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Eritrea, el país más triste del mundo

Por Guadi Calvo*

La realidad de los países del Cuerno de África, que alguna vez conformaron el rico y legendario Reino de Aksum (Etiopia, Eritrea, Djibouti y Somalia) es extremadamente compleja e inestable. Su carencia de riquezas naturales ha hecho que las naciones europeas que lo conquistaron a partir siglo XIX y lo dividieron según los intereses de las metrópolis, Londres, París y Roma, hayan considerado a la región como colonias de segundo o tercer orden y de una relativa importancia geopolítica.

Tras la apertura del Canal de Suez, en 1869, los países del Cuerno no obtuvieron beneficios y los imperios siguieron manteniéndolos como regiones semi baldías. Los procesos independentistas que se extendieron por todo el continente, finalizada la Segunda Guerra Mundial, tampoco los beneficiaron. Actualmente solo merecen la atención de la prensa mundial por sus guerras o por sus hambrunas, las que se reiteraran cíclicamente como las estaciones.

De estas cuatro naciones quizás Eritrea, un país al que parece haber olvidado la Historia, sea la más marginada. Hoy tiene más notoriedad pública porque sólo con menos de siete millones de habitantes esta aportando en 12% a la masa desesperada que pugna por ingresar a Europa. Desde que se independizó de Etiopía en 1993, tras 30 años de guerra y 300 mil muertos, el país ha involucionado.

De sus 6.536.176 de habitantes, las dos terceras partes se ubican bajo el umbral de la pobreza y sus índices de desnutrición infantil son extremadamente altos, incluso para la región. Casi 300.000 personas viven gracias a la ayuda internacional, aunque el propio gobierno bloquea estas donaciones. La tasa de desempleo se sitúa en más del 40% y su PBI se calcula en unos 200 dólares per cápita. 

Más allá de su pobreza, Eritrea ha tenido fuerza y recursos para mantener enfrentamientos con cada uno de los países que la limitan, directa o indirectamente. Inscripta en una compleja realidad regional, ha tenido varios litigios en los últimos años con Yibuti y Sudán, y se ha visto envuelta en la crisis de Darfur. Respecto a Somalia, se sabe que ha suministrado  armamento al grupo islamista al-Shaabab. Incluso con Yemen ha tenido una brevísima guerra por las islas Hanish, un pequeño archipiélago sobre el Mar Rojo.

Este cuasi – permanente estado bélico es parte de una de las patas en que se sostiene la política de su presidente Isaías Afewerki, que gobierna el país desde su independencia en 1993. Antiguo líder del Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE), ya en el poder viró del marxismo a un estado autocrático, militarista y unipartidista. El frente guerrillero pasó a llamarse entonces Partido Frente Popular por la Democracia y la Justicia, (FPDJ).

