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La ayuda humanitaria del Golfo. ¿Solidaridad o instrumento de política exterior?

Por Victoria Silva


El pasado 1 de julio el príncipe saudí Alwaleed bin Talal anunció que donaba toda su fortuna (32.000 millones de dólares) de forma íntegra a actos caritativos. Más allá de la nobleza del acto, este hecho es una pequeña muestra de una realidad que vivimos a día de hoy: los países del Golfo Árabe se están convirtiendo en importantes donantes de ayuda humanitaria.

Según los datos del Global Humanitarian Assistance Report 2015, tres países del Golfo Pérsico se hayan entre los 20 mayores donantes internacionales de 2014: Arabia Saudí en el 6º puesto con 755 millones de dólares, Emiratos Árabes Unidos (EAU) en el 15º puesto con 375 millones de dólares y Kuwait en el 16º con 342 millones. Asimismo, Qatar se queda fuera del top 20 pero aportó 162 millones de dólares. Hablamos de cifras importantes, con un aumento de 518 millones de dólares (+219%) respecto al año anterior para Arabia Saudí y de un aumento del 317% para EAU, que pasó de 90,1 millones en 2013 a 375 en 2014.

La razón de este considerable aumento tiene que ver con las emergencias humanitarias en la región generadas por conflictos armados. El 66% de la ayuda humanitaria total (1.100 millones de dólares) fue destinada a tres países: Irak (557 millones de dólares, 33%), Siria (356 millones de dólares, 21%) y Palestina (183 millones de dólares, 11%). Otras emergencias de importancia el pasado año como la epidemia del Ébola o el tifón Haiyan en Filipinas apenas recibieron un 1% y 2% respectivamente.

El peso de los donantes del Golfo en las crisis regionales es muy importante. En 2014, los cuatro países supusieron el 46% de toda la ayuda humanitaria destinada a Irak y el 20% de la destinada a Palestina, así como el 12% de la destinada a Siria, la mitad de la cual fue cubierta por Kuwait. La mayor parte de estos fondos (62%) se canalizó por vía multilateral a través de las agencias de la ONU (especialmente el Programa Mundial de Alimentos, ACNUR y UNICEF) así como por la Organización Internacional de las Migraciones. Sin embargo, su apoyo al Fondo Central de Respuesta a Emergencias (CERF) fue muy escaso (0,1%). Un 12% de los fondos fue a las sociedades de la Cruz Roja y la Media Luna Roja y a los gobiernos locales, mientras que apenas un 1% fue canalizado a través de ONG.

Esto ha llevado a preguntarse por cuáles son los motivos que mueven a estos países a intentar consolidarse como grandes donantes a nivel internacional. De hecho, en 2014 EAU se convirtió en el primer país no perteneciente a la OCDE en ser miembro del CAD. En general, pueden apreciarse tres motivaciones principales: la solidaridad internacional, motor del humanitarismo global; la solidaridad islámica y la identidad árabe. Es muy marcada la preferencia de estos donantes por el ámbito regional. Lo podemos comprobar claramente en los siguientes gráficos que señalan los mayores receptores de ayuda humanitaria de Arabia Saudí.

Barakat y Zyck (2010) señalan que la ayuda humanitaria es utilizada por los países del Golfo como herramienta de soft power, con tres principales lógicas detrás: 1. Como herramienta de diplomacia y promoción de la estabilidad regional; 2. Solidaridad con la causa palestina; y 3. Interés humanitario. En este sentido, señalan que no existen intereses económicos detrás de la ayuda donada.

La primera lógica, la de la diplomacia y la estabilidad es muy clara. Dada la situación en países como Siria e Irak, cuyas consecuencias pueden revertir en estos países, existe un interés por intentar estabilizar la situación política. Por ejemplo, en julio de 2014 Arabia Saudí respondió al llamamiento de OCHA para financiar la crisis en Irak con 500 millones de dólares, lo que logró cubrir los fondos solicitados por la agencia de la ONU. La necesidad de estabilización política explica la marcada preferencia de estos donantes por la vía bilateral en algunas ocasiones, como por ejemplo, el caso de Pakistán durante las inundaciones de 2010. Desde su concepción de la soberanía como principio fundamental del orden internacional, la estabilidad y la reconstrucción del Estado pasa por el fortalecimiento de los gobiernos, lo que explica el bajo porcentaje de ayuda canalizado a través de ONG.

Algunos autores hablan de la ayuda como un “mecanismo de defensa diplomática”, que permite mantener el status quo político y económico de los países donantes, mediante la contribución a la resolución de crisis para evitar su contagio a otros países de la región o a los donantes mismos en última instancia. “Humanitarian assistance thus contributes in some ways to the economic and political security of the donor country and to the maintenance of a status quo which currently serves the interests of Gulf state elites.” (Barakat; Zyck, 2010: p.29-30)

La segunda lógica, la de la solidaridad palestina, es obligada entre los países árabes. Más allá de la necesidad del pueblo palestino, por todos los donantes internacionales reconocida, la pregonada solidaridad de los países del Golfo podría responder a una percepción por parte de los pueblos árabes de insuficiente apoyo político a los derechos de los palestinos y a la creación del Estado palestino por parte de los países del Golfo, apoyo condicionado debido a los diversos lazos económicos, políticos y militares de estos países con Estados occidentales pro-israelíes y, especialmente, Estados Unidos. “According to such an understanding, Gulf state assistance to the Palestinian people becomes a form of ‘financial jihad’ to compensate for their inability or unwillingness to support military action in defence of the Palestinian people.” (Barakat; Zyck, 2010: p. 31).

La tercera y última lógica, la del interés humanitario, es la base del humanitarismo universal. En este sentido, este interés es evidente por ser una ayuda muy orientada a las poblaciones, ya que, en numerosas ocasiones las donaciones se producen en bienes y servicios, y no sólo en dinero. La concepción de la ayuda humanitaria de los países del golfo es básicamente la clásica de salvar vidas y de ayuda para actividades que contribuyen al mantenimiento de la vida. En este sentido, algunos autores destacan como positiva la ausencia de condicionalidades a la ayuda, que permite libertad de elección a los pueblos y gobiernos sobre las actividades que son prioritarias en la reconstrucción, reconociendo así el valor de la dignidad de los receptores.

Finalmente, podemos señalar que la ayuda humanitaria de estos países no se encuentra coordinada, contándose veces en que varios países trabajan en los mismos lugares en los mismos proyectos. Por tanto, esta política no contribuye a la integración regional. Más bien, el auge del humanitarismo en el Golfo, más que responder a un interés de extender su influencia a otros países, se trata de una competición entre los mismos países del Golfo por ver quién es más ‘humanitario’ de todos.

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