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La guerra del “Califa” alcanza a los “guardianes” de la Casa de la Paz

Mapa del califato proclamado por el IS. Fuente: Twitter

Mapa del califato proclamado por el IS. Fuente: Twitter

Por Francesco Saverio Angiò

La raíz de la palabra Islam es silm, la cual significa “paz”. La dar-al-islam, la casa de todos los musulmanes, es la casa de la paz, donde no existen divisiones tribales, clánicas, sectarias, etc. (Wahiduddin Jan, 2015)

Desde la creación del reino en Arabia, la dinastía de los Saud se ha identificado como la máxima autoridad defensora de los lugares sagrados de la Casa del Islam (Medina y La Meca) y de un estricto purismo doctrinario, adoptando una interpretación wahabita de la religión.

La corriente religiosa del wahabismo fue impulsada por Abd al-Wahhab en el siglo XVIII en Arabia central, y ve el islam de sus orígenes como el paradigma de inspiración para todo musulman. La casa real saudí es wahabita, y sobre su papel de guardián de los lugares sagrados basa su legitimidad en el poder. (Caracciolo, et al., 2014, pp. 9-10)

Es emblemático que el país haya sido golpeado con violencia por un atentado reivindicado por Daesh, el 22 de mayo, que ha dejado decenas de muertos en una mezquita de la comunidad chií, en la ciudad de Al Qadeeh, en la provincia de Al Qatif. Las provincias orientales de Al Ahsá y Al Qatif pertenecen a la región de Al Sharquiya y son de mayoría chií. Esta comunidad representa en torno a un 10% de la población saudí y lleva décadas denunciando su discriminación por parte de la mayoría suní.

El atentado y el hecho que haya sido reivindicado por Daesh permite un análisis profundo sobre las implicaciones geopolíticas que supuso la aparición de ese poderoso actor yihadista en Mesopotamia.

Arabia Saudí es un país de mayoría suní, de hecho Riad lleva a cabo su política regional con el objetivo de contrarrestar el ascenso de Teherán, campeón del chiismo y aliado del régimen sirio de Al-Asad, jefe de un gobierno alauí, considerada como rama minoritaria del chiismo, en un país con mayoría suní.

Precisamente para desestabilizar, en clave anti-iraní, el gobierno de Damasco, a partir del comienzo del conflicto, en 2011, Arabia Saudí y otras “petromonarquías” del Golfo, empezaron a apoyar a los grupos insurgentes, muchos de ellos islamistas violentos, que intentaban derrotar a Al-Asad. Se estima que Daesh estuvo recaudando unos 40 millones de dólares en los últimos dos años, habiendo aceptado fondos de Arabia Saudí, Qatar y Kuwait, junto a los de una extendida red de donantes privados, hombres de negocio y familias adineradas de los reinos del Golfo. (Di Giovanni et al., 2014)

Entre estos grupos se encontraba el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), antes de su vuelta a la región suní del Anbar iraquí desde donde, como Daesh, proclamaría el califato en 2014, desautorizado al premier chií Al-Maliki.

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