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La caja de Pandora turca

Manifestantes kurdos en Turquía. Foto de Miguel Fdez. Ibáñez

Manifestantes kurdos en Turquía. Foto de Miguel Fdez. Ibáñez

Por Xavier Palacios y Beatriz Yubero

Después de casi 3 meses desde la celebración de las elecciones parlamentarias, Turquía se encuentra aún desposeída de Gobierno. Las elecciones generales del 7 de junio dejaron el Parlamento turco más fragmentado de la última década y media.

El HDP que superó el umbral de votos establecido en el 10% para entrar en la Asamblea Nacional trastocó parcialmente el proyecto sultanista del actual presidente de la República de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, que acaparó la campaña electoral de su partido político, el Adalet ve Kalkınma Partisi (AKP). Pese a que el presidente de la República debe mantener neutralidad en la escena política, sus constantes apariciones en esta campaña tenían como objetivo ensalzar su figura, sus años de gobierno y refrendar su proyecto político personal, “La Nueva Turquía”.

Sin embargo, este contexto de incertidumbre política tiene una fecha límite, ya que de no formalizarse un Gobierno de coalición, el pueblo deberá acudir de nuevo a las urnas. Esta situación de inestabilidad no repercutiría a nivel internacional si no fuese por la guerra que se está librando en la frontera sur del país con Siria y sus implicaciones regionales. La guerra en Siria, la perenne inestabilidad en Iraq y los desequilibrios políticos turcos han reavivado el conflicto turco-kurdo, y este contexto complica cualquier tipo de estabilidad política y económica. 

Sería en estas elecciones, de no formarse coalición, donde uno de los actores claves de este conflicto turco-kurdo tome de nuevo la palabra. La ansiada reforma constitucional de Erdogan precisa de una mayoría parlamentaria del AKP, y la única fuerza política capaz de romper esta hegemonía de nuevo sería el HDP kurdo.

Dentro de esta lógica política, Erdogan y por defecto, el AKP, focalizan sus ataques verbales hacia el HDP, acusándolos de terroristas y de enemigos de Turquía, lo que polariza aún más las elecciones y a la misma sociedad turca, que las interpreta de nuevo como un referendo para el proyecto presidencialista de Erdogan. No hay que olvidar que un escenario de Gobierno de coalición retrasaría el proyecto político del actual presidente.

Sin embargo, en la sombra, el AKP, liderado por el último Primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, podría formar coalición con el CHP y el MHP, quienes ya han iniciado conversación con el partido ganador de las elecciones y quienes han mostrado su disposición para formalizar un Gobierno. En este posible escenario, Davutoglu podría ganar más peso político. Este acuerdo, además, daría la estabilidad necesaria para afrontar el conflicto en la frontera turco-siria y el proceso de paz con el PKK.

No obstante, la carrera electoral y la retórica nacionalista ha establecido un contexto político en el que no caben las posturas moderadas. Así, el que fuese el primer político turco conservador en tomar medidas para afrontar la histórica cuestión kurda en Turquía, ahora se alza como el mayor defensor del estado turco, y niega cualquier tipo de acercamiento a los grupos armados kurdos.

Erdogan vuelve a apostar por el atajo hacia el Parlamento, y para ello criminaliza al partido político que ha fragmentado el mismo, el HDP. En este juego, Erdogan ha querido reubicar al HDP con el PKK, y esperar a que esta polarización vuelva en un resultado electoral que le permita legitimar su poder político.

En el escenario regional: Turquía o el armario de los desastres

Turquía se ha convertido en el patio de operaciones de una insurgencia criminal, Daesh, que directamente ataca a Occidente y sus aliados.

Desde hace meses la frontera turco-siria representa para los turcos las constantes idas y venidas de refugiados que, en busca de un futuro mejor, atraviesan la delgada línea que les separa de los “hombres de negro” o Estado Islámico, así como de los distintos grupos criminales que continúan operando en Siria contra el presidente Bashar al Assad. 

