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Errores pasados que podrían reproducirse en el escenario iraquí

Por Luis Antonio González Francisco

La principal tarea que tiene por delante en Irak el Gobierno de EE.UU. es la toma de Mosul

El pasado 27 de septiembre el salón del Ciento de Ayuntamiento de Jaca (Huesca) fue escenario de una conferencia impartida por el Coronel del Ejército español en situación de reserva, D. Pedro Baños Bajo, poseedor de una de las visiones más lúcidas y completas del panorama geoestratégico mundial. Pese a no ser el tema central de su intervención, afirmó que al encontrarse en sus postrimerías el mandato del actual presidente Barack Obama, era muy probable que se acelerase el inicio de las hostilidades destinadas a reconquistar la ciudad de Mosul, unos combates que entre otras cosas provocarían, algo que también anunció la ONU en su momento, una de las crisis humanitarias más dramáticas a nivel mundial ya que se vería afectados en torno a un millón y medio de personas .

Unas 48 horas después de esa afirmación, se dio la circunstancia de que las Unidades de Movilización Popular iraquíes difundieron a través de su cuenta de Twitter que Haider Al-Abadi, Primer Ministro Iraquí decía que en el momento en que las tropas estuviesen preparadas y se hubiese habilitado un corredor seguro para la población civil, se producirá el  inicio de los combates para arrebatar a Daesh el control de la ciudad de Mosul, en la provincia de Nínive, control que es mantenido desde junio de 2014 cuando sus militantes, sin apenas encontrar resistencia, tomaron la segunda mayor ciudad de Irak .

Ese mismo día, el Secretario de Defensa, Ashton Baldwin Carter, en una rueda de prensa comunicó que la Administración de EE.UU. enviaría 615  nuevos efectivos a Irak. Carter dijo que estos militares tendrían como misión “entrenar y asesorar” a las fuerzas de seguridad de Irak y a los peshmergas kurdos, no solamente en Mosul sino también en otros lugares de Irak. Pese a estas  declaraciones, a nadie se le escapa que la principal tarea que tiene por delante en Irak el Gobierno de EE.UU. es la toma de Mosul. Este último aumento del contingente de soldados desplegados en Irak se suma a los 560 militares transferidos a Irak el pasado mes de julio y al anuncio, tres meses después, del envío de otros 200.

En la actualidad, el número total de soldados desplegados por los Estados Unidos en territorio iraquí asciende a 4.565, algunos de los cuales están acantonados en la base aérea de Qayara que se sitúa a tan solo 60 kilómetros de la ciudad de Mosul .

El constante y  permanente retumbar de los tambores de guerra en torno a la ciudad de Mosul hace presagiar el inminente desencadenamiento de una campaña de grandes dimensiones cuyo inicio no parece que vaya a demorarse más allá del mes de octubre de este año.

El volumen y la preparación de los efectivos empleados pueden ser indicativos de que Daesh será incapaz de resistir la acometida de una fuerza abrumadoramente superior dotada de importantes medios tanto aéreos como blindados o de artillería. Caso aparte será el control total de la ciudad y sus alrededores, ya que Daesh sí que es capaz de ofrecer una importante resistencia en el combate calle por calle y casa por casa mediante el empleo combinado de escaramuzas, francotiradores minas, IEDs (artefactos explosivos improvisados) y atentados suicidas. Esta conjunción de circunstancias hace prever, tal como se apuntaba antes, un enorme volumen de población afectada y además, en términos notablemente inferiores una cifra con toda seguridad considerable de prisioneros o sospechosos de pertenecer o apoyar a Daesh.

Ésta es la vorágine en la que está inmerso, en mayor o menor medida en función de la provincia que sea, el conjunto de Irak y por un efecto de contagio en toda la extensión del término, también Siria.

Dos estados sumidos en una realidad cambiante en la que una variada poliarquía armada está generando unos importantes niveles de violencia hacen resonar muy lejano las palabras “misión cumplida  pronunciadas en 2003 a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln por el entonces presidente estadounidense George W. Bush, cuando decía haber puesto fin a la guerra, guerra que se ejecutó al margen del Consejo de Seguridad de la ONU materializando la teoría de lo que seguramente fue uno de los cambios más relevante del actual milenio: la doctrina de la guerra preventiva.

