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La eclosión yihadista en el norte de África tras la Doctrina Bush

Por Ana Belén Perianes Bermúdez

El error histórico cometido por la Administración Bush de invadir Irak en 2003 en lugar de centrar todos sus recursos en acabar con al-Qaeda en Pakistán, fue decisivo para la supervivencia de al-Qaeda Central.

La arena geopolítica mundial ha observado desde el inicio de la implementación de la denominada política de guerra global contra el terror emprendida por la Administración de George W. Bush en sus dos mandatos presidenciales (2001-2008) un estallido de inestabilidad global con el surgimiento de riesgos asimétricos y difusos cada vez más incontrolables por los Estados, como las redes del terrorismo yihadista y el crimen organizado transnacional.

La calificada como “guerra preventiva” o “guerra global contra el terror” iniciada por la Administración Bush en 2001 para combatir el terrorismo internacional tras los atentados que tuvieron lugar el 11S en territorio estadounidense produjo un retroceso democrático en el mundo, ya que además de actuar unilateralmente, la Administración Bush vulneró sistemáticamente la legislación internacional y los derechos humanos con la implementación de unas políticas que supuestamente iban a expandir los valores democráticos (occidentales) a nivel global.

Con la implementación de su política exterior, la Administración Bush no avanzó en la lucha contra al-Qaeda ni en la promoción de la democracia en el Próximo y Medio Oriente, una de sus máximas principales de su argumentada política de guerra global contra el terror. No incrementó la seguridad internacional, sino que más bien la ha deteriorado, propiciando el surgimiento de numerosos conflictos en el Próximo y Medio Oriente. O, al menos, facilitando una de las excusas o justificaciones para su eclosión.

Al-Qaeda Central se convirtió tras los ataques del 11S en una marca que logró permanecer en el tiempo gracias a que sus franquicias regionales posibilitaron la supervivencia operativa de la organización debido a que la respuesta en materia de política antiterrorista de la comunidad internacional urgió a la organización entonces liderada por Bin Laden a modificar el modelo jerárquico y rígido mediante el cual venía funcionando hasta el momento por otro descentralizado.

De este modo, la militancia yihadista global optó por un modelo de organización en red, centrado en la flexibilidad y capacidad de adaptación de sus miembros, en la horizontalidad del poder en la toma de decisiones, en nuevos métodos de comunicación (sobre todo internet) y en sus modos de financiación, basados en la confianza.

La supervivencia de al-Qaeda Central y su perpetuación y extensión de franquicias a nivel internacional evidencia el fracaso de la denominada política de guerra global contra el terror implementada por la Administración Bush (2001-2008).

En esta línea, el error histórico cometido por la Administración Bush de invadir Irak en 2003 en lugar de centrar todos sus recursos en acabar con al-Qaeda en Pakistán, fue decisivo para la supervivencia de al-Qaeda Central. Uno de los efectos más significativos que produjo la denominada política de guerra global contra el terror de la Administración Bush, además de la inestabilidad en el Próximo y Medio Oriente, fue la exportación del terrorismo yihadista a otras muchas partes del mundo, en las que su presencia no existía, no era relevante o estaba latente, como en el norte de África.

Así pues, la guerra contra Afganistán en 2001 y la invasión a Irak en 2003 emprendidas por la Administración Bush en el marco de su política de guerra global contra el terror, así como el ulterior desgaste de la situación interna de aquellos países, ocasionaron una serie de consecuencias en el ámbito de la seguridad en el norte de África y el África subsahariana destacando la expansión yihadista en la región.

A partir de 2007, tras la transformación del antiguo Grupo Salafista para la Predicación y el Combate en lo que se conoce como al-Qaeda en el Magreb Islámico, el anterior recuperó su operatividad y la capacidad de reconstruir redes de militantes yihadistas dispuestos a combatir, a acudir a luchar a Irak o Siria y a controlar los volátiles territorios en términos de seguridad del Sahel. Por ello, el terrorismo yihadista dio inicio en el norte de África a un nuevo tipo de atentados inscritos dentro del ámbito de influencia del mismo fenómeno a nivel internacional, como coches bomba, atentados simultáneos, operaciones suicidas sincronizadas, elección simbólica de fechas y objetivos, así como una mayor sofisticación en sus operaciones.

La inseguridad estructural que presenta la franja del Sahel al constatarse su territorio como zona de retaguardia, adiestramiento y campo de batalla de al-Qaeda en el Magreb Islámico en colaboración con las redes del crimen organizado transnacional se vio agravada con la inestabilidad que se produjo en la región tras el desencadenamiento de las revueltas árabes a partir de 2011.

Los efectos de las revueltas árabes y la guerra de Libia favorecieron la extensión de al-Qaeda en el Magreb Islámico por el norte desértico de Mali, Mauritania y Níger. Episodios como la ofensiva en Mali de la insurgencia yihadista desde su santuario en el norte del país hacia la capital del mismo, Bamako, en enero de 2013 o, el secuestro masivo llevado a cabo por parte de militantes yihadistas en la planta gasística de In Amenas en Argelia, también en enero de 2013, demuestran la capacidad de al-Qaeda en el Magreb Islámico de desestabilización.

Además, la porosidad de las fronteras estatales de los Estados sahelianos posibilitaron el trasvase a Libia de combatientes yihadistas en conexión con las redes de crimen organizado que operan en la región, profundizando aún más la situación de caos y conflicto libio.

La irrupción en escena del Estado Islámico de Irak y Levante, como escisión de al-Qaeda en Irak y desobedeciendo explícitamente al líder de al-Qaeda Central, produjo un tsunami en el movimiento de la yihad global y se configuró como precursor de la organización del Estado Islámico.

Tras la autoproclamación por parte del líder del Estado Islámico de Irak y Levante, al Bagdadi, del conocido como Estado Islámico o Daesh a finales de junio de 2014, la organización yihadista inició la implementación de su agenda internacional tras su expansión por el norte de África y África subsahariana a través de una especie de provincias en territorio no contiguo al del territorio que ocupa en Siria e Irak  constituyéndose en sí misma como una gravísima amenaza para la seguridad internacional.

El denominado Estado Islámico inició su propagación por el norte de África en territorio libio tras la fundación en octubre de 2014 en la ciudad oriental de Derna de la primera provincia de la organización fuera de Siria e Irak (con el conocido como Estado Islámico de Barqa). La grave situación de caos y deterioro de la seguridad que sufre Libia facilita la extensión yihadista tanto en las fronteras internas del país como en los países de la región. Seguidamente, el autoproclamado Estado Islámico amplió su presencia en Libia ocupando otros territorios, instaurando otros enclaves conocidos como Estado Islámico de Tripolitana y Estado Islámico de Fezzan.

Túnez ha sufrido un repunte de la actividad yihadista en su territorio y dos atentados yihadistas de gran envergadura en el primer semestre de 2015. Los desafíos a la seguridad y estabilidad que afectan tanto al país como a su vecina Libia y al resto de la región podrían perjudicar los avances que se han producido en la transición política tunecina.

El autodenominado Estado Islámico continuó su avance por la región tras los juramentos de lealtad en Egipto de Ansar Beyt al Maqdis, del grupo Soldados del Califato en Argelia y Boko Haram en Nigeria. Cabría destacar también que la cifra de ciudadanos de países del norte de África que han decidido viajar a Irak y Siria para combatir en las filas de organizaciones yihadistas (sobre todo las del conocido como Estado Islámico) es significativa, sobre todo en el caso de países como Túnez y Libia. Respecto al último país, el caos absoluto que impera en su territorio, le ha convertido en destino de combatientes yihadistas de otros países, que acuden desde otros Estados para unirse a filas de organizaciones yihadistas.

La implosión del conocido como Estado Islámico de Irak y Levante como grupo desvinculado a al-Qaeda Central y la anteriormente referida autoproclamación del denominado Estado Islámico en un territorio sin fronteras que ocupó a través de la fuerza entre Siria e Irak y sometiendo violenta y brutalmente a su población y enemigos dio comienzo a una etapa dentro del yihadismo global.

En el presente, al-Qaeda junto a sus franquicias regionales y la organización del Estado Islámico, se encuentran enfrentadas entre sí y compiten por el liderazgo del movimiento de la yihad global. La hostilidad entre ambas junto con el posible retorno de combatientes extranjeros a sus países de origen ocupará parte relevante de la agenda de seguridad de la comunidad internacional.

** Referencia bibliográfica: Texto basado en la Tesis Doctoral de la autora: “La política exterior de la Administración de George W. Bush (2001-2008): Consecuencias para la seguridad internacional”.

** Ana Belén es Doctora en Seguridad Internacional. Experta en Seguridad en el Mediterráneo, Próximo Oriente y Oriente Medio. @anaperianes

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