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¿Cuál es la postura del gobierno español en Siria?

Cristina Casabón

España se incorporará al Grupo Internacional de Apoyo a Siria (GIAS), el núcleo duro de la comunidad internacional —copresidido por Estados Unidos y Rusia—que media para buscar una salida al conflicto. La invitación para sumarse a este grupo le ha llegado al ministro de exteriores a través de una misiva  personal de Serguéi Lavrov, su homólogo ruso, justamente cuando Damasco traza una nueva línea roja sobre el futuro de Assad en el gobierno, y se producen denuncias de violación del alto al fuego.

Dichas denuncias se han producido por parte de EEUU, quien acusa a las fuerzas del gobierno sirio de atacar a civiles en lo que supone una clara violación del cese de hostilidades iniciado el pasado 27 de febrero. Además de “reanudar” su campaña de bombardeos, el gobierno sirio establece una nueva línea roja que socava el programa del grupo negociador. El propio ministro sirio de exteriores, Walid Muallem, ha anunciado este sábado que Damasco se negará a discutir el destino de Assad. “No vamos a hablar con nadie que quiera discutir la presidencia” y “El enviado de la ONU ‘no tiene derecho’ a hablar de las elecciones presidenciales” son frases que dejan clara la nula voluntad negociadora.

Hasta ahora, la posición del Gobierno español ha sido abiertamente favorable a la participación del régimen sirio en las negociaciones de paz, lo cual finalmente se ha producido. El Ministro de Exteriores ha promovido el acercamiento hacia esta la postura por parte algunos socios occidentales que previamente exigieron la renuncia de Asad como precondición necesaria, y ello podría explicar que sea precisamente Rusia quien haya felicitado e invitado a España a formar parte del grupo. El cambio de postura se produce en un contexto que incluía un cambio de discurso parte del enviado especial de la ONU para la crisis en Siria, Steffan de Mistura, que aceptó las afirmaciones del régimen de que abordar el peligro que representa el autodenominado Estado Islámico  era la prioridad del proceso político.

Llegados a este punto y dado que el ministro va a aceptar la invitación de su homólogo ruso, España debe remar en la dirección adecuada y trabajar con sus socios europeos, así como con otros socios de la coalición internacional en la búsqueda de una postura común, apoyando los esfuerzos políticos de mediación entre el régimen y la oposición, que obliguen a Damasco a respetar los términos acordados en el proceso de paz.

Al la hora de tratar el más controvertido punto de las negociaciones — la permanencia o no de Assad en el poder — la coalición no puede ser condescendiente. Esta nueva “línea roja” anunciada el pasado sábado socava la participación del Alto Comité de Negociaciones, principal grupo opositor sirio, que hizo hincapié en la necesidad de actuar de conformidad con las resoluciones internacionales a la hora de confirmar su participación en la nueva ronda. Esta nueva precondición no respeta la base del Comunicado de Ginebra ni otros acuerdos internacionales que piden la creación de un órgano de gobierno de transición con plenos poderes ejecutivos y que represente a todos los segmentos de la sociedad siria; donde Bashar al-Assad y su camarilla no tienen ningún papel.

Ante este probable impasse y volviendo al caso de la postura española en las negociaciones políticas dentro del grupo GIAS, la aceptación por parte del ministro Margallo a la invitación rusa se presupone que no implica, en principio, una postura de acercamiento al régimen sirio y a sus aliados. Sin embargo, el ministro debería dejar clara cuál es su postura con respecto a la permanencia de Assad en el poder y qué papel puede jugar España en la resolución política del conflicto.

Además, España puede aprovechar su participación en el grupo GIAS para promover el respeto de los acuerdos, así como para revisar algunos puntos dudosos de la Resolución 2254 del Consejo de Seguridad de la ONU (2015), que incluyó una hoja de ruta a un proceso de paz en Siria, estableciendo un itinerario para las conversaciones entre las partes y que además adoptó efectivamente la declaración GIAS de Viena, otorgándole legitimidad jurídica internacional.