Apenas 20 días después, el gobernador Paul Bremer aprobó la que acabaría constituyéndose uno de los factores determinantes en el posterior desarrollo de los acontecimientos: la orden nº 22 de la CPA (Autoridad Provisional de la Coalición) que contemplaba la disolución las fuerzas armadas iraquíes así como los cuerpos policiales. Esta orden completaba a su vez  a las órdenes 1 y 2, Desbathtificación e Irak y Supresión de Entidades, circunstancia que tuvo como derivada la  generación en la población civil de un importante sentimiento de desafección respecto de la Coalición.

En ese mismo año fue puesta en servicio la Task Force 121 (TF 121),  fuerza especial conjunta de Estados Unidos y el Reino Unido en Irak, que  se utilizó para detener y trasladar a personas sospechosas de poseer información acerca de Saddam Hussein y de las ADM (Armas de Destrucción Masiva) a unas instalaciones denominadas Camp NAMA, acrónimo de Nasty Ass Military Area, nombre de dudoso gusto para designar a un centro de detención cerca de Baghdad. Los interrogatorios realizados por personal civil y militar de los Estados Unidos recibieron la condena  de Human Rights Watch.

André Glucksman en su obra  Occidente contra Occidente (Taurus, 2007) recogía el testimonio de un preso de las cárceles de Sadam Hussein: “Pasé cuatro meses (…) en una celda cúbica de un metro de lado (…) me sacaban dos veces al día, mañana y noche para los interrogatorios (…) yo tenía que confesar pero no podía dar ninguna información…”  Tiempo después y ya con el sistema penitenciario bajo control de la Coalición se conoció el testimonio de otro recluso: “Nos forzaron a caminar como perros… teníamos que ladrar como un perro y si no lo hacíamos empezaban a golpearnos en la cara y el pecho sin compasión. Ambas declaraciones no difieren mucho en sus términos pese a que la primera se produjo en el año 1995 y la siguiente fue muy posterior y en circunstancias que debieran ser completamente distintas.

Este tipo de comportamientos estaban muy alejados de ser casos aislados y así, en el año 2004, de un informe de Amnistía Internacional se desprendió que las fuerzas de la Coalición internacional habían recluido a miles de personas sin cargos, maltratadas y torturadas,  detenidos a los que en ocasiones se les habría causado la muerte. Sin abandonar ese año, el periódico jordano Al Arab Al Yawm , publicaba que en los cinco principales campos de detención de Irak el número de detenidos excedía los 10.000,  muchos de los cuales habían sido puestos en libertad a primeros de ese año debido a la masificación y que la detención de varios de ellos se produjo de forma arbitraria.

En el año 2007 la situación no mejoró ya que, según la ONG iraquí Asociación por la Justicia para los Prisioneros (PAJ), citada por la agencia de noticias de NN.UU. IRIN, en las prisiones iraquíes los niños eran tratados como adultos y en ocasiones sometidos a torturas. Estas prácticas no se ciñeron únicamente al caso iraquí ya que también se reprodujeron en el escenario afgano, concretamente en la prisión de Bragam, que  albergaba un centro de detención independiente  al que los reclusos denominaban la ‘cárcel negra’. El Comité Internacional de la Cruz Roja (ICRC) aseguró que había evidencias suficientes como para afirmar su existencia. 

A pesar toda ese aparente control de las cárceles parece que pasó desapercibido que en los centros de detención iraquíes y en particular en el de Camp Bucca se establecieron contactos entre miembros del Baath y yihadistas entre posteriormente destacó un individuo que estuvo recluido durante cinco años en esas instalaciones. Su nombre era Ibrahim Awad Ibrahim al-Badri, también conocido como Abu Bakr al-Baghdadi quien, en julio de 2014, desde el mimbar (púlpito) precisamente de la Gran Mezquita de Mosul adoptó el título de Amir al-Mu’minin , Comendador de los Creyentes, autodenominándose Califa Ibrahim.

