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Irán, mejor en la mesa

Por Alberto Ginel Saúl

A finales del año pasado Henry Kissinger, el controvertido pero indudablemente sabio e influyente pope de las Relaciones Internacionales, concedió una serie de entrevistas para promocionar su monumental obra “World Order”.

En dos de estas entrevistas, separadas apenas por un mes, dio dos titulares aparentemente contradictorios: “Irán es un problema mayor que el Estado Islámico” e “Irán es un aliado natural para Estados Unidos”. ¿A qué se refería el veterano ex secretario de Estado?

Pese a la seriedad de la amenaza que plantea Da’esh, cuyos principales elementos son:

  • La importante expansión territorial, prácticamente irrefrenable hasta Kobane y Tikrit, a la espera de nuevos reveses como Mosul.
  • El anuncio constante de nuevas adhesiones (bay’a) por parte de grupos yihadistas a la marca Da’esh –útiles seguramente en términos de propaganda y visibilidad pública pero tal vez no tanto en términos operativos
  • El estímulo que estarían recibiendo pequeñas células o incluso lobos solitarios deseosos de convertirse en espejos de Da’esh en suelo europeo y en otras partes del mundo…

… no hay que perder la dimensión.

No obstante, pese al pretencioso nombre de este grupo y su ambiciosa estrategia califal (que les vale tantas adhesiones como críticas dentro del complejo y atomizado mundo yihadista), Da’esh no deja de ser otro grupo terrorista (con características distintivas, sí, y que ha sabido aprovechar mejor que otros las oportunidades que se le presentaban, también). Un grupo conformado por un número limitado de combatientes cuyo grueso se encuentra localizado entre Iraq y Siria y que además tiene vocación de fijarse el terreno plantando sus banderas (lo que facilita su remoción mediante ataques coordinados por la Coalición Internacional). Un grupo, por último, que ha empezado a retroceder y a mostrar vulnerabilidades reseñables en cuanto la comunidad internacional organizada en la citada Coalición ha comenzado a dar apoyo aéreo a los esfuerzos terrestres del gobierno y las milicias iraquíes en Tikrit y kurdas en Kobane.

En resumidas cuentas, y sin quitar un ápice de seriedad a la amenaza ni menoscabar la imperiosa necesidad de combatirla con los recursos adecuados, el Estado Islámico no es un Estado. Algo evidente que hay que recordar a la hora de abordar la cuestión en su dimensión militar, pero también política.

Volviendo a Kissinger: Irán sí es un Estado. Uno influyente y dispuesto a jugar un papel cada vez más relevante en la región, particularmente en el Creciente Fértil (Líbano, Siria, Iraq) e incluso en la Península Arábiga (Yemen), en este tenso estado de naturaleza y de la guerra fría mundial  que vienen librando Arabia Saudí y la República Islámica de Irán por dirimir el balance de fuerzas entre suníes y chiíes en la región y en el fondo, por ver quién extiende su influencia política y estratégica de un modo más eficaz. Un Estado, por último, que pese a su evidente relevancia geopolítica lleva virtualmente fuera de la Comunidad Internacional desde 1979 y formando parte del llamado “Eje del Mal” desde 2002.

La importancia geopolítica de Irán, su decidida voluntad de afianzarse como actor regional en un momento en el que casi todo está roto, (junto con los modestos resultados cosechados por la política de sanciones y aislamiento mantenida hasta ahora), son sólo algunas de las razones que justificarían un cambio de actitud y de enfoque en relación a Teherán como partner natural en el laberinto de Oriente Medio.

“Irán, mejor en la mesa”. Así podríamos sintetizar la nueva aproximación iniciada por la Administración estadounidense y respaldada por sus socios sobre la idea de que este país es más peligroso e impredecible en cuanto a sus pretensiones nucleares y su política exterior si se mantiene fuera de la Comunidad Internacional.

Desde este prisma cabe entender las negociaciones que se siguen por parte del grupo E3+3 (Francia, Alemania, Reino Unido, Rusia, China y EE.UU) e Irán con el objetivo de poder garantizar a los miembros de toda la comunidad internacional que el desarrollo del programa nuclear iraní es exclusivamente civil. A cambio se levantarán las diversas sanciones económicas que han pesado sobre el país en los últimos años.

Barack Obama, febrero de 2015, en una entrevista para Matthew Yglesias (Vox.com):

We were going to prevent Iran from getting a nuclear weapon, trying diplomacy first.

People are right to be suspicious of Iran (…) [BUT] Iran is negotiating seriously for the first time, and they have made, so far, real concessions in the negotiations. We have been able to freeze the program for the first time and, in fact, roll back some elements of its program, like its stockpiles of ultra highly enriched uranium.

We have had direct negotiations. That’s exactly what we’re doing. (…)  this is a fair approach that gives Iran the ability to re-enter the international community and verify that it’s not pursuing a nuclear weapon.

La llegada a buen término de estas conversaciones permitiría en primer lugar apagar uno de los fuegos regionales más temidos (aplazar, dicen los críticos), y facilitaría esa vuelta -desde sus márgenes más oscuros- de Irán a la Comunidad Internacional, lo que llevaría a reconocer en Irán un actor ineludible para el futuro de la región. Los avances en la crucial cuestión nuclear serán una premisa necesaria: un umbral tras el cual puede haber otras cuestiones sobre las que encontrar puntos de tangencia diplomática.

Varios son, en este sentido, los motivos por los que habría que contar con Irán en un escenario como el actual:

-Por su papel principal en Iraq, donde combate sobre el terreno y con lo mejor de su ejército a Da’esh. En este marco ya se están produciendo, según el analista y teniente coronel Francisco Berenguer, puntuales ejemplos de “discreta coordinación con las fuerzas aéreas iraníes” para llevar a cabo las operaciones antiterroristas que están haciendo retroceder a los terroristas.

-Por su capacidad de influir sobre el fragmentado tablero sirio, una vez se ha producido por parte de John Kerry el reconocimiento de que “al final habrá que negociar”con Al Asad en el marco de Ginebra I para buscar una solución política cuando se complete la labor hoy considerada prioritaria de derrotar a los yihadistas.

-Por el ascendiente de Irán sobre Hizbolá, un actor fundamental junto las fuerzas armadas para frenar en el Líbano un ataque de Da’esh.

Suponiendo que las rondas nucleares consiguen cerrarse con un compromiso aceptable sobre la proliferación nuclear; que Irán negocia desde la buena fe y “con seriedad”, como afirma Obama; que se podrá profundizar en esas “coordinaciones discretas” con Irán para degradar y en último término derrotar a Da’esh (lo que no significa luchar hombro con hombro, pero sí reconocer que Irán tendrá –también- un papel en los escenarios posconflicto en Iraq y Siria…) estaríamos hablando de una evolución importante, tal vez de una nueva fase de la política exterior estadounidense en la región. Una nueva doctrina que podríamos denominar “sincrética” o de “tercera vía” entre las dos opciones imperfectas que aparentemente tiene hoy EE.UU: cambiar de aliados en la región o estrechar/reconstruir las alianzas antiguas (volcadas en las monarquías del Golfo y el eje sunita frente a Irán).

Esta tercera vía podría apuntalarse sobre la idea de equilibrio entre las tres principales potencias regionales: Irán, Arabia Saudí y Turquía, a partir de la incorporación persa a la ecuación regional. Un equilibrio al que se refería Pedro Baños en una reciente conferencia universitaria y que trae reminiscencias del equilibrio westfaliano de la Europa de 1648 que puso término a cien años de guerras sectarias generalizadas a partir del refuerzo de la idea de soberanía y de la toma en conciencia acerca de la existencia de cierto grado de interdependencia entre actores y la necesidad de guardar un mínimo equilibrio entre los actores continentales. La paz de Westfalia no erradicó la guerra del continente, pero sí la religión y el sectarismo como casus belli.

La historia no se repite: a lo sumo tartamudea, como dicen que dijo Mark Twain. Como tampoco se repiten los contextos ni las geografías. Sin embargo, la idea de equilibrio basado en la preservación mutua entre las potencias más influyentes de la región abre una ventana interesante, al menos en el terreno de la reflexión.

Suponiendo -como ya hemos dicho antes- que 1) las rondas de negociación llegan a buen término, 2) que existen esferas de posible encuentro entre los intereses de Irán y Estados Unidos en materia de seguridad regional y 3) que todo esto, con los años, contribuye a reintroducir plenamente a Irán en la comunidad internacional y en la ecuación para resolver los problemas regionales…

…el nuevo escenario que surgiría guardaría coherencia con una imagen más equilibrada de la región, en la que las principales potencias podrían encontrar menos argumentos para la desestabilización mutua y la guerra mediante actores interpuestos bajo pretextos sectarios.

Conclusiones:

Sea como sea que se desarrollen los acontecimientos en el corto plazo (comprobando si Irán quiere o no jugar en y con las reglas de la comunidad internacional, incluidas las de No Proliferación Nuclear); y en el medio-largo plazo (si todo esto lleva o no a una composición de paisaje más equilibrada en la que los partners tradicionales “que crean tantos problemas como los que resuelven” pierden la patente de exclusividad americana), parece adecuado y positivo tener a alguien al otro lado de la línea en el asunto nuclear iraní. En el pasado siempre hubo un teléfono rojo disponible, incluso en los momentos de tensión máxima.

El acercamiento a Irán naturalmente entraña riesgos, empezando por el más evidente: que Irán no esté negociando de buena fe, que solo esté pidiendo una tregua a la comunidad internacional, un respiro en las sanciones para retomar diez o quince años más tarde su programa nuclear, como afirman los críticos. Este riesgo existe, como en toda negociación. El hecho de que exista una mesa y se prefiera a los bombardeos es ya un comienzo importante. También entraña otro tipo de riesgo: el riesgo moral. A nadie se le escapa la situación de los Derechos Humanos en Irán, por ejemplo. La eterna e irresoluble lucha teórica (de innegables efectos prácticos) entre realismo e idealismo en Relaciones Internacionales.

Puede que Barack Obama, un presidente en busca de su legado, tenga razón cuando afirma que “el objetivo de cualquier política exterior es tener visión, aspiraciones e ideales, pero también reconocer el mundo tal como es y tratar de encontrar el punto en el que las cosas pueden empezar a ser mejores de lo que eran antes. Esto no significa perfectas. Significa “mejores”.

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