El primer punto que debe defenderse es el respeto de un proceso político sirio que implemente plenamente el Comunicado de Ginebra, incluyendo el establecimiento de un órgano gubernamental de transición con poderes ejecutivos. El grupo debe defender una terminología clara en el establecimiento de un gobierno de unidad nacional para que éste no garantice la supervivencia del actual régimen, puesto que la Resolución 2254 aboga por un  “gobierno creíble, inclusivo y no sectario”; terminología un tanto ambigua.

Debe también garantizarse la celebración de elecciones bajo la supervisión de la ONU. La Resolución 2254 no determina si las elecciones serán parlamentarias o presidenciales (o ambas), por lo que la naturaleza del futuro gobierno sirio está abierta a la interpretación, y ello conduce a declaraciones como las que realizaba el pasado sábado el ministro sirio de exteriores.

Otro punto controvertido que imposibilita un proceso de transición justo en Siria es que la resolución de la ONU establece la continuidad de las instituciones del estado (a diferencia del Comunicado de Ginebra de 2012), por lo que no se contempla, de momento, la destitución de los miembros del partido Baath y del clan Assad en las instituciones sirias. (Además hay que mencionar que la Resolución 2254 no aborda el destino de Bashar Al-Assad ni menciona los enjuiciamientos por crímenes de guerra).

Por último, el grupo negociador debe promover el respeto del alto el fuego; el levantamiento de los bloqueos en las zonas sitiadas; permitir el acceso a la ayuda humanitaria; la liberación de los presos políticos y presos de conciencia (con especial énfasis en las mujeres y los niños); detener los bombardeos contra civiles y objetivos civiles; el cese del uso indiscriminado de armas, incluyendo artillería y bombardeo aéreo; y, finalmente, el retorno de los refugiados y las personas desplazadas a sus hogares.

Hasta ahora, la tregua temporal no ha tenido éxito en el cumplimiento de los objetivos recogidos en el último punto, lo cual hace que Assad se vuelta a sentar a la mesa en calidad de negociador mientras comete crímenes de guerra; algo que no puede ser defendible ni mantenerse por más tiempo mientras el régimen demuestre que no tiene una mínima voluntad negociadora ni respeta los derechos humanos.

Estos crímenes de guerra se han intensificado precisamente en la ronda de negociaciones de Ginebra de principios de febrero de este año, en la que el gobierno descarriló el proceso mediante el asedio en Aleppo. Esta campaña aérea se produjo en el momento en el que se intensificaba la presión al gobierno de Asad en tres cuestiones: el fin de los bombardeos aéreos, el levantamiento del asedio en las zonas sitiadas para permitir la ayuda humanitaria y la liberación de prisioneros. Esto demuestra que hasta ahora, el proceso de negociación es un fracaso.

Es el momento de que volvamos al punto de partida y abandonemos terrenos pantanosos en las negociaciones, dejando de ajustar nuestro rumbo, utilizar nuevas frases y doblegarnos a las exigencias de Assad y sus socios. El excesivo realismo político nos ha llevado a pensar que tenemos que rebajar las condiciones para sentarnos en la mesa con todas las partes, pero por ahora este cambio de postura solo conduce a que el gobierno sirio socave el proceso una y otra vez.

Assad socava las negociaciones para perpetuarse en el poder y Ginebra pierde sentido; los esfuerzos por acordar una solución política se vuelven inútiles en el momento en que se permite al enemigo “jugar sucio” (no respetar lo pactado a la vez que intensificar su campaña de bombardeos sobre el terreno). Margallo dijo en unas declaraciones que “debemos negociar con el enemigo”, sin embargo el ministro de exteriores debería convencernos de que España no adopta una postura condescendiente al aceptar esta invitación. Es por ello importante que España priorice la búsqueda de una postura común europea en la resolución del conflicto, y ello no pasa por aceptar las peticiones del anfitrión ruso.

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