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La inquietante expansión de Daesh en Libia

Por Paco Soto* 

La existencia de dos gobiernos y de milicias armadas rivales favorece los objetivos criminales de Daesh, que ya controla la ciudad de Sirte, situada a unos 450 kilómetros al este de Trípoli

Los países del Magreb y otros cercanos a Libia se sienten amenazados por la expansión de grupos terroristas como Daesh en dicho estado norteafricano. La crisis libia inquieta también a los países con mayores relaciones con el Magreb y el conjunto de África del Norte, como España, Francia e Italia. Representantes de países magrebíes y africanos reunidos el pasado 1 de diciembre, en Argel, coincidieron en la necesidad de potenciar la coordinación en la lucha contra el terrorismo yihadista. En el comunicado final, los participantes destacaron su “gran inquietud frente a la expansión del terrorismo en Libia” y defendieron la “determinación” de los países más cercanos a Libia a “aportar su pleno apoyo a las autoridades libias una vez que se haya puesto en marcha un gobierno de concordia nacional” y a “acompañarlos en los esfuerzos de reconstrucción”. Grupos como Daesh y Ansar Asharia llevan a cabo una importante actividad criminal en Libia, un país dividido desde el punto de vista institucional, territorial, tribal, político y social, con generales y militares rebeldes que actúan por su cuenta contra el terrorismo, y acosado por la violencia y graves problemas económicos. En el foro de Argel estuvieron presentes representantes de Argelia, Túnez, Egipto, Sudán, Níger y Chad, así como la Unión Africana (UA) y la Liga Árabe. La ONU mandó como representante al alemán Martin Kobler, quien intenta poner en funcionamiento un gobierno de unión nacional en Libia. Según la agencia de noticias argelina APS, el ministro de Asuntos Magrebíes de Argelia, Abdelkader Messahel, lamentó la falta de “una solución consensuada y de un arreglo político” a la crisis que vive Libia desde hace varios años.

Enquistamiento del conflicto

El ministro argelino consideró muy negativo el enquistamiento del conflicto, porque genera “amenazas para el conjunto de la región”. Por su parte, Martin Kobler se mostró convencido de que la compleja sociedad libia desea “un acuerdo” lo antes posible entre las partes enfrentadas. Los terroristas de Daesh se aprovechan del caos que sufre Libia para expandir sus tentáculos en todo el territorio del país magrebí. La existencia de dos gobiernos y de milicias armadas rivales favorece los objetivos criminales de Daesh, que ya controla la ciudad de Sirte, situada a unos 450 kilómetros al este de Trípoli. Los yihadistas de Daesh también libran encarnizados combates en Bengasi (noreste de Libia) y en otras regiones contra fuerzas gubernamentales y grupos salafistas rivales. Según fuentes militares libias, Daesh hace todo lo que puede para ensanchar su zona de influencia hasta la ciudad de Ajdabiya, situada entre Sirte y Bengasi, a unos 1.000 kilómetros al este de Trípoli. En declaraciones a la AFP citadas por el semanario Jeune Afrique, un alto mando militar libio aseguró que las Fuerzas Armadas locales lanzaron recientemente un dura ofensiva militar terrestre y aérea para frenar el avance yihadista en Ajdabiya. El Ejército del Aire golpeó en las últimas semanas varias posiciones yihadistas cerca de Ajdabiya. En esta ciudad, al menos 37 personas fueron asesinadas por los terroristas.

