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España-Israel: 30 años de diplomacia, 500 años de desencuentros

Por María García Zornoza

“Bienvenidos, 500 años después”. Estas fueron las palabras que el por entonces primer ministro israelí, Simon Peres, le dirigió a Pedro López Aguirrebengoa, el primer embajador español en Tel Aviv. El simbólico paso tuvo lugar el 17 de enero de 1986, 38 después de la constitución de Israel como un Estado independiente y asentó las bases para corregir una anomalía histórica que comenzó con la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos.

El apoyo de España a las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial y el consiguiente establecimiento de la dictadura franquista dejó al país aislado de la comunidad internacional durante 30 años. En esta encrucijada política y económica,  Franco vio en los países árabes- muchos de ellos inmersos en un proceso de descolonización- a sus más valiosos aliados. La alianza hispano-árabe se basó en una simbiosis que España abanderó defendiendo la causa palestina. El país quedó atrapado en el mundo bipolar que emergió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y ni las democracias occidentales ni los países comunistas presentaban una opción diplomática. Por eso los países del mundo árabe fueron para Madrid, junto a algunos latinoamericanos, su salvación.

Por la parte israelí permanecía el dolor por el Holocausto, inspirado por el aliado de Franco. En 1949, España ofreció al recién nacido Estado de Israel la apertura de relaciones. La respuesta fue contundente: un no acompañado por el veto israelí ante la ONU sobre el levantamiento de sanciones a la Península. Este movimiento enfureció al dictador quien argumentaba que ayudó a miles de judíos a escapar de las garras nazis. Aunque se desconoce el número exacto -ya que no está plasmado en ningún documento oficial- durante la dictadura, España salvó a unas 40 mil personas de los alemanes¹. Aunque el régimen de Franco calificaba a los judíos como uno de los grandes males de la humanidad, ayudó a miles de ellos a encontrar refugio durante la Segunda Guerra Mundial. Sí es cierto que tenían prohibido muchas actividades en torno a su culto y eran objetivo frecuente de la propaganda católica, pero no se llegaron a aprobar leyes en su contra.

Con el transcurso de los años, mientras la amistad hispano-árabe se forjaba con más fuerza, Israel iba incrementando su interés en establecer relaciones. Ganas que no significaron progreso.  El ministro de Asuntos Exteriores israelí Abban Eba señaló en 1969 en la Knesset que “todos los esfuerzos ejercidos por Israel para establecer relaciones diplomáticas con España han fallado”, mientras que su homólogo español, Gregorio López Bravo, sentenció que “nosotros no reconocemos a Israel y no reconsideraremos esta opción si los estados árabes no lo hacen”. España llegó a importar de sus ocios árabes el 90% del petróleo que suplía al país y estos prestaron a Madrid cientos de millones². Con tal dependencia económica, la llegada de la democracia española no significó un cambio en la postura hacia Tel Aviv. Adolfo Suárez dejó claro que no haría nada para dañar las relaciones “especiales” con los estados árabes.

Aun con todo, estas idas y venidas no eran sinónimo de ausencia total de relaciones. Los dos países cooperaron en torno a una larga serie de medidas en varios ámbitos. En 1961 la Academia de Literatura de Barcelona premió la traducción hebrea de El Quijote del escritor israelí Bistritzy. Durante la Guerra de los Seis Días, Madrid permitió a Estados Unidos utilizar sus bases aéreas para enviar armas a Tel Aviv y ayudó a la comunidad judía en Egipto a conseguir protección consular. Todo ello en paralelo a una creciente campaña pro-árabe.

Sin embargo el desarrollo de los siguientes acontecimientos obligó a Madrid a tener una accidental actitud protagonista en el conflicto palestino-israelí. De hecho fue el país donde el grupo terrorista Septiembre Negro comenzó a planear atentados contra ciudadanos judíos en Europa. La facción radical palestina asesinó al agente israelí Cohen en plena Gran Vía madrileña en 1963. 22 años después dos policías israelíes eran asesinados en Barcelona. Desde las autoridades de Madrid no solo condenaron los ataques sino que se irritaron por los supuestos vínculos con ETA y todo ello forzó a ambos países a incrementar sus relaciones de inteligencia en aras del beneficio mutuo.

Desde 1996, el eje Tel Aviv-Madrid se ha asentado con estabilidad y progreso, especialmente en el ámbito científico-cultural. En el económico, destacan el sector automovilístico y de combustible. El negocio de las armas también ocupa un lugar prioritario que ha movido en los últimos 14 años más de 25 millones de euros. La cifra exacta del equipamiento armamentístico que España transfiere a Israel no está publicada por el gobierno español.

Abba Eban se refería en una conferencia en Madrid a la importancia de esta tierra como el punto de encuentro de las tres grandes culturas. Sus excelentes relaciones históricas hacían a España un candidato perfecto para mediar entre árabes e israelíes. Algo que en estos 30 años ha sido más ausente y débil de lo que se esperaba. En 1991 Madrid acogió por primera vez una reunión entre árabes y judíos, acontecimiento que no ocurría desde 1949.

La coincidencia ideológica de los gobiernos  de Felipe González y Simon Peres facilitó las negociaciones para que España dejase de ser el único país occidental sin poseer embajada en Tel Aviv. Los años siguientes no han estado exentos de alguna polémica que ha despertado los fantasmas del antisemitismo 500 años después. Tal es el caso del casi boicot al cantante israelí Matisyahu el verano parado en el Festival del Rototom.

Sin embargo, a diferencia de otros países, España difícilmente puede explicar su cultura, historia y sociedad sin tener en cuenta a la comunidad judía. Camilo José Cela recordó el 18 de enero de 1986, un día después de la apertura de relaciones, que con este paso “los españoles no solo pusieron fin a 30 ó 40 años [de conflicto] sino a un mal paso dado cinco siglos atrás”.

¹ALPERT, Michael. Spain and the Jews in the Second World War. Página 209
²Abadi, Jacob. The road to Israeli-Spanish Rapprochement. Página 193

1 comentario
  1. Imran
    Imran Dice:

    Aprovecho la ocasión para saludar a la periodista-analista Cristina Casabón y felicitarle por sus análisis que sigo con mucha admiración y encanto.

    Mi comentario acerca del artículo:

    Siendo un Doctorando en el patrimonio lingüístico y cultural judío en España y Marruecos, creo que los hispanohablantes debemos mucho a los judíos quienes fortalecieron el castellano ya que no hay aspecto de la cultura intelectual española en que los judíos no hayan dejado su impronta, en el transcurso de una decena de siglos de vida en la Península.
    Esta realidad tan notoria ha sido confirmada y zanjada por varios escritores e historiadores tan fidedignos y prominentes. El escritor mexicano Carlos Fuentes dijo “Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos, porque los sabios judíos de la Corte de Alfonso El Sabio impusieron el castellano, lengua del pueblo, en vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las leyes de Castilla”.
    El historiador Américo Castro confirmó en muchas ocasiones que hay que dejar bien claro que el castellano comenzó a servir de instrumento de alta cultura gracias a los judíos que rodeaban a Alfonso X y fomentaron sus curiosidades afinadísimas.

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