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La importancia de Túnez para la Política Europea de Vecindad

Por Alberto Ginel Saúl* 

Uno de los diplomáticos estadounidenses más importantes del siglo XX, George F. Kennan, escribió en sus voluminosas memorias una analogía brillante respecto a la política exterior. Kennan escribió que para un gestor político la realidad se asemeja bastante a la administración de una “granja de 235 acres en Pennsylvania”.

“Cuando no es la verja la que crea problemas, un puente se derrumba por falta de mantenimiento; mientras se arregla la manguera que ha dejado de funcionar, las vacas se comen las fresas recién brotadas y un poco más allá el vecino nos reclama por algún desaguisado”.

En política exterior los sobresaltos del granjero también se amontonan, pero a veces lo hacen en forma de revoluciones, migraciones, situaciones de guerra civil y estatalidad fallida en tu misma vecindad, a pocos kilómetros de casa. Las revueltas árabes encontraron a la Unión Europea sin una verdadera estrategia para la región –pese a la existencia de la Política Europea de Vecindad (PEV)– y tropezando a mitad de camino entre la realpolitik y el mero cortoplacismocomo llegaría a reconocer el comisario Stefan Fülle.

La cooperación UE-Sur del Mediterráneo siguió desde mediados de los 90 una lógica poco consistente  y poco coherente desde el punto de vista político. Se trazaron tres grandes áreas de cooperación: política, economía y refuerzo de la sociedad civil, todo en aras de un espacio común de paz, prosperidad y seguridad compartido por ambas orillas. La aspiración democratizadora siempre estuvo presente en los discursos de la UE pero no con la misma intensidad ni en el mismo orden de prioridades que la agenda económica y de intercambio comercial. Los diez años anteriores a 2011 fueron, efectivamente, años de crecimiento económico en la ribera sur bajo los diversos gobiernos autoritarios.

Esta idea de colaboración bilateral “con los ojos cerrados” se intensificó tras los atentados terroristas de Casablanca, Madrid y Londres. La seguridad y la lucha contra el terrorismo pasaron al frente, haciendo que personajes como Gadafi se convirtieran no ya en socios comerciales sino en importantes guardianes regionales a los que se confiaba la generación de un clima de estabilidad interna y de contención eficaz del terrorismo.

El crecimiento económico y los acuerdos de libre comercio (sin reformas estructurales en materia de gobernanza por parte de los regímenes y sin demasiada presión desde las instituciones europeas) no sirvieron para evitar la erupción social de 2011 al no poder aliviar el malestar reprimido, la percepción de injusticia, corrupción y abuso, ni remover los males endémicos de la región. Un año antes de la revolución, el 75% de los jóvenes tunecinos expresaban su intención de emigrar. Los dictadores tampoco pudieron sostener por más tiempo el forzoso statu quo.

Inmediatamente después de las revueltas la UE hizo propósito de enmienda, reconoció que su aproximación al Norte de África había sido errónea e introdujo varios cambios en su estrategia en el marco de la PEV.

Cambios en la estrategia de la UE

Estos cambios residían fundamentalmente en dos Comunicaciones Conjuntas: la Asociación para la democracia y la prosperidad compartida de 8 de marzo de 2011 (cuyo título es ya una declaración de intenciones) y Una nueva respuesta a una vecindad cambiante de mayo. Sin olvidar la reciente Revisión de la PEV de noviembre de 2015.

