, ,

Israel no es seguro, Palestina no es libre

Por María García Zornoza

El conflicto israelí palestino no es un conflicto judío musulmán. Ni tan siquiera es un solo conflicto, sino muchos -cada vez más enrevesados- donde la religión solo ha sido empleada como excusa y medio para intereses políticos y territoriales. Cristianos, musulmanes y judíos han convivido y coexistido durante siglos en la tierra más sagrada del planeta. La situación actual, que vive uno de sus momentos más desesperanzados, es el resultado de políticas irresponsables que han forjado una Palestina cada vez menos libre y en consecuencia un Israel menos seguro.

Desde 1948, el momento cumbre de la división, ambas partes han mirado y escrito en los libros de historia dos narrativas irreconciliables de los hechos que parecen totalmente opuestas. La creación del Estado de Israel fue bautizada por los judíos como el año de la Independencia, para los palestinos comenzó su ‘Nakba’ (desastre). Desde entonces en los colegios, discursos políticos y universidades cada parte recibe su dosis de realidad particular que no hace otra cosa que incrementar el rechazo y odio hacia el otro.

Donde unos han escrito ocupación, otros han plasmado derechos, donde otros ven el derecho al retorno unos ven el fin de su ansiado proyecto. Pero más allá de estas dos versiones, que parecen sacadas de dos relatos de diferentes novelas, se encuentran los detalles. Los palestinos ansían y luchan por un todo: su Estado, que nunca ha existido como tal. Mientras que Israel analiza y bloquea cualquier pretensión de progreso basándose en los detalles. Por ejemplo la resolución 242 aprobada tras la Guerra de los Seis Días tiene una doble interpretación: mientras la versión francesa apela a la retirada de Israel de “territorios ocupados” en dicha contienda, la inglesa alude a los territorios ocupados”. El Gobierno de Tel Aviv justifica que ha dejado Gaza mientras que en Ramallah exigen la partida de toda Cisjordania (y Damasco el retorno de los Altos del Golán).

La cobertura de gran parte de los medios y periodistas en la zona tampoco ha ayudado. El conflicto más longevo y enquistado de las últimas décadas es también el más tratado. En un solo barrio de Jerusalén hay más periodistas que en toda África. La batalla mediática se ha convertido en uno de los principales objetivos por ambas partes y la presión que estas ejercen sobre la prensa es totalmente desmesurada. En la última guerra de 2014, uno de las principales cabeceras de nuestro país cambiaba de forma bochornosa el titular “Los ataques israelíes matan a 40 palestinos y rompen el alto al fuego en Gaza” por “Hamas rompe el alto al fuego y provoca 40 muertos”.  

El incremento de violencia que se vive en las calles desde octubre es un cocktail explosivo de desgaste social,  políticas cada vez más agresivas del Likud, rumores y provocaciones sobre el status quo de Al-Aqsa y la falta de oportunidades y humillación que soportan día a día muchos palestinos. “Me habría unido a una organización terrorista”, remachó el ex primer ministro israelí Ehud Barack cuando el popular columnista del diario ‘Haaretz’, Gideon Levy, le preguntó qué habría hecho si hubiese nacido palestino. El análisis de la situación debe abordarse desde una perspectiva mucho más social. Al igual que no puede ignorarse el contexto por el cual miles de occidentales parten a Siria o Irak para engrosar las listas del IS, datos como que el 40 por ciento de los palestinos se encuentren desempleados revelan los síntomas de un virus que amenaza con acentuarse a lo largo de este 2016.

Durante 70 años las negociaciones nunca han parado. Sin embargo, corren tiempos difíciles para una resolución definitiva. De hecho puede ser el momento menos propicio. Muchos son los que vaticinan la creación de otros estados, como el de Kurdistán, antes que el propio Estado de Palestina.

