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La crisis del partido Nida Tounes debilita a Túnez

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Por Paco Soto*

Túnez sigue con el proceso de transición a la democracia, a pesar de numerosas dificultades políticas, económicas y sociales y de la actividad criminal del terrorismo yihadista. El ejemplo tunecino es, en muchos aspectos, un ejemplo para el Magreb y el mundo árabe, pero los desafíos a los que se enfrenta el país son grandes. Nida Tounes, la principal formación política tunecina,de naturaleza laica y conservadora, aunque en su seno militen sindicalistas y activistas de izquierda, dirige un gobierno en el que están integrados los islamistas pragmáticos de Ennahda, los centristas de Afek Tounes y los liberales de la Unión Patriótica Libre (UPL).

Nida Tounes ha vivido una crisis interna de grandes dimensiones que se ha saldado con la ruptura entre los partidarios de Hafed Essebsi, nuevo director ejecutivo del partido e hijo del líder y presidente del país, Beji Caïd Essebsi, y los críticos, capitaneados por el exsecretario general, Mohsen Marzouk. Esta crisis política y las últimas revueltas populares contra el paro y el desempleo que han sacudido el país, han colocado al Gobierno de Habib Essid en una situación delicada. El partido fundado por Beji Caïd Essebsi en 2012 para unificar a diversas corrientes laicas y a expartidarios del régimen de Zine El Abidine Ben Ali y facilitar una transición ordenada a la democracia, hace agua por todas partes, y los seguidores de Hafedh Essebsi y Mohsen Marzouk no han enterrado el hacha de guerra desde que ambos sectores optaron por el enfrentamiento abierto en el congreso que Nida Tounes organizó los días 9 y 10 de enero en la ciudad de Susa.

Pérdida de la mayoría parlamentaria

El partido que ganó las elecciones generales del 26 de octubre de 2014 perdió la mayoría en la Asamblea de Representantes del Pueblo (ARP) el pasado mes de enero, después de que un nutrido grupo de diputados abandonara Nida Tounes para constituir un grupo autónomo. Así las cosas, Ennahda se ha convertido en la primera fuerza en el Parlamento, y si Essid dimitiera de sus funciones de primer ministro, la formación islamista liderada por Rachid Ghannouchi tendría que buscar a un sucesor. Nadie puede descartar un empeoramiento de los frágiles equilibrios políticos, si la crisis de Nida Tounes no se resuelve y si el descontento popular no disminuye. Queda mucho tiempo, hasta finales de 2019, para que se lleven a cabo las elecciones legislativas, pero algunos analistas temen que el país norteafricano no pueda esperar hasta esta fecha y no descartan que se vea en la obligación de celebrar comicios anticipados.

¿Beneficios para quién?

¿A quién beneficia la crisis actual?, se preguntan los observadores políticos. A corto plazo, al conservadurismo modernista y laico desde luego que no. ¿A los islamistas de Ennahda? Probablemente sí, sobre todo si sigue progresando la abstención. ¿A la izquierda? Hoy por hoy, no es el caso, porque los partidos de izquierda están muy divididos y su influencia en la sociedad no es mayoritaria. Ennahda, que ha aprendido la lección de los errores cometidos por el islamismo político en otros países, como Egipto, no tiene prisa por regresar al poder. El movimiento de Ghannouchi sabe que cuenta con sólidos apoyos en la población, aunque también es consciente de que una parte importante de la sociedad tunecina, sobre todo la clase media y urbana, es hostil a los islamistas tanto desde el punto de vista político como ideológico.

Abstención galopante

En estos momentos, el sector crítico que ha abandonado Nida Tounes no parece tener la fuerza suficiente para construir una alternativa política consistente al conservadurismo, al islamismo y a la izquierda clásica. El tecnócrata y exprimer ministro Mehdi Jomâa tampoco. Por su parte, la izquierda todavía no ha superado la gran derrota electoral que sufrió en las legislativas de 2014 y una parte sustancial de su electorado sigue pensando que la abstención es la mejor solución de cara a las próximas batallas electorales. Esto es lo que dicen al semanario Jeune Afrique dos grandes observadores de la vida política tunecina, Hassen Zargouni, director de la empresa de encuestas Sigma Conseil, y Karim Guellaty, director de Infolink, una sociedad de estudios políticos con base en la ciudad francesa de Neuilly. Tanto Zargouni como Guellaty ponen el acento en un elemento clave del comportamiento electoral de los tunecinos: la abstención. En las primeras legislativas democráticas del 23 de octubre de 2011, 10 meses después de la revolución popular que acabó con Ben Ali, menos de un tunecino de cada tres acudió a las urnas.

Y poco más de tres millones de tunecinos votaron en las presidenciales del 21 de diciembre de 2014, que dieron la victoria a Beji Caïd Essebsi y derrotaron al candidato de izquierda, Moncef Marzouki. La falta de cultura democrática, el clientelismo, el nepotismo y la corrupción son herencias del régimen dictatorial de Ben Ali que siguen presentes en Túnez, a pesar de los avances espectaculares que el país ha experimentado en los últimos cinco años. La sombra del entramado político-administrativo del partido RCD de la época de Ben Ali no ha desaparecido.

Diversas opciones electorales

“La crisis ha provocado una gran desazón entre los partidarios de Nida Tounes, pero no sé si se puede decir que hay una ruptura irreversible entre este partido y su electorado”, apunta Hassen Zargouni. El analista político advierte de que un tercio de los tres millones de ciudadanos que podrían acudir a las urnas en las legislativas votaría por los islamistas. Suele ser un electorado muy movilizado y disciplinado. Otro tercio del electorado daría su apoyo a Nida Tounes y es abiertamente anti islamista. Y el último tercio está en “ruptura con el sistema”, señala Zargouni, y daría su apoyo a la extrema izquierda y a grupos populistas. Según diversos estudios, hay medio millón de votos que podrían ir a la abstención. En las legislativas de octubre de 2014, Nida Tounes consiguió la victoria porque supo aprovecharse de la crisis sufrida por Ennahda tras gobernar y la división y dispersión de la izquierda. La situación ha cambiado; según dice Karim Guellaty, “la noción de voto útil se está convirtiendo en un concepto obsoleto. Esta identificación funcionó muy bien en 2014, pero no funcionará una segunda vez”.

En este contexto, las formaciones de ideología socialdemócrata, como Ettakatol, Al-Joumhouri, Alianza Democrática y Al-Massar, fueron los grandes perdedores de las legislativas de octubre de 2014, y todo indica que todavía no han conseguido levantar cabeza. Frente al islamismo político de Ennahda y al conservadurismo laico de Nida Tounes no está claro que, hoy por hoy, haya espacio para una alternativa de centroizquierda socialdemócrata. Una mayoría electoral en Túnez no cree en ello, entre otros motivos, porque ciertas ideas de izquierda como la crítica a la religión y el liberalismo social son rechazadas por gran parte de la población.

*Publicado anteriormente en Atalayar

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