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Israel en un momento crucial

Por Miguel Ángel Pérez

El Estado hebreo atraviesa un periodo electoral que va a definir su futuro. Desde hace años la política y la sociedad israelíes han ido actualizándose, creando nuevas formaciones.

Políticamente, Ariel Sharon introdujo la primera gran variación creando el partido de centro Kadima tras marcharse del Likud, poniendo una fuerza en el espectro político entre su ex partido y los laboristas. La nueva formación estaba gobernando cuando su líder fundador quedó impedido. Entonces tomó las riendas como Primer Ministro Ehud Olmert, que tardó pocos años en dimitir y, posteriormente, al ser incapaz su sucesora, Tzipi Livni, de formar un nuevo gabinete, se convocaron comicios, los cuales perdieron ante el Likud de Netanyahu. En las primarias para elegir candidato a esas elecciones, Tzipi Livni, que antes era Ministra de Justicia, se impuso a Saúl Mofaz, Ministro de Defensa y militar de carrera. 

Este hecho marcó el futuro de la política israelí ya que, pese a su viaje al centro, este partido es una escisión de la derecha y con la elección de Livni no acabaron de conquistar suficientes electores centristas, perdiendo a buena parte de sus tradicionales votantes derechistas que optaron por el Likud.

Con tres grandes partidos, el Laborista más Kadima y el Likud, vivió la política israelí la siguiente evolución, que consistió en el crecimiento de la extrema derecha en las elecciones de 2.009.

Dentro de la extrema derecha, el partido más conocido, Yisrael Beitenu, liderado por Lieberman es de orientación abiertamente derechista pero laico, y representa fundamentalmente a los inmigrantes judíos procedentes del espacio postsoviético, de hecho su líder procede de Moldavia y nació durante la era en que este país se hallaba integrado en la URSS. Destaca su papel crítico con la población árabe israelí, a la que ve como una posible quinta columna de los enemigos de Israel. Debe decirse que el propio Liberman fue militante de una fuerza política ilegalizada en los ochenta por racismo hacia esa misma población ya comentada.  El otro gran partido de extrema derecha es el Shas, pero este es de carácter ultra ortodoxo y, por tanto, no laicista.

Ante este panorama y el noqueo de los laboristas en las elecciones de 2.013, como alternativa surgió en las últimas elecciones una fuerza centrista, Yesh Atid, de carácter regenerador abanderada por un periodista, Yair Lapid, que llegó al situarse como segunda fuerza política. En este marco de irrupción de una nueva fuerza política y de consolidación de la extrema derecha se produjo el hundimiento del Kadima, muy perjudicado por el electorado que le comió Yesh Atid, y una ligera mejoría del partido Laborista que recuperó al menos el tercer puesto. Otro partido de extrema derecha, La Casa Judía, nacionalista y religioso, logró una pujanza notoria tras concurrir juntos en las elecciones Likud y Yisrael Beitenu.

En estas elecciones de 2.015 ha habido nuevamente modificaciones de calado y es que el líder del partido Laborista, Isaac Herzog, decidió abrir el partido y formar una coalición con diversas formaciones, entre ellas Hatunah, liderada por Tzipi Livni, que abandonó el Kadima cuando Mofaz la derrotó en las primarias previas a las elecciones de 2.013. Con ello ha logrado una sensación de frescura y compite con Lapid por ser la alternativa a Netanyahu.

Otros cambios de calado son, por un lado, que por primera vez se presenta una coalición electoral de los partidos árabes israelíes con fuerza suficiente para ser muy influyente y, por otro,  que Israel Beitenu no va en coalición con el Likud.

Como se puede observar, la política en Israel es cambiante y se producen tanto alianzas como coaliciones que dan origen a cambios significativos. Esta vez se complica aún más el panorama postelectoral, y si la última legislatura esta coalición no duró ni dos años es muy probable que la nueva no aguante siquiera eso.

De ganar Netanyahu, puede optar por incluir de nuevo a la extrema derecha y gobernar en minoría, u optar por una complicada alianza con Yesh Atid que, de aceptar, perdería su credibilidad como futura alternativa. En caso de producirse un cambio, ya sea por parte de la Unión Sionista, la coalición entre el partido Laborista y Hatunha, o por Yesh Atid es probable que ambos formen gobierno, y que en ese nuevo gabinete se integre Meretz, que es un partido de izquierdas que suele quedar en las posiciones más bajas de la Knesset, la cámara legislativa israelí.

