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La nueva cara del yihadismo en Asia Central

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Por Victoria Silva

Pocos son aquellos que al ser preguntados por un país musulmán nombrarán alguna de las repúblicas de Asia Central. Sin embargo, el ataque al Club Reina de Estambul la noche de año nuevo ha desviado el foco de atención hacia las ex repúblicas soviéticas. Primero, la especulación de que el atacante era de origen kirguizo, para más tarde confirmar que es un uzbeko de 34 años confirma la creciente importancia de la región en la red yihadista global.

Un fenómeno de largo recorrido

El yihadismo en las repúblicas de Asia Central no es un fenómeno nuevo. Tras la desaparición de la Unión Soviética y el resurgimiento del Islam en la región, también aparecieron movimientos islámicos de carácter político que buscaban desbancar a los regímenes post-soviéticos, a los que consideraban ilegítimos. Por tanto, el yihadismo en Asia Central tiene claras raíces locales, relacionadas con la situación política y socio-económica del momento.

Junto a movimientos no violentos como Hizb ut-Tahrir y el Partido del Renacimiento Islámico de Tayikistán (PRIT), encontramos otros movimientos que sí defienden el uso de la violencia para lograr sus objetivos, inaugurando así la yihad en Asia Central. Entre ellos encontramos Adolat (Justicia), que surgió a principios de los noventa en la ciudad uzbeka de Namangan, uno de los centros del islamismo radical en la región.

Bajo el liderazgo de Tahir Yuldashev y Juma Namangani, Adolat comenzó a extender sus ambiciones más allá de su área geográfica y expresar propósitos de cambio para toda la región. La dura represión del gobierno uzbeko sobre este movimiento le llevó a exiliarse en Afganistán y Tayikistán. De hecho, el conflicto tayiko proporcionó un inmejorable escenario de combate para los militantes de Asia Central, aunque posteriormente terminaron decepcionados por el acuerdo de paz de los islamistas tayikos con el gobierno y su incorporación a la política participativa.

Los militantes centroasiáticos se encontraban muy influidos por las ideas de los Talibán, quienes los animaron a entablar una “guerra santa” contra el régimen uzbeko. En 1998, Adolat y otros grupos menores convergieron y formaron el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU). Dicha organización estaba conformada por tayikos, uzbekos y uigures, formados en madrasas paquistaníes.

Impacto del conflicto en Afganistán

El conflicto en Afganistán proveyó de un lugar de combate

y de un refugio a los yihadistas de Asia Central, que habían entablado muy buenas relaciones con los Talibán y adoptaron la filosofía más internacionalista de Al-Qaeda. La decepción que supuso la derrota de los Talibán frente a la coalición internacional en 2001, impulsó a algunos a abandonar el movimiento.

Es así como surgió la Unión de la Yihad Islámica (IJU, por sus siglas en inglés). Esta escisión fue fruto del tiempo pasado por los yihadistas en Afganistán y Pakistán que, en la línea de Al-Qaeda, les hizo volverse más internacionalistas y abogar por la yihad global, aunque sin olvidarse de la lucha contra los regímenes “ilegítimos” de Asia Central. Sin entrar en detalles acerca de la actividad de la organización, su base de operaciones en Afganistán, con sus porosas fronteras hacia Asia Central, le proveyó de una capacidad logística para atacar a los regímenes centroasiáticos en su propio territorio.

De acuerdo con Baulci y Chaudet, entre 1999 y 2005 el gobierno uzbeko detuvo al menos a 8.000 personas acusadas supuestamente por ser islamistas, de los cuales sólo 1.500 fueron posteriormente liberados, mientras que muchos de ellos fallecieron en prisión por malos tratos, tortura y enfermedades.

En cualquier caso, la larga presencia de estos movimientos en la frontera sur de Asia Central y su larga experiencia de combate es una clara amenaza para los regímenes centroasiáticos. Más aún después de que el MIU declarase oficialmente su lealtad al califato y su alineación con Daesh.

Daesh y la nueva cara del yihadismo en Asia Central

La aparición de Daesh ha cambiado la forma de entender la yihad en Asia Central. Los antiguos movimientos no conseguían reclutar a lo largo de un amplio espectro social. Sin embargo, Crisis Group estima entre 2.000 y 4.000 los reclutados en Asia Central que han viajado a Siria e Irak.

Según el estudio llevado a cabo por Beissembayev para el Central Asia Program, la mayoría de los condenados por yihadismo en Kazajstán hasta 2014 son personas relacionadas con el mundo de la criminalidad y que participan de una cultura de la violencia, más que influidos por ideas religiosas radicales.

El estudio de los perfiles de aquellos reclutados por Daesh arroja conclusiones muy diferentes. A similitud de lo que sucede en otras latitudes, el atractivo de Daesh es universal. Como señala Crisis Group, “hay peluqueros de diecisiete años, consolidados hombres de negocios, mujeres abandonadas por sus esposos porque han tomado una nueva esposa en Rusia, familias que creen que sus hijos tendrán mejores perspectivas viviendo en un Califato, hombres jóvenes, desertores escolares y estudiantes universitarios. Todos han sido inspirados por la creencia de que un Estado Islámico es una alternativa significativa a la vida post-soviética. Algunos desean luchar y otros sólo ayudar”.

A diferencia de los anteriores grupos, Daesh recluta a gente educada. De acuerdo con un experto kirguizo citado por Crisis Group, “la mayoría son gente educada. Hay profesores con familia y responsabilidades. Personas impactadas por los rápidos cambios sociales”.

Evidentemente, también hay veteranos yihadistas participando en Siria e Irak, en busca de oportunidades más atractivas que el norte de Afganistán y Pakistán. Sin embargo, no son la mayoría y muchos de los reclutados no lo han sido en sus países de origen, sino en sus destinos de inmigración como Rusia.

El país más afectado es Uzbekistán, en cuanto a números absolutos se refiere. Uzbekos de Uzbekistán y del valle de Fergana, en Kirguizistán, se han unido a los grupos extremistas en Siria en una cifra superior a los 500 que el gobierno uzbeko confirma. Estimaciones de Crisis Group los sitúan en torno a los 2.500.

Otro país enormemente afectado es Tayikistán, uno de los países más pobres de la zona. Significativo fue el hecho de que el jefe de la Policía Especial, el coronel Khalimov, desertara para unirse a Daesh. El hecho de que el principal responsable de la lucha anti-yihadista formado en Estados Unidos y Rusia, se pasara al enemigo es un golpe muy duro para la seguridad del régimen y da cuenta del tremendo alcance del grupo extremista.

En general, las medidas tomadas por los gobiernos centroasiáticos para combatir el reclutamiento resultan contraproducentes y fomentan el extremismo que pretenden combatir. La represión de las expresiones religiosas como el velo o la barba, así como la continua persecución y detención de los supuestos militantes contribuyen a radicalizar aún más a la población. La prohibición y su posterior designación como organización terrorista del Partido del Renacimiento Islámico en Tayikistán es un paso que puede perjudicar seriamente la ya maltrecha seguridad del estado tayiko.

El peligro para los países de Asia Central es doble, por los retornados de Siria e Irak y por los grupos yihadistas en la frontera sur que acechan su oportunidad tras la retirada de tropas en Afganistán. Los gobiernos centroasiáticos deben reformular su política para combatir el extremismo y la violencia antes de que sea demasiado tarde.

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