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Irán y Arabia Saudí incendian el corazón de Oriente Medio

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Por Beatriz Yubero

Siria se ha convertido en el foco de un conflicto regional y sectario en el que dos potencias, Irán y Arabia Saudí, se enfrentan por el liderazgo y control geopolítico de la región así como la imposición de su credo.

Sin embargo, lejos de ser una amenaza únicamente regional y tal y como anunciara el ministro de Asuntos Exteriores iraní, esa división sectaria en el mundo islámico es la “amenaza más grave no sólo para la región sino para el mundo en general”.

Irán gobernado por los chiíes, y Arabia Saudí regentada por una monarquía de carácter sunní aunque defensora de un discurso religioso totalitario, característico del wahabismo, mantienen desde hace años posiciones contrarias en todos los conflictos que afectan a la región y compiten por incrementar su influencia sobre sus vecinos árabes.

El acercamiento entre Irán y Estados Unidos respecto a la carrera nuclear iraní ha marcado un antes y un después en la trayectoria de ambos países. Los últimos setenta años han sido para ambas potencias convulsos en materia de negociación. Desde que Estados Unidos colaborara junto a Reino Unido en el derrocamiento del gobierno electo de Mossadegh y se hicieran con el control de las riquezas, ambos países han sido aliados. Durante el reinado del Sha los dos Estados colaboraron entre sí no obstante, la Revolución islámica y el ascenso de Jomeini al poder en 1979, supuso la ruptura de cualquier lazo de ‘amistad’ que pudiera unir a ambas potencias, que se encaminaron a una disputa diplomática que duraría décadas.

Fue con la llegada de Hassan Rouhani en 2013 al frente del nuevo gobierno de Irán que las relaciones entre Estados Unidos y el país persa dieron un vuelco de 180 grados. Obama y Rouhani llegaban a un pacto histórico que afectaba directamente a la carrera nuclear iraní, y a las relaciones exteriores de ambos países. Además, no hay que olvidar que tanto Estados Unidos como Irán mantienen un frente común en Irak ‘combatiendo’ contra el Estado Islámico.

Si bien especialmente este punto resulta preocupante para Arabia Saudí, aliado de Estados Unidos y considerado por muchos el chivo expiatorio de la potencia occidental en la región, la preocupación de la casa Saud no resulta algo novedoso.

Arabia Saudí necesita demostrar su hegemonía ideológica en la política árabe y para ello ha intentado establecer alianzas con organizaciones que recaban un gran apoyo popular en el mundo islámico como son los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, el islam político y el salafismo son rivales, lo que se ha traducido en la ruptura de cualquier proyecto en común en la región hasta el punto de apoyar la dictadura militar en Egipto que logró vencer al gobierno electo islamista. “Los Hermanos Musulmanes son más peligrosos para los regímenes árabes del Golfo, aún más que Irán, porque son los más máximos representantes de movimientos democráticos basados en el islam suní(Cala, 2014).

Ante el estancamiento del conflicto sirio, la imposibilidad de recabar apoyos en la Hermandad y el avance de la hegemonía iraní en la región, Arabia Saudí parece estar replanteándose sus opciones en materia de diplomacia.

Públicamente el país ha retirado su apoyo económico y logístico a las milicias vinculadas a Al Qaida en Siria e Irak, en donde numerosos combatientes saudíes se encuentran actualmente librando la yihad defensiva a favor de las construcción de un Califato Islámico en la región.

Si desde el inicio del conflicto observamos cómo en lenguaje antichií se había consolidado en el mundo islámico sunní, siendo un ejemplo de ello el empleo de la etiqueta rafida (los que rehúsan) para referirse a los persas en lugar de su original denominación, ayam (no árabes), en la actualidad la propaganda antichií parece tomarse un respiro.

Tanto Irán como Arabia Saudí necesitan detener su guerra sectaria que afecta a su posicionamiento geoestratégico en la región y a las prioridades de su política interna. Es por ello que la vía diplomática parece haber encauzado el camino y ambos países han comenzado a entablar un diálogo.

Fue el pasado martes cuando el viceministro de Exteriores de Irán, Hossein Amir Abdollahian, calificó de satisfactorias las negociaciones emprendidas con el ministro de Exteriores saudí, el príncipe Saud al Faisal, acerca de la amenaza que el Estado Islámico supone en la región.

En la estrategia que ambas potencias jueguen sin duda adquiere un papel fundamental Estados Unidos y Rusia, enfrentadas en Ucrania pero con un mismo objetivo en la región: El mantenimiento de la calma y el retorno del control de aquellos países que, salpicados por las mal llamadas Primaveras Árabes, han desestabilizado el corazón de Oriente Medio.

Calificada como la nueva Guerra Fría, las batallas internas que afectan al Bilad al Sham han de encontrar una pronta pacificación, pues de lo contrario se corre es riesgo de que, aprovechando los vacíos de poder generados, siendo un caso claro Libia, o el desgaste de los países, por ejemplo tras tres años de conflicto armado, Siria, las organizaciones terroristas adquieran un rol más relevante en este enfrentamiento y se apoderen del mismo, reconduciendo sus intereses y los de la región hacia la consecución de lo que tanto Al Qaida como el IS han denominado como la vuelta al Califato Islámico.

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