Situación caótica

Muamar Gadafi, el militar y dictador libio que dirigió con mano de hierro su país durante 42 años, murió el 20 de octubre de 2011. Según la versión oficial, fue asesinado por un miliciano opuesto al régimen despótico de Trípoli. Francia y Reino Unido apoyaron a las fuerzas rebeldes, y una vez derrocado y muerto el tirano, abandonaron el país norteafricano a su suerte. Cuatro años después, Libia se encuentra en una situación caótica e insostenible, y a pesar de los esfuerzos desplegados por la ONU, la Unión Europea (UE) y países miembros como España, el futuro a corto plazo para este país rico en hidrocarburos es francamente preocupante.  Según el presidente de Libya-Analysis.com e investigador en la Universidad de Cambridge Jason Pack, “Libia lleva ya más de cuatro años sin un gobierno que pueda controlar su territorio. Durante más de un año, el país ha estado dividido entre dos gobiernos enfrentados, cada cual alineado con sendas milicias partisanas. A día de hoy (20 de octubre), ninguno de los dos gobiernos puede reivindicar una legitimidad legal, lo que hace de Libia la mayor extensión de terra nullius, o vacío de soberanía, del planeta”. Hay que reconocer honestamente que la comunidad internacional, esencialmente Naciones Unidas, no dio los medios suficientes a su enviado especial en Libia, el español Bernardino León, para que lograra un acuerdo satisfactorio entre las partes enfrentadas. ¿En qué quedara el acuerdo alcanzado el pasado mes de octubre entre las dos facciones opuestas? Probablemente, en papel mojado.

La situación libia es muy complicada y ni la ONU ni la UE ni Estados Unidos pueden obviar las enormes divisiones tribales y territoriales que existen en el país magrebí. Libia no es un país europeo cualquiera; ni siquiera se parece a Marruecos, Argelia o Túnez. Es un país donde este y oeste llevan décadas enfrentados e infinitamente más complejo y caótico que otros estados regionales. Como ha ocurrido en otros lugares del planeta, durante años el régimen dictatorial mantuvo el país relativamente unido a través de la represión, el miedo y las prebendas acordadas a tribus y grupos sociales afines a Gadafi. Así las cosas, como indica Jason Pack, “el reparto territorial del país entre siete milicias enfrentadas favorece el avance del Estado Islámico”. Las negociaciones y acuerdos que se han formado entre bloques enfrentados, hasta ahora, han sido débiles, y según apuntan algunos investigadores y analistas políticos, es posible que sobre todo el oeste de Libia se convierta en un escenario de graves conflictos a corto plazo.

Desestabilización regional

Estos conflictos podrían desestabilizar otros países de la región, como Argelia, Túnez, Egipto, Níger, Chad y Sudán. Las milicias armadas luchan por el control de las ricas instalaciones petrolíferas y las vías de comunicación, y de momento ninguna facción ha conseguido monopolizar completamente estos ejes estratégicos. Evidentemente, como recalca Pack: “Esta situación favorece el avance del Estado Islámico, que aplasta despiadadamente a sus enemigos y presume de ello en las redes sociales”. Un pequeño país como Túnez comparte frontera con Libia. Según diversas fuentes de la comunidad internacional, un millón de libios ha abandonado su país para refugiarse en Túnez. También se han infiltrado numerosos terroristas yihadistas que actúan en Túnez como si fuera un territorio conquistado. El pequeño país magrebí lleva construyendo contra viento y marea un verdadero estado democrático y de derecho, y el terrorismo se ha convertido en el principal enemigo de la transición tunecina del régimen autoritario del derrocado Zine el Abidine Ben Ali a la plena democracia. Los otros países de la región también se han enfrentado, y se enfrentan, en mayor o menor medida, al terrorismo de Daesh, Al Qaeda y de otros grupos yihadistas. No cabe la menor duda de que en el conflicto libio un problema candente es la cuestión del petróleo.

Los terroristas lo quieren controlar, pero Estados Unidos y otras potencias occidentales también. Libia ha sido hasta hace poco el cuarto productor de crudo de África. El proceso privatizador de este recurso estratégico atrajo a grandes multinacionales como la británica British Petroleum, la francesa Total, la española Repsol o la italiana ENI. Estados Unidos, China, Rusia y Brasil, además de Reino Unido y Francia, están muy interesados por el petróleo libio y no desean que el conflicto que atraviesa el país norteafricano acabe en el caos absoluto. La muerte de Gadafi no significó la resolución de los problemas libios. Más bien al contrario. El balance de cuatro años sin el dictador no es muy esperanzador: un país destrozado y prácticamente desaparecido, dos gobiernos enfrentados, milicias armadas que provocan violencia y terror en todo el territorio… En resumidas cuentas: una crisis total de difícil solución.

Este artículo ha sido originalmente publicado en Atalayar 

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