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Irán y Arabia Saudí: geopolítica y sectarismo transfronterizo

Por Alberto Ginel Saúl.*

La espiral de tensión entre Arabia Saudí e Irán sirve para explicar parte de lo que sucede en Oriente Medio, una región atravesada al tiempo por guerras muy calientes y por una soterrada guerra fría entre sus dos principales potencias. Una región en la que la realidad parece mirarse a través de un caleidoscopio averiado en el que se combinan los cristales de la geopolítica y el interés nacional con los espejos deformantes de las “misiones universales” y el sectarismo transfronterizo.

Irán y Arabia Saudí son dos estados que no son dos estados más: son también los principales representantes de dos modelos políticos con características contradictorias y el centro de gravedad de sendas interpretaciones del islam. La teocracia chií, revolucionaria y republicana por un lado y la teocracia sunní, tradicionalista y monárquico-tribal por el otro, pretenden proyectarse como faros para la región y el islam por medio de una negación recíproca que va de lo trivial a lo más grave.

En el terreno de lo trivial: la obsesión de la inteligencia saudí por evitar que alfombras persas adornasen parte del lugar santo de La Meca, en territorio saudí. En el terreno de lo grave: los acontecimientos desatados a raíz de la ejecución de un significado líder de la minoría chií muy crítico con el régimen saudí junto a otros 46 prisioneros. Este hecho ha desatado actos de violencia contra la embajada del Reino en Teherán, la ruptura de relaciones diplomáticas y una escalada verbal que incluye términos como “venganza divina” en un momento en el que ambas potencias chocan en los conflictos que deciden el futuro de la región.

El escenario cambiante: Irán al alza.

La actual erupción, que no es la primera (ya en 1987 y 1988 hubo ataques a legaciones diplomáticas y ruptura de relaciones), debe enmarcarse en una progresiva afirmación de la confianza iraní en detrimento del terreno, antes firme, que pisa Arabia Saudí.

Irónicamente la intervención de Estados Unidos en Irak en 2003 que sirvió para borrar del mapa a Saddam Hussein (uno de los principales enemigos de Irán) abrió la puerta a la influencia de Teherán sobre la mayoría chií del país. La intervención en Afganistán también acabó con un rival de Irán: el régimen de los talibán.

La suspicacia constante entre ambas potencias, junto a la idea de que lo que es bueno para una es necesariamente malo para la otra, ha hecho que el acuerdo internacional sobre el programa nuclear iraní, un hecho interpretado por muchos como una oportunidad para la configuración de un entorno regional más estable, fuera leído con desasosiego desde Riad.

Dicho acuerdo, que incluye la paulatina retirada de sanciones económicas y diplomáticas, devuelve a Irán al tablero y reabre al mundo su impresionante mercado de materias primas tras periodos de asfixia. Ello, en un momento en el que Irán aumenta su influencia regional en el arco chií por medio de proxies en Siria (apoyando a Al-Asad), en Iraq (con su influencia sobre el gobierno de Al-Abadi) y en Líbano a través de Hizbolá.

Dentro de la lógica suma-cero que ordena las relaciones entre Riad y Teherán, todo aquello que contribuya a afirmar la posición de una habrá de inquietar a la otra. Y la tendencia parece beneficiar a Irán. El acuerdo nuclear fue recibido en Riad con amargas críticas y con análisis pesimistas respecto a su estrecha y controvertida relación con EEUU.

Un Irán aislado y anclado en el “eje del mal” permitía a Arabia Saudí reforzarse en su papel de contrapeso regional al lado de EEUU. Por el contrario, un Irán con las manos más libres es sinónimo de inquietud para Riad, toda vez que esta perspectiva se añade a la percepción -apuntada por Henry Kissinger en su último libro- de que Washington se estaría retirando “lenta pero perceptiblemente” de Oriente Medio en pos de otras prioridades (como una mayor presencia en el Pacífico). Esto podría dejar en el futuro a un Irán crecido y una Arabia Saudí con apoyos menos sólidos frente a frente por el control regional.

Los espejos deformantes

Por el momento, la obsesiva rivalidad y los intereses supuestamente incompatibles se manifiestan clara pero indirectamente sobre el escenario levantino, donde financian y sostienen a bandos enfrentados.

Pero también en Yemen, donde Arabia Saudí se vuelca en una demostración de fuerza pro-suní contra los hutíes chiíes a quienes Riad caracteriza como meros títeres de Irán, reduciendo -interesadamente- un conflicto civil y con otras raíces, al código binario de la lucha sectaria y a la nomenclatura de la Guerra Fría islámica.

Yemen demuestra que cada vez se mira más por ese caleidoscopio averiado que mencionábamos al principio, que cada vez se recurre con más frecuencia a la retórica del enfrentamiento suní-chií para explicar -y autojustificar- lo que pasa y lo que se hace en la región. Incluso conflictos localizados y de dispar naturaleza se leen como batallas de la llamada Guerra Fría, empujando a los actores hacia una suerte de “profecía autocumplida”, como dice la analista Itxaso Domínguez.

En este clima, el asesinato del clérigo chií, un “ajusticiamiento” más en un año de sangriento récord en Arabia Saudí (materia en la que Irán no va a la zaga) constituye un motivo más para enturbiar unas relaciones ya de por sí agitadas.

Cuestión de legitimidades

Se leen frecuentemente análisis que trazan un paralelismo entre la Europa anterior a la Paz de Westfalia (1648) y la actual situación de Oriente Medio. En aquellos tratados, en líneas generales, se establece la neutra legitimidad internacional del Estado y el recíproco reconocimiento como premisas para una convivencia no armónica, no idílica y no exenta de sobresaltos, pero convivencia al fin y al cabo. En la rivalidad árabe-iraní además de entrelazarse razonamientos propios de la “Razón de Estado” (como la disparidad de intereses en términos de poder) tienen lugar fuertes pulsiones maximalistas que en último término atacan la legitimidad del otro y cualquier base para la construcción de un orden más o menos estable.

En este sentido, Irán tiene consignada en su constitución la semilla de una suerte de revolución  permanente llamada a unificar la umma tras acabar con los gobiernos infieles de la región -entre los que incluye al saudí-. Por su parte, Arabia Saudí también aspira a la utópica unificación de la umma en el sustento ideológico del wahhabismo, interpretación pretendidamente pura del islam que el gobierno financia fuera de sus fronteras y que considera herejes a chiíes y practicantes de otras interpretaciones.

Queda por determinar hasta dónde llega este nuevo repunte de la tensión y cuáles son las consecuencias regionales de la ruptura de relaciones diplomáticas con que se ha iniciado el año. Un año en el que Irán y Arabia Saudí se seguirán viendo en el campo de batalla (desde lejos y por mediación de actores interpuestos) pero también en la mesa de las negociaciones que tendrán lugar en Viena sobre el futuro de Siria.

*Publicado originalmente en bez.es

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