Capítulo aparte merece Árabes Unidos que, si aglutina el voto de la población árabe-israelí, puede influir notoriamente. Aunque muy probablemente quede excluida del gobierno, de entrar en el ejecutivo representaría un cambio enorme, pues hasta ahora ninguna formación árabe ha estado en un gobierno de Israel.

La polarización de la política se vive también entre la población. Cabe destacar tres bloques Los ortodoxos, los árabes-israelíes y el resto de la población. En el primero de ellos, la reciente ley que les obliga a hacer el servicio militar – uno de los motivos que perjudicó la estabilidad del gobierno de Netanyahu-, les ha hecho movilizarse y, siendo mayoría en los asentamientos de Cisjordania, ejercen gran presión en el gobierno israelí. El segundo bloque está conformado por una minoría que representa al 20% de la población y que está reaccionando a los planteamientos políticos de la derecha de Israel, especialmente al proyecto de Netanyahu de hacer confesional al Estado hebreo. Finalmente, la mayoría de la población permanece dividida entre la derecha y la izquierda,  y  demanda un cambio de rumbo en la política nacional.

En la ecuación debe entrar la seguridad y los conflictos. La disputa Palestina-Israel, que no ha podido ser resuelta mediante la negociación entre el Estado de Israel y la ANP (Autoridad Nacional Palestina) se ha enquistado. Para las dos partes es un problema y han optado por vías diferentes de solución: Israel consolidando sus posiciones, ampliando asentamientos y con el muro de separación. Mientras, Palestina ha tratado de ir por libre y encontrar resquicios internacionales para forzar una solución de manera unilateral. En esta estrategia ha logrado acceder a la Corte Penal Internacional y a la UNESCO, así como ser miembro observador de la ONU. 

En Gaza, la irrupción de Hamás ha supuesto un quebradero de cabeza para Israel, que debe lidiar con una facción palestina radicalizada hostil a alcanzar un acuerdo de paz. Los enfrentamientos entre ambos se han sucedido y desde el principio Israel mantiene un bloqueo económico sobre la Franja de Gaza para debilitar a Hamás.

Israel, desde su fundación y por necesidad estratégica, optó por una política de superioridad sobre sus vecinos árabes no permitiendo que ninguno de ellos se convirtiese en una amenaza para su posición; es por ello que bombardeó el programa nuclear sirio y el iraquí. Ahora Irán está desarrollando su programa nuclear e Israel se enfrenta al dilema de proseguir con su tradicional política expeditiva de seguridad o dejar que la diplomacia internacional solvente el problema, aprovechándose de que Occidente ve con malos ojos un Irán nuclear y que los adversarios sunníes del país persa no tolerarían un Irán con armas atómicas.

La evolución de Oriente Medio está perjudicando la situación estratégica de Israel y es que tanto en Líbano como en la Franja de Gaza, ha demostrado no estar lo suficientemente preparado para la guerra asimétrica a la que le emplazan Hezbollah y Hamás respectivamente. Además, la inestabilidad de la región, la proliferación de grupos tanto políticos como armados y la irrupción del Estado Islámico suponen un nuevo desafío con el que debe lidiar la seguridad de Israel.

La alianza de EEUU con Israel es esencial para la parte hebrea. Su economía, por muy puntera que sea es limitada por el pequeño territorio que tiene Israel, que debe soportar un alto coste en políticas de defensa. Esta alianza supone una colaboración tecnológica en el campo militar, además del dinero que dedica el gobierno estadounidense a los proyectos militares de la nación hebrea. Por no hablar del peso diplomático y potencial de EEUU, que le convierten en un jugoso aliado.

El enfriamiento de relaciones entre la Casa Blanca y el ejecutivo israelí por las diferencias tanto en la cuestión palestina como en las negociaciones nucleares con Irán, han provocado un choque de trenes y se ha perjudicado la alianza. No obstante, Israel cuenta con la ventaja de que el partido Republicano apoya en parte sus posiciones, la duda es si en dos años que quedan de administración Obama las relaciones entre ambos países seguirán enfriándose hasta un punto en que la colaboración se reduzca tanto como para verse afectada la posición israelí.

Israel vive un momento crucial donde debe afrontar muchos retos, no sólo en seguridad sino también en el plano interno. Tratar de solucionar el conflicto con Palestina y cerrar la brecha interna de una sociedad polarizada. Estas elecciones son clave y marcarán con qué políticas afrontará Israel esta tesitura.

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