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¿Este u oeste? Los dilemas turcos y su rumbo político

Mapa Oriente Medio

Por Xavier Palacios

Durante la primera mitad de esta década, Turquía, que aspira a ejercer un rol de potencia regional en el Oriente Medio, ha visto como su sistema de política exterior construido durante más de una década, bajo el mando de las elites dirigentes del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en la región del Oriente Medio y Norte de África, se ha venido parcialmente abajo. El golpe de estado militar en Egipto, el caos libio y sirio, así como sus efectos en Iraq y el Kurdistán han debilitado la influencia turca en la región y han roto el frágil equilibrio político en las regiones kurdas dentro de Turquía.

Los cambios políticos acontecidos en Oriente Medio han forzado tanto a los poderes globales como a los regionales a modificar la toma de decisiones de la política exterior. El foco mediático y político actual se ha enfocado hacia el nuevo fenómeno político-religioso del Estado Islámico (EI). Éste, a diferencia de anteriores organizaciones religioso-militares de ideología islámica, ha reforzado su discurso político reivindicando la idea de restauración del Califato, yendo más allá del discurso victimista anti-occidental de Al-Qaeda. El concepto de la restauración del Califato se basa en la idea de la restitución de un sistema político articulado en base a la sharia o derecho islámico, un concepto ajeno a la división territorial política y basado en factores religiosos que justifica el liderazgo de toda la comunidad musulmana.

El EI ha apuntado claramente al acuerdo de Sykes-Picot firmado en 1916 como la causa del caos político y étnico del actual en Oriente Medio. Este acuerdo firmado por los entonces ministros de asuntos exteriores de los imperios Británicos y Francés, desmembró y repartió en zonas de influencia las provincias árabes del Imperio Otomano. Al mismo tiempo, este acuerdo significó el establecimiento de unas fronteras políticas en territorios que hasta ese momento desconocían este concepto rígido de separación territorial.  La actual elite dirigente turca también ha cuestionado la legitimidad de los acuerdos Sykes-Picot y trata de ejercer un papel de liderazgo en el establecimiento de un nuevo orden regional.

La construcción del sistema de política exterior turca de la última década ha tenido como arquitecto ideológico a Ahmet Davutoglu, quien fue elegido nuevo Primer Ministro turco en agosto de 2014. Davutoglu ejerció un rol clave durante su periodo como ministro de Asuntos Exteriores (2009 – 2014) en el aperturismo y cambio de dirección de la política exterior turca. De esta manera se rompía totalmente el hermetismo político turco respecto a la relación con los vecinos regionales, que había sido la característica principal de la política e ideología Kemalista. Ahmet Davutoglu pondrá en práctica el ideario que elaboró durante su doctorado en la Universidad Internacional Islámica de Malasia. Bajo el título “Alternative Paradigms”, Davutoglu trata de romper con los paradigmas anteriores de las Relaciones Internacionales, y construye uno nuevo a través del concepto “civilizador” de Ibn Haldun.

Dentro de este nuevo paradigma, Davutoglu prioriza la identidad musulmana por delante del concepto de estado-nación. Al mismo tiempo que lidera iniciativas de cooperación con otros países muy lejanos a sus fronteras e intereses políticos así como con la menguante Unión Europea, mira al Este para la mejora de relaciones con su peligroso vecindario. Abre Turquía al mundo, como el eje que armonice entre el este y el oeste, entre el norte y el sur.  Este aperturismo político se ha debido en parte a la “competición” interna por el poder con el grupo religioso Gülen, un grupo que ha establecido escuelas religiosas en países donde la República de Turquía ni tan siquiera tenía representación oficial y que por lo tanto gozaba de mayor influencia internacional que el mismo estado turco.

Los resultados de esta política no han sido del todo claros, así como las proyecciones económicas de Turquía, las cuales empiezan a crear incertidumbres derivadas del alargamiento de los conflictos regionales y de la pérdida de influencia en los vecinos que antes eran sus aliados y sus mercados. Turquía tenía que liderar el cambio regional que llevase los antiguos territorios del Imperio Otomano a rechazar las tiranías y dictaduras para aceptar la voluntad popular de justicia y derechos. Turquía como país protector de estos pueblos daba el marco y el modelo político a seguir para la construcción de un “Nuevo Oriente Medio”.

Turquía ha visto como se le han cerrado las puertas a engrandecer su zona de influencia y sobre todo a construir una nueva región cohesionada a través de la religión y del comercio. El bloqueo al sueño de Davutoglu ha venido propiciado por el papel desempeñado por las otras dos potencias regionales, Irán y Arabia Saudita, las cuales han visto como su autonomía política ha incrementado por la retirada parcial estadounidense de la región. Mientras que por otro lado, bien por las alianzas históricas de Turquía con occidente a través de la OTAN como por ser un importante aliado regional de Israel, han disminuido su capacidad de acción en los países protagonistas de la Primavera Árabe.

Primero en Egipto, el golpe de estado liderado por las Fuerzas Armadas y por el General Sisi, muy cercano a los círculos saudíes, bloqueó cualquier tipo de acercamiento político turco en el país expulsando a embajadores y cónsules turcos de Egipto. La expulsión física de Turquía de este país ha afectado su rol en la región y ha visto como sus reclamaciones de declarar la llegada al poder de Sisi como un golpe de estado han sido ignoradas por algunas potencias. Segundo en Libia, donde los intentos de liderazgo turco para un acercamiento entre las distintas facciones han fallado y han creado problemas con las potencias occidentales dado su acercamiento a las facciones más islamistas. Y tercero y último, el caso de Siria, del cual se ha derivado el caos político en Iraq. En este entorno, los costes políticos y económicos que está pagando Turquía son muy altos y difícilmente podrán ser soportados por mucho más tiempo.

La cercanía de estos tres países afecta directamente a actores políticos locales y ha introducido nuevos desafíos. La apuesta por apoyar a la oposición política siria y deslegitimar al régimen de Al-Assad no ha contado con el apoyo unánime de la comunidad internacional, ni de actores regionales como Irán. El contagio del caos político sirio ha llegado a Iraq, otro actor importante para la proyección del poder regional turco. La constitución del EI como un actor político y militar ha modificado las relaciones de poder en esta región, ha transformado el mapa étnico empujando a millones de refugiados hacia los países vecinos (uno de los que más ha recibido refugiados ha sido Turquía) y ha reavivado la cuestión kurda dentro del mismo territorio turco.

Paralelamente a los desarrollos internacionales y regionales, Turquía ha sido testigo del afianzamiento en el poder político del líder del AKP, Recep Tayyip Erdogan. Seria él quién hiciese bandera de las reformas democráticas en Turquía usando el paraguas y la bandera de la Unión Europea para proyectar a Turquía como un modelo para la región, y el que ahora ve cómo estas reformas han sido cuestionadas. Erdogan fija su rumbo político en su asentamiento en el poder, y para ello se han dejado de lado reformas cruciales para la “institucionalización” democrática en vez de la “personalización” de la democracia.

Los cambios regionales que ofrecía Turquía no han visto una continuidad y han derivado en una crisis regional que ha llegado de la mano de centenares de miles de refugiados sirios hasta Estambul. Mientras que la “Nueva Turquía” no acaba de tomar un rumbo fijo, la toma de decisiones en política internacional sigue ateniéndose a criterios mucho más cercanos a los de Skyes y Picot que a los idearios de Davutoglu, y mientras  el status quo político no cambie, Turquía deberá afrontar de nuevo sus problemas históricos como nación y no como líder y modelo de un “Nuevo Oriente Medio”.

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