La Primavera Árabe y sus coletazos no solo amenaza con transformar el mapa geográfico de Oriente Próximo sino que ha cambiado la agenda política internacional. Con la emergencia del IS, la sangrienta guerra siria o el conflicto diplomático entre Riad y Teherán, el problema palestino-israelí ha dejado de estar entre las prioridades de los líderes mundiales, incluso para Obama que parece resignarse ante la tozudez de Netanyahu. A los libros de historia pasará la intervención del premier israelí en el Congreso republicano o el “No vamos a volver a las fronteras de 1967” en la cara de Obama en la Casa Blanca. Algo que ningún primer ministro israelí se había atrevido a hacer hasta entonces.

Y es precisamente en los líderes donde se encuentra el principal obstáculo de tal enquistamiento. Desde 1948 nunca se ha hecho tan poco por llegar a algún tipo de acuerdo como en estos momentos. Más allá de los las diferencias sobre asentamientos, Jerusalén, el agua, los retorno de los refugiados o el reconocimiento mutuo, se encuentra el compromiso político y la desconfianza mutua.

El compromiso político que le costó la vida a Isaac Rabin y que impulsó la carrera –que muchos daban por acabada de Bibi-. Un reciente informe de Naciones Unidos revela que cada vez que las negociaciones avanzan un poco, Israel intensifica su actividad en los asentamientos a través de aprobar nuevas construcciones y aumentar la presencia militar. En él se documenta que en tan solo un año, los asentamientos judíos en Cisjordania se han duplicado. Por el lado palestino es esta falta de liderazgo político le que ha conducido al precipicio. Desde Arafat, los palestinos tienen políticos, sí, pero no líderes. De hecho muchos analistas marcan este como uno de los puntos determinantes de la falta de un Estado propio. Israel aceptó en 1947 la resolución 181 de la ONU a través de la cual reconocía su Estado; pero los palestinos no. Y a día de hoy siguen pagando ese precio. Sin embargo en ese momento no eran ellos los que estaban sentados en la mesa de negociaciones sino la Liga Árabe -como un todo- en la que países como Jordania o Egipto tenían otros objetivos basados en intereses propios más allá del futuro del pueblo palestino.

Por otro lado se encuentra la cuestión de confianza. Más que rota. Bauman hacía referencia al eterno dilema entre los conceptos de libertad y seguridad. Israel no es seguro y Palestina no es libre. Cuánto más incrementa el grado de rigidez de una de estas variantes, más disminuye el otro. Con las Intifadas, Tel Aviv comenzó un estado de psicosis producto de ataques indiscriminados que han variado sus formas a lo largo de estas décadas. La Intifada de los tirachinas ha evolucionado a la de los cuchillos. El Gobierno actual de Netanyahu, el más conservador que ha visto la Knesset, ha usado este miedo generalizado para implantar unas políticas poco halagüeñas para el proceso de paz. La seguridad nacional es su principal baza y con ello justifica todo inmovilismo en aras de un avance creíble. Tel Aviv desconfía de Fatah y qué hablar de Hamás. Y entre ambas organizaciones de gobierno palestino hay de todos menos confianza mutua demostrando que si hay una máxima que no rige Oriente Próximo es la de “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”.

Los hijos de Oslo son hoy menos optimistas que nunca. Las calles de la tierra prometida se han acostumbrado a esta extraña forma de rutina en medio del temor de los palestinos de que ‘su causa’ caiga en el olvido. “Todos quieren la paz aquí, el problema es el precio dispuesto a pagar por ella”, era la frase que más escuchó la que escribe estas líneas en los rincones de Jerusalén. Mientras ninguna parte esté dispuesta a ceder en sus posturas, palestinos tendrán menos que perder, israelíes más miedo y justificación para el inmovilismo y grupos radicales pueden tomar un papel protagonista en Gaza. Algo que pocos avistaron en Siria. Dado el caso,  el camino de Israel hacia su seguridad y el de Palestina a la libertad será más largo que nunca.

**María Gracia Zornoza es: Graduada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha estudiado también en la University of Groningen con una beca Erasmus y en Ben-Gurion University of the Negev con una beca de Convenio Internacional. @misszornoza
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir