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Marruecos se libra de la encrucijada yihadista

Por Cristina Ariza

La guerra en Siria e Irak y la inestabilidad libia no han tardado en despertar las alarmas en todo Oriente Medio, cada vez más vulnerable a sufrir una oleada de islamismo radical de la mano del Estado Islámico. La emergencia de noticias relacionadas con la presencia del grupo en la región, desde Túnez hasta Afganistán, no ha dejado de sucederse. A pesar de que la mayoría de los casos se han circunscrito a pequeños núcleos inspirados por la ideología del EI, es conveniente analizar los focos de inestabilidad que pueden propiciar una expansión del grupo de sus Estados-matriz.

Desde la perspectiva española, el caso de Libia es particularmente relevante porque amenaza con desestabilizar directamente a los vecinos Argelia y Marruecos, que serían los primeros afectados por el contagio yihadista. En el caso de Argelia, el grupo encabezado por Jund al-Khilafah juró fidelidad al “califa” sirio, al Baghdadi, en noviembre de 2014. Aunque no ha llevado a cabo un número alto de ataques, la decapitación del turista francés Herve Gourdel en septiembre del mismo año tuvo bastante repercusión mediática. Para España la estabilidad en Argelia es casi una exigencia política, debido a que el gas natural proviene en su mayoría del país árabe.   

No obstante, Marruecos es uno de los pocos países que ha esquivado el foco de atención yihadista. A pesar de haber seguido la estela, aunque de forma más difuminada, de las primaveras árabes, la monarquía de Mohamed VI ha conseguido retener el poder y no ha sucumbido al caos. Ante los casos fallidos de los demás países de Oriente Medio, cabe preguntarse si el modelo marroquí es un caso de éxito replicable ante el avance yihadista, o si por el contrario el EI aún tiene una capacidad manifiesta de establecerse en el país.

Marruecos tuvo una replicación, si bien a menor escala, de las revueltas árabes pro-democráticas que comenzaron en 2011. La respuesta de la monarquía a las protestas por el alto porcentaje de paro y la represión de libertades se saldaron con un pacto con el Partido de la Justicia y Desarrollo, de cariz islamista, y con la promesa de reformar la Constitución. Al final, dichas reformas no se han consolidado, por lo que la monarquía sigue siendo el principal centro de toma de decisiones. De tal forma, Marruecos consiguió apaciguar la tormenta, lo cual no implica que se hayan suprimido las reivindicaciones del movimiento “20 de febrero”.

Esta estabilidad gubernamental se ha traducido en una amenaza reducida del Estado Islámico, y la mayoría de analistas señala que la cooperación estrecha con las fuerzas policiales españolas ha sido un elemento clave en el desmantelamiento dcélulas yihadistas. A pesar de la frecuencia con la que las fuerzas del Estado han actuado para detener a individuos relacionados con actividades terroristas, el país no ha sido apenas afectado por atentados terroristas en los últimos años. De tal forma, el aparato estatal ha evitado sentar un precedente para el establecimiento de un grupo como el EI.

Se suele afirmar que la resurgencia del yihadismo ha venido de la mano del colapso de las instituciones por el derrocamiento de los dictadores de cada país. No obstante, un establecimiento firme del EI en otro país no tiene porqué responder a este modelo, sino que puede limitarse a pequeñas células que se declaran afines al grupo. El impacto de tales células no sería, por tanto, tan significativo como una “anexión” de territorio al califato, pero sí puede sentar una base de desestabilización.

Por otro lado, el asentamiento del Estado Islámico no es ni mucho menos definitivo en determinados países en los que se ha hecho gala de que dicho grupo había establecido una sucursal. En la actualidad, el país más afectado por la violencia de EI, fuera de Siria e Irak, es Libia, cuya fragmentación en dos remite a la problemática de la primavera árabe: sin estructuras gubernamentales fuertes, no hay medios suficientes para detener el resurgir yihadista. Un análisis de la incidencia del EI en todos estos casos, además de los ataques puntuales de Argelia y Túnez y otros destinos como Afganistán o Pakistán, puede resultar muy significativo en materia de anti-terrorismo.

En este sentido, Marruecos ha dado con una ecuación de diálogo que, pese a los inconvenientes citados, ha resultado satisfecha para la población. La existencia, por tanto, de estructuras estatales firmes es imperativa para evitar el asentamiento yihadista, lo cual no quiere decir que un sistema democrático no sea factible. Ni Irak ni Libia cumplen este requisito. Por añadido, la cooperación entre la inteligencia marroquí y española ha sido fundamental a la hora de combatir el fenómeno terrorista con efectividad, lo cual señala a la necesidad de aumentar la cooperación entre los países que forman la alianza para combatir al EI. Sin un frente unido, el yihadismo seguirá adaptándose a las características de cada país y cada vez representará una amenaza mayor.

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