El Daesh se encuentra desde hace tiempo a las puerta de Turquía. Sus “soldados” acuden desde hace meses a las emergencias sanitarias turcas y  a rezar a sus mezquitas. La integración ha sido total en un país que, ambivalentemente, juega un rol confuso entre el aperturismo europeista y la doctrina religiosa, recta y conservadora.  La decisión de luchar contra el Daesh no resultó ser más que una doble baza política, el as en la manga de un presidente, Erdogan, cuyas aspiraciones imperialistas quedaron desvanecidas tras las elecciones.

Ante la inminente convocatoria a nuevos comicios, el AKP y liderándolo, Recep Tayyip Erdogan, orquestan el terreno. Los grupos armados terroristas, como se denomina a facciones criminales como Daesh o a guerrillas como la del PKK, se han convertido en la mejor excusa propagandística que pudiera tener el, hasta ahora, Gobierno, para retomar las riendas de unos comicios que fueron muy disputados.

A su vez, y regionalmente, Turquía no puede si no detener el avance del Daesh en el norte de Siria, así como el avance de un peligro mayor para el Estado turco, el de los kurdos.

Al hundimiento del proceso de paz le precede una cifra, y es la del 13% de escaños que obtuvo el partido pro-kurdo HDP el pasado mes de junio. Convirtiéndose en la tercera fuerza política en Turquía hoy, su principal líder, Selahattin Demirtaş, se planta ante la duda de si el partido será o no finalmente ilegalizado.

Y es que si los kurdos continuaran avanzando en el norte de Siria, donde milicias pro-kurdas como PKK y YPG han conseguido unir dos de los cantones kurdos, Yazira y Kobane, la creación de un estado en el Kurdistán turco-sirio sería posible. La administración propia o la gestión de las regiones kurdas es algo que las aspiraciones imperialistas no pueden permitir.

Por este motivo Turquía, acusado de inacción durante meses contra las actividades de los grupos criminales yihadistas en el sur del país, ha decidido operar contra los mismos, sirviéndole como excusa el atentado reclamado por el Daesh del pasado 20 de julio, en la ciudad del Sureste de Anatolia, Suruç, donde fallecieron 31 ciudadanos. Ante tal eventualidad, el aliado de Turquía, Barak Obama, no ha desperdiciado ocasión para mover ficha y establecerse en un punto clave de cara a las operaciones contra el Daesh y alguna que otra operación de vigilancia contra países fronterizos como Irán o Irak.

Es decir, Estados Unidos ha forzado la apertura de la base aérea de Incirlik, en la región de Adana, situada a 60 kilómetros de la frontera siria. El uso de esta base oficialmente facilita las operaciones militares de la coalición contra Daesh. Por su parte, Turquía intenta ganar terreno en la sede de la OTAN, disputando el apoyo de sus socios de cara a las actividades militares contra las milicias kurdas.

Naturalmente, el país vive actualmente una crisis de seguridad convulsa, interna y externa. El proceso de paz que parecía por fin alcanzable tras la entrada del HDP en el Parlamento se ha tornado en la más sangrienta de las etapas que los ciudadanos turcos viven desde hace décadas. Atentados diarios ponen sobre alerta a la sociedad que extrema durante estas semanas las medidas de seguridad.

Por otro lado, las operaciones militares contra Daesh no han hecho sino situar al país en el ojo del huracán. Turquía no solo cuenta con la problemática fronteriza, sino además con una problemática intrínseca. El avance de los radicales en el interior del país es una realidad palpable, incluso a pie de calle.

Las políticas migratorias, las relaciones exteriores así como la exaltación religiosa que el AKP ha llevado a cabo durante estos últimos años, unido al choque cultural que el país, ya de por sí mantiene, siendo el paso entre Europa y Asia, son factores que, sin duda, colaboran a la obtención del apoyo y tránsito de radicales en el terreno.

Podemos concluir que la contención que durante estos últimos años ha mantenido el país se ha visto totalmente resquebrajada. Los fines políticos, las inminentes elecciones, el empoderamiento regional, así como el avance de la insurgencia criminal, Daesh, hacia Europa, han colocado a Turquía ante las cuerdas. Nos situamos por lo tanto ante un cajón de los desastres, a las puertas de Oriente Medio, del que todos los actores pretenden extraer su porción de beneficio.

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