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La “desmilitarización” del país es la tarea más importante de Egipto

Por Cristina Casabón

El gobierno de Al Sisi ha supuesto el golpe de gracia de la revolución en Egipto. Sostiene el analista Ibrahim El Houdaiby, que “mientras que una retirada ordenada de los militares del ámbito político y económico de Egipto no es viable a corto plazo, es inevitable para que la democracia egipcia prospere a largo plazo.” Tampoco puede hacerse política sin contar con ellos. Los Hermanos Musulmanes no tuvieron éxito al intentar repartir parcelas de poder con los militares, y ya conocemos el final de la historia. Como bien dice el investigador del Real Instituto Elcano, Haizam Amirah Fernández, “el experimento democrático que llevó a los islamistas al poder en 2012 tuvo una vida corta y terminó un año después con una gran movilización contra Morsi y los Hermanos Musulmanes.”

Los Hermanos Musulmanes no lograron la reconciliación política con los militares, pero tampoco consiguieron llevar a cabo una reforma socioeconómica en el país. Tras unas protestas masivas el 30 de junio, el golpe militar llevado a cabo el 3 de julio por parte de la SCAF supuso el derrocamiento del presidente elegido en las urnas, Mohamed Morsi, y el inicio de una ‘caza de brujas’ contra los Hermanos Musulmanes, sus líderes y sus seguidores, por parte de los militares. Comentaba Hamid Bellahcene acerca de la represión del nuevo gobierno militar: “el Egipto que hoy vemos es un Estado policial; mientras tengan dinero para mantener el ‘show’ pueden mantenerse en el poder todavía un tiempo, pero la realidad es que ahora la situación es mucho más represiva que con Mubarak.”

En Egipto se ha llevado a cabo una lucha abierta por el poder desde el triunfo de la revolución. El gobierno de los Hermanos Musulmanes, el islamismo conservador, fue una propuesta que puede gustar más o menos, pero una propuesta factible en una sociedad conservadora donde la presencia de la religión impregna todos los aspectos de la vida cotidiana. Son ideas culturales y políticas que están arraigadas y que pueden triunfar, pero para hacer grandes transiciones hay que hacer grandes pactos. En Egipto no había perspectivas de aperturismo; y mucho menos las hay ahora.

Es imposible recorrer el proceso de transición y no detenerse ante lo que supone una estrategia muy inteligente, ya que los militares han sabido aprovechar perfectamente el levantamiento popular para mantener su posición y sus intereses. Cuando el SCAF decidió intervenir en la transición, los grupos políticos, la sociedad civil, e incluso Occidente, alabamos la manera en que lo hizo, y los egipcios gritaron aquello de “el Ejército y el pueblo, una sola mano” الجيش والشعب ايد واحدة . Hoy vemos que su objetivo no era otro que la de perpetuarse en el poder. Cabe, por lo tanto preguntarse si ha habido una lucha de poder político en Egipto y no una revolución.

“El ejército utiliza su fuerte presencia en la escena política para defender sus múltiples intereses, entre ellos los gastos en materia de defensa, el control sobre el tamaño de las fuerzas militares y la adquisición de armamentos, y el control sobre los recursos económicos” comenta Ibrahim El Houdaiby en FRIDE. Para ello, los militares han apostado desde el principio por invertir en seguridad y reprimir a la oposición, porque si no fuera por las armas el ejército no se sostendría ni una semana. El segundo ingrediente es la estrategia propagandística. Ahora hay más inseguridad y menos derechos, la economía se ha hundido, pero no hay libertad de prensa sino propaganda al servicio de los militares. El tercer factor, fundamental, es el hecho de que los militares cuentan con el apoyo de Estados Unidos así como de las monarquías del Golfo para controlar el país.

No obstante y pese a estos factores, el gobierno militar no tiene garantías de perdurar en el poder sin el apoyo del pueblo. O se llega a un arreglo entre los elementos que pueden pactar con los militares o no habrá estabilidad. Hay una base social islamista moderada, y son los Hermanos Musulmanes los que representan a esa sociedad egipcia que no acepta la imposición de un régimen militar secular. Por otro lado, los jóvenes liberales que salieron a las calles para derrocar a Mubarak ven con perplejidad cómo los militares han secuestrado la revolución en Egipto.

La “desmilitarización” del país es la tarea más difícil, y la más importante, que tienen por delante las élites de poder político y económico. Es interesante observar el taboo que existe en relación al poder de los militares en Egipto, dentro y fuera del país. No es que no ofrezcan soluciones hacia una vía democrática, es que ni siquiera admiten que existe un problema de exceso de poder. Los militares están al mando de grandes empresas e industrias privadas y públicas. Su mayor negocio es la industria armamentística, pero en el sector del petróleo encontramos muchos militares dirigiendo compañías de gas y petróleo; controlan también las empresas de transporte comercial; empresas agrícolas; las compañías que surgieron en el proceso de privatización iniciado por Mubarak (por ejemplo, la compañía de Agua y Alcantarillado o la compañía Nacional de Producción de Cemento…)

Su presencia es abrumadora, pero también tienen puntos débiles. Como explica Aziz El – Kaissouni en The European Council on Foreign Relations: El déficit político, institucional y socioeconómico que condujo a la revolución sigue estando presente: “sus índices de aprobación son propensos a sufrir si no logra producir un giro económico rápido y relativamente indoloro”. También hay que señalar la represión de toda una facción política, una que ganó millones de votos a través de varias elecciones: los Hermanos Musulmanes, quienes han sufrido una persecución violenta, asesinatos y condenas a muerte masivas, sentencias de cadena perpetua… La represión hacia los periodistas y medios de comunicación, las restricciones a la libertad de expresión y hacia la libertad de prensa, y un largo etcétera. El nuevo Estado militar tiene mucha gente que no cree en ese Estado, y no pueden asegurarse una larga vida política sin el apoyo de la mayoría.

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