Sin ánimo de exhaustividad, podemos identificar varias tendencias generales en la nueva aproximación europea a su vecindad sur tras las revueltas y hasta nuestros días:

  • La voluntad inicial de acompañar los procesos políticos desde una posición exigente en materia de derechos humanos y reformas políticas, de modo que la asistencia económico-financiera, las facilidades en términos de visados y el paulatino acceso al mercado único europeo queden condicionados a la existencia de avances políticos e institucionales cuantificables. El entusiasmo de las declaraciones comunitarias –tras los titubeos y contemporizaciones de algunos Estados– se volcó en reforzar, ahora sí, la dimensión de la sociedad civil y en vincular estabilidad con democracia.
  • La doctrina del “más por más” –recogida en las dos comunicaciones de mayo de 2011–, que supone ayudar más a los países más comprometidos con los avances democráticos, la celebración de elecciones libres, la garantía de las libertades públicas, la reforma del sector de la seguridad y el refuerzo del Estado de derecho. El desarrollo de los acontecimientos, sin embargo, enfría el optimismo europeo al evidenciar que los procesos en marcha son más complejos de lo que inicialmente se preveía y que no son acumulativos ni lineales en una dirección democrática –como prueba el regreso de los militares al poder en Egipto o la condición de estado fallido en la que cae Libia tras la salida de Gadafi–.
  • La Revisión de la PEV de 2015, menos ambiciosa en letra y espíritu, recoge esta realidad fragmentada, incorpora plenamente la amenaza del terrorismo internacional y reconoce que hay países en nuestro vecindario que no tienen demasiado interés en tratar de asimilarse a nuestro modelo democrático. Forzoso era reconocer, siquiera implícitamente, que la UE ha visto disminuir desde los años ’90 su capacidad de influencia sobre la región, no sólo en términos de intercambio económico (ahí tenemos a China con recientes pero ingentes intereses) sino también en cuanto a la capacidad de ser escuchada cuando habla de democratización y buen gobierno.

La importancia de Túnez

Combinando todos estos elementos y poniéndolos en su dimensión práctica, se comprende la importancia crucial de Túnez cinco años después de la caída de Ben Ali. El país donde comenzó el proceso de cambio es el único que, a tenor de lo que sucede en otros países, merece conservar –pese a los riesgos y amenazas– la connotación primaveral. El único país, junto con Marruecos y, en cierta medida, Argelia, en el que se puede apreciar una apertura y consolidación reformista en el contexto actual.

El pequeño país mediterráneo expulsó a su dictador, celebró elecciones libres y aprobó una Constitución avanzada, pero ni mucho menos ha concluido su revolución. La voluntad reformista resulta evidente, como se ha reconocido mediante la concesión del Premio Nobel de la Paz al Cuarteto Nacional de Diálogo.  Los obstáculos que dificultan la consolidación democrática en Túnez tienen que ver sobre todo con la precaria situación económica, el desempleo y la insatisfacción de las demandas sociales. La debilidad institucional y, por supuesto, la cruel amenaza terrorista también hacen su parte.

En éstos ámbitos la Unión Europea (y sus estados miembros, si se creen realmente la Política de Vecindad) puede aportar mucho. Para la UE la promoción de los derechos humanos, la democracihttps://translate.google.com/a y el Estado de derecho no son sólo asuntos en una lista de prioridades, sino que forman parte de su identidad, forjan su cohesión y constituyen la imagen que quiere ofrecer al exterior.

Durante años se ha tirado agua al mar tratando de “democratizar” por vías indirectas a regímenes que no tenían la menor intención de abrir sus sistemas políticos. En Túnez tenemos, en cambio, a un pueblo que persevera en pos de la democracia en un entorno hostil. En Túnez la UE tiene la oportunidad de revestir a su Política de Vecindad de una auténtica visión estrategia que focalice esfuerzos y recursos en aquellos países más dispuestos a recibir su influencia. En Túnez, por último, se puede dar una estocada a la odiosa narrativa del Daesh, deudora siempre de la frustración, el caos y el desmoronamiento, a la que hay que oponer un modelo exitoso de convivencia, cooperación, pluralismo y justicia social. Ayudar a Túnez en lo técnico, lo político y lo económico es hoy, más que nunca, ayudar a que arraigue la primavera. Que la historia no vuelva a pillarnos con el paso cambiado.

*Artículo publicado previamente en Diario Bez

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