Aunque en la actualidad el escenario es notablemente distinto ya que, al menos en el plano teórico, el poder fue transferido a las autoridades iraquíes en 2004 y en 2010 el presidente Obama oficializó el final de la operaciones combate en Irak lo que implica que en la actualidad la gestión de los centros penitenciarios depende de las autoridades iraquíes. Si bien este status quo no es impedimento para la posible intervención de figuras que actúen bajó denominaciones eufemísticas como “asesores” o “interrogadores” como por ejemplo fue el caso de Damien Corsetti quien  realizó esas funciones en las prisiones de Bagram y Abu Ghraib. Por desempeñar ese rol fue acusado, entre otras cosas, de crímenes tan graves como torturar y someter a vejaciones sexuales a los prisioneros a su cargo. Corsetti fue juzgado en un consejo de guerra y tras apenas media hora de deliberaciones se le declaró inocente.

Otro de los errores que corre el riesgo de reproducirse, habida cuenta la importante presencia chíí tanto en el ejército regular iraquí como en las milicias que lo apoyan, muchas de ellas impulsadas por Irán, son las extralimitaciones  que pueden darse contra la población sunní por el simple hecho de pertenecer a esa corriente religiosa. Ya en 2010, otro informe de Amnistía Internacional cifraba en 30.000 el número de detenidos sin juicio en Irak, siendo la mayoría árabes sunníes del centro, oeste y noroeste del país. El motivo de la detención de muchos de ellos  fue que se les consideró sospechosos de formar parte o prestar apoyo a  los grupos armados sunníes”.

Aunque el fenómeno de surgimiento del Daesh es totalmente multipolar y sería erróneo ubicarlo en una única circunstancia, parece evidente que si no se aplica una estrategia efectiva y, lo más importante, que si esta acción no es percibida como tal, hay muchas posibilidades de que todo este esfuerzo se quede en un conjunto de buenas intenciones.

Lo que se gestiona en zonas oscuras bajo la apariencia de una aplicación estricta de principios democráticos, que debiera ser el fin último de la utilización de la fuerza, puede convertirse en el germen de un insurgencia la cual en función del grado de penetración que tenga en el conjunto de la sociedad tiene muchas posibilidades de reproducirse con mayor o menor virulencia e incluso de mantenerse en el corto o medio plazo.

La derrota de Daesh es sin duda el objetivo de ésta y de las futuras operaciones que se desarrollen en el teatro de operaciones sirio-iraquí para desalojarlo definitivamente del territorio que controla, pero el fin último debería ser derrotar a la ideología yihadista que ya existía antes de Daesh y que continuará existiendo tras su desaparición y/o mutación en otra u otras organizaciones.

De cara a la neutralización de este corpus ideológico, el recurso a la fuerza militar juega un papel importante, pero no es menos importante la influencia que tiene la “gestión de la paz” en la que posee una relevante posición la política implementada en los centros de internamiento, tanto en el trato que le es dispensado a los detenidos  como en clarificar si los motivos que propiciaron sus detención fueron reales o si por el contrario obedecieron a intereses totalmente espurios.

Llegar a estas conclusiones ha costado más de una década, una inversión financiera astronómica y lo más importante por irreparable: la pérdida de decenas de miles de vidas de civiles inocentes. Sería deseable que todas ellas no cayesen en el olvido y que sean tenidas en cuenta de cara a tratar de encontrar una solución no solo al caso sirio-iraquí sino a la multiplicidad de escenarios con características similares que permanecen activos en diferentes regiones mundiales. Un factor que podría coadyuvar a interrumpir esa tendencia y a clarificar en el futuro el panorama geopolítico es que se aplique una gestión basada más en los informes de inteligencia que en los índices de popularidad para que así se pueda evitar la reproducción de actuaciones similares a las ejecutadas en el pasado y que éstas no constituyan un escenario aún peor que el que se trataba de evitar.

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