de África) durante su mandato. Especular, porque en su campaña no han hecho más que predominar las incongruencias, entre la poca expresividad relacionada con su futura actuación en lo que se refiere a la región más violenta del mundo. Guerras civiles, enfrentamientos sectarios, terrorismo, ambiciones regionales, todas ellas sacuden la estabilidad de la región y amenazan con contagiar a los demás estados que aún permanecen en relativa calma.

A lo largo de las últimas décadas, las intervenciones extranjeras no han hecho más que alimentar la inestabilidad regional. Aunque la decisión de dar la espalda a lo que pasaba, tampoco ha sido acertada y, ciñéndonos expresamente al mandato de Barack Obama, MENA no sólo no ha mejorado, sino que ha sucumbido ante las malas decisiones tomadas en antiguos conflictos (véase Irak), por una parte, y el surgimiento de nuevas hostilidades a raíz de la mal llamada primavera árabe. Una cadena de errores catastróficos posteriores llevaron al desastre de lo que hoy presenciamos.

Siria, Irak, y Yemen, están hoy sumidas en conflictos cuyo fin difícilmente se puede predecir, y que, a su vez, amenazan con inocular la estabilidad, ya de por si frágil, de Líbano, Jordania o Arabia Saudí; al igual que la inestabilidad de Libia peligra el equilibrio de Egipto, Túnez, y Argelia, entre otros. A esto hay que añadir los conflictos latentes entre Israel y Palestina, y entre Arabia Saudí e Irán.

Aunque, es el terrorismo lo que afecta, también de manera más directa, la seguridad internacional, de la mano de organizaciones como Al Qaeda, y especialmente el Daesh, este último con decenas de miles de seguidores en todo el mundo. Una derrota contundente de estos pasaría necesariamente por la previa extinción de los conflictos armados que han ocasionado su génesis, y los han alimentado a lo largo de las últimas décadas.

La derrota del Daesh como prioridad 
Atendiendo a las ambiguas y escasas manifestaciones del presidente electo de Estados Unidos durante su campaña con respecto a MENA, Trump no tiene grandes planes para la región. Algunos analistas se atreven a decir que con Trump, Estados Unidos se volverá aislacionista, dando la espalda a sus socios de Oriente Medio. Esta, sin embargo, supondría una verdad a medias. El primero que ha desviado el centro de gravedad ha sido Barack Obama, al cambiar progresivamente la tradicional estrategia estadounidense en la región, para redireccionar el peso de su política exterior hacia el Asia-Pacífico. Además, no hay una base sólida para afirmar que con Trump  se podría dar una contundente retirada de la región, dado que en su web oficial de la campaña sigue apostando en colaborar con los aliados locales para derrotar al Daesh, una de las prioridades en la actualidad. En este sentido, ha prometido seguir con una agresiva operación militar contra la organización terrorista, que implique, además, la persecución de sus fuentes de financiación, el mayor intercambio entre las agencias de inteligencia, y desactivar la propaganda yihadista difundida a través de las redes sociales.

El vacío dejado con una supuesta retirada de Estados Unidos sólo serviría para empeorar, si es posible, aún más la situación, en donde, los actores locales comiencen una pugna aún más agresiva para hacerse con un hueco en el tablero regional o con la hegemonía. Además esta rivalidad se podría trasladar a actores ajenos, como en el caso de Rusia o China, este último que hace tiempo pisa los talones de Estados Unidos, en camino a usurpar el primer puesto como potencia mundial.

Si hay algo que define al Donald Trump es su pragmatismo. Su gran experiencia en el mundo de los negocios hace que contemple el mundo en términos de cifras. Su limitada experiencia en materia de política exterior va a hacer que inevitablemente se rodee de un equipo sólido que le asesore hasta el más mínimo detalle.

Si bien ha hecho de su campaña un canto nacionalista que apuesta fuertemente por Estados Unidos, su condición como primera potencia mundial le obliga a tomar partido en el escenario internacional. Seguramente las decisiones no van a ser fáciles, y habrá que elegir entre dar continuidad a la política iniciada por Obama, o devolver el intervencionismo tradicional. Difícil elección en una complicada coyuntura regional.

¿Qué sabemos?
A lo largo de su campaña, en las escasas manifestaciones acerca de MENA, el presidente electo ha puesto mayor énfasis en criticar la gestión de Clinton en su cargo como Secretaria de Estado. Desde el estrepitoso fracaso en Irak, pasando por el auge del extremismo producto de la precipitada retirada de las tropas estadounidenses de este país, hasta la gestión durante las manifestaciones civiles de 2011 en el mundo árabe, que han desembocado en el caos que ahora están sumergidos Libia y Siria, y han debilitado a gobiernos como el de Egipto.

La estrategia que Trump va a seguir en MENA es y seguirá siendo una incógnita. Posiblemente habrá que esperar hasta la publicación de la nueva edición de la Estrategia de Seguridad Nacional para deducir cuáles van a ser las prioridades del nuevo gobierno estadounidense en los próximos cuatro años. Aunque lo que se sabe con certeza, es que el Daesh va a seguir siendo primordial, y para derrotarlo no bastará sólo con cerrar las fronteras a los musulmanes procedentes de zonas en conflicto. Poco se sabe cuál va a ser el modo de actuar  en el campo operacional, más allá de la política de ataques con drones iniciada por la Administración Obama.

Un hecho relevante lo podría suponer su intención de “aumentar  los efectivos del Ejército estadounidense de acuerdo con los requerimientos del Jefe de Estado Mayor necesarios para ejecutar las misiones actuales”; de proporcionar a las Fuerzas Aéreas los aviones de combate necesarios; “reconstruir la Armada de los Estados Unidos hacia el objetivo de 350 buques”; e invertir en un sistema antimisiles que haga frente a las “crecientes amenazas” hacia Estados Unidos. Esta intención, más que propia de una Estado con pretensiones aislacionistas, concuerda con la de uno que aspira mantener su preponderancia militar a nivel internacional. Los gobiernos republicanos tradicionalmente han actuado más agresivamente, y es muy probable que lo mismo ocurra con Trump.

En cuanto al sistema de alianzas en Oriente Medio, los guiños hechos a Rusia durante la campaña presidencial, presuntamente, en orden a acercar posiciones para luchar contra el objetivo común de derrotar al Daesh, supondría el desdén en cuanto al costo de fortalecer al presidente Bashar Al-Assad. Es más, podría ser contemplado como beneficioso, al lamentar en ocasiones la caída de dictadores regionales como Muamar El Gadafi, Hosni Mubarak, o Sadam Hussein, que, según él, no han hecho más que traer el caos. En múltiples ocasiones Trump ha dado a entender que se va a rodear de aliados que comparten el objetivo de poner fin al Daesh. Por eso, al saberse su victoria, tanto el presidente Vladimir Putin, como Bashar Al Assad, se han apresurado a mostrarse esperanzadores en que la nueva era de Estados Unidos con Trump va a suponer un cambio de paradigma en las relaciones con ambos. El presidente sirio, incluso se aventuró a decir que el compromiso de los dos para con la lucha contra el Daesh les convertiría en “aliados naturales”.

En lo que tiene que ver con el apoyo de Estados Unidos a los islamistas “moderados”, que cuentan entre el variopinto elenco de opositores al gobierno sirio, es susceptible que se reconsidere. En una entrevista con Wall Street Journal, Trump se ha mostrado partidario de retirar el apoyo a los grupos amparados por su antecesor, a los que admitió ignorar su origen y propósitos.

La alianza con los enemigos del Daesh, supondría asimismo, un acercamiento a Irán, si hay que atenerse a su speech del todo vale con tal de derrotar a esta organización terrorista. Sin embargo, el agresivo discurso en contra del país persa durante su campaña, hace poco probable que esto ocurra.

Uno de los estribillos de la campaña de Trump con respecto a Oriente Medio ha sido su crítica reiterada al acuerdo nuclear con Irán, refiriéndose al mismo como “el peor acuerdo jamás negociado”, que sólo permite a la república islámica avanzar en su programa nuclear, y por eso ha prometido “desmantelarlo” nada más asumir la presidencia. No obstante, tal cometido va a ser difícil de cumplir dado que no se trata de un acuerdo bilateral, sino de uno pactado entre los miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, junto con Alemania. Una posible renegociación de los términos, podría peligrar el acuerdo por una parte, y fomentar las tensiones con las demás partes implicadas, por otra.

El triunfo de Trump ha supuesto un sabor agridulce para Irán que podría confiar en que su principal aliado regional, el presidente Al Assad, se vaya a mantener en el poder, aunque, tenga que aguantar el discurso anti iraní tradicional. El amparo que la multilateralidad del acuerdo nuclear, fortalecido además mediante una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU, da cierta tranquilidad a la república islámica, cuyo presidente, Hassan Rouhani, ya ha anunciado que la llegada de Trump no impactará en la política del país.

Si hay un actor que suponga el incondicional aliado de Estados Unidos en Oriente Medio, este es Israel. En septiembre, Barack Obama firmó lo que viene a ser la mayor ayuda acordada nunca por el país norteamericano, en el cuál se ha comprometido con proporcionar a lo largo de diez años cerca de 38 billones de dólares en concepto de asistencia militar. Durante su campaña, Trump ha prometido seguir la tradicional alianza que une a los dos estados, y ha asegurado que Israel es el garante de la seguridad en Oriente Medio. Por tanto, es de suponer, que la ayuda proporcionada a este siga, o incluso, aumente. Tras su victoria, miembros del ala derechista israelí se han apresurado a presionar para hacer realidad la propuesta del presidente electo de trasladar la embajada de Estados Unidos en Jerusalén, lo que implicaría reconocer a esta como capital exclusiva y total del Estado judío.

Cuando se habla de MENA, el conflicto de Siria es el que mayor protagonismo ha tenido y sigue teniendo. No obstante, este ha servido de cortina de humo para ocultar otras intervenciones y el fondo de otras problemáticas, tal como la guerra de Yemen. Más allá de la oposición chií, el país es el bastión de una de las filiales de Al Qaeda  más fuertes de la región, AQAP (Al Qaeda en la Península Arábiga), que amenaza seriamente la seguridad de Arabia Saudí. La intervención de Estados Unidos en este conflicto puede resultar una anécdota por la escasa cobertura mediática que ha recibido, a pesar de la dureza de los bombardeos llevados a cabo por la coalición de estados árabes liderada por Arabia Saudí.

En lo que tiene que ver con el Norte de África, Libia es un serio dolor de cabeza no sólo para la región, sino para Europa, y para el mundo en general. La guerra civil que se prolonga desde la caída de Gadafi, ha convertido al país en un estado fallido, en el que los grupos extremistas se fortalecen, y que podría convertirse, en un futuro, en un refugio del Daesh. El conflicto, que ha recibido menor atención internacional, debería contar con un mayor compromiso de los países europeos, en vez de esperar un liderazgo innecesario de Estados Unidos, que sí podría colaborar proporcionando apoyo más de tipo logístico y de inteligencia.

Los múltiples conflictos regionales hacen pensar que estos no sólo tienen repercusiones regionales. Todos los actores locales temen el contagio de los mismos, y han clamado a lo largo de los últimos años una intervención más contundente de Estados Unidos. El país norteamericano no es ni de lejos la solución de todos los problemas, pero el abandono de MENA sería un trágico error con repercusiones internacionales. La intervención de Estados Unidos debería seguir actuaciones pragmáticas, mediante el apoyo formal a los actores regionales, en orden a estabilizar la región por un lado, y seguidamente, adoptar las medidas necesarias, por otro, para fortalecer las instituciones locales que aseguren, así, una estabilidad prolongada en el tiempo, y sin que el fin de uno suponga el génesis de otro.

*Artículo publicado originalmente en Atalayar.

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