Estados Unidos e Israel: estado de una relación “estratégica”

Por Alberto Ginel / Publicado originalmente en Bez Diario

Hasta el próximo enero, cuando tomará posesión el cuadragésimo quinto presidente -o presidenta- de Estados Unidos, Barack Obama tendrá que atender importantes frentes en materia de política exterior. Muchos de ellos pasan inevitablemente por Oriente Medio.

Desde finales del año pasado las diplomacias estadounidense e israelí discuten la renovación del paquete de asistencia militar que viene brindando Washington desde hace décadas a su aliado. El programa vigente desde hace diez años expirará en 2017 y los contactos para la renovación del mismo puede servirnos de indicador a la hora de valorar el estado de las relaciones entre Israel y Estados Unidos al término del mandato de Obama y cómo se interpreta el actual escenario regional.

Lo que por el momento ha trascendido es la insatisfacción israelí con lo que ofrece EE.UU -en términos de miles de millones de dólares- y la diferente lectura que realizan los dos socios en cuanto a la profundidad y significado de las transformaciones que tienen lugar en la estructura de la región (particularmente en relación con el acuerdo nuclear con Irán).

Conviene poner en dimensión las cantidades y las cualidades del sostén militar que Estados Unidos proporciona a Israel. Según el programa actual, EE.UU ha proporcionado 3.000 millones de dólares anuales durante diez años. En esta partida no se incluyen los500 millones anuales destinados a la cúpula de hierro que protege a Israel del lanzamiento de cohetes de corto alcance, el material bélico que EE.UU mantiene en suelo israelí por valor de 1.200 millones ni otras partidas aprobadas por el Congreso estadounidense. Israel recibe entre el 50 y el 55% de la asistencia militar exterior estadounidense, lo que implica que aproximadamente el 25% de la factura militar israelí dependa de los trasvases presupuestarios norteamericanos. Desde 1962 un total estimado de 124.300 millones han conformado una relación única en el mundo. Se sabe también que en las conversaciones en curso, Israel presiona para que los 3.000 millones anuales se conviertan en 5.000.

Desde que el Presidente Truman decidiera reconocer inmediatamente al recién nacido Estado de Israel en 1948 pese a las dudas de George F Kennan y el Secretario de Estado George Marshall -que desembocarían en la dimisión de este último- las relaciones entre los dos países  merecen el adjetivo de estratégicas, a la espera de encontrar otro más enfático. Ciertamente, la excepcionalidad de estas relaciones responde a dos hechos estructurales e igualmente excepcionales: por un lado el entorno geopolítico en el que nace Israel y por otro la necesidad de una superpotencia de contar con un socio franco en una región que se revelaba cada vez más fundamental.

El lobby `pro-israelí´

Una relación estratégica sería aquella que se establece como puente hacia la consecución o el mantenimiento de unos intereses vitales (o al menos muy relevantes) para un país en términos de poder o influencia. Cabe suponer, por tanto, que la alianza que han mantenido y alimentado las diferentes Administraciones estadounidenses a lo largo de las décadas es una forma de avanzar decisivamente en los intereses americanos -en este caso para ejercer una preeminencia regional-.

Dos académicos de tradición realista como John Mearsheimer y Stephen M. Walt niegan en cambio que las relaciones privilegiadas entre Israel y Estados Unidos hayan tenido ese benéfico efecto sobre los intereses estadounidenses al haber entorpecido decisivamente una aproximación equilibrada y autónoma a una región tan compleja, al lastrar durante muchos momentos las relaciones con las naciones árabes y afectar perniciosamente a la imagen de EEUU en el mundo musulmán. Esta es, sintéticamente, una de las tesis que sostienen los autores en El lobby israelí y la política exterior estadounidense. Mearsheimer y Walt, ya en el título de la obra, introducen un elemento destacado: la influencia del lobby llamado pro-israelí como variable interviniente a la hora de condicionar la racionalidad de las decisiones tomadas por EEUU en relación con Israel al afectar negativamente al proceso de identificación de los propios intereses.

El clima político asentado respecto a Israel achica el espacio para la discusión crítica. En ese clima cualquier pero al gobierno israelí en materia de Derechos Humanos o un matiz al derecho aparentemente absoluto de Israel a defenderse corren el riesgo de ser motejados de antisemitismo. En ese clima reforzado material y simbólicamente por un lobby sincronizado con los virajes cada vez más radicales de los últimos gobiernos israelíes, los legisladores americanos aprenden que es electoralmente arriesgado cuestionar las políticas israelíes “sin importar cuáles sean”, como llegan a afirmar Walt y Mearsheimer. Aunque esas políticas multipliquen los asentamientos, desdeñen cualquier negociación de paz y veten de facto la solución de dos Estados sin que EEUU parezca capaz de influir sobre un Netanyahu que necesita mirar más allá de la derecha para seguir gobernando. Obama será el primer presidente desde Clinton que no haya sido capaz de conducir a las partes a una mesa de diálogo en la que estuviera la solución de los dos estados (por resistencia israelí).

Diferentes lecturas de la situación

Barack Obama, sin haber cambiado el enfoque hacia Israel, fue lo suficientemente audaz para intentar -y conseguir- un trabajoso acuerdo con Irán en materia nuclear interpretando las señales de Rouhani y Javad Zarif. Un acuerdo técnico -pero de consecuencias profundamente políticas-que ya forma parte del legado presidencial del demócrata y que enturbió enormemente las ya de por sí complicadas relaciones con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. Obama defendió el acuerdo con Irán como un cambio histórico en pro de la estabilidad en la región y por tanto, como algo beneficioso para las necesidades securitarias de su aliado. Israel, por su parte, ha tildado el acuerdo de error histórico al entender que el país persa aprovechará el levantamiento de sanciones para actuar más agresivamente en el futuro.

Según la lectura israelí, la amenaza de “borrar Israel del mapa” proferida durante los críticos años de gobierno de Ahmadineyad habría sido meramente aplazada por la suscripción del acuerdo. En lógica, sería más necesario que nunca el refuerzo de la cooperación militar hasta los mencionados 5.000 millones anuales, cantidad necesaria según Netanyahu para seguir dirigiendo la principal potencia militar de la región (ventaja competitiva que en las relaciones entre ambos países se conoce como Qualitative Military Edge, un principio por el cual EEUU entre otras cosas se abstiene de vender determinado material militar a otros aliados regionales).

Una interpretación tan dispar en torno a un hecho tan significativo como es el reingreso de Irán en el escenario internacional -que podría modificar profundamente los equilibrios y dinámicas en la región- da buena cuenta del desencuentro existente e invita a pensar que tal vez la cuestión de la cooperación militar, llamada a marcar las relaciones americano-israelíes durante los próximos diez años, no se resuelva antes del final del mandato de Obama. Entretanto será interesante conocer las posturas de los diferentes candidatos a la Casa Blanca respecto a Oriente Medio y particularmente respecto a la cuestión israelo-palestina. En el campo republicano, por ejemplo, Ted Cruz ha sorprendido con la amenaza de dejar de contribuir económicamente a Naciones Unidas si la institución persevera en su “sesgo anti-israelí” –sic-.

Igualmente interesante será seguir de cerca los esfuerzos de organizaciones como AIPAC, central en la tarea del lobby llamado pro-israelí, por influir en la campaña, en el debate sobre el refuerzo militar a Israel y en la orientación de la próxima Administración con respecto a Oriente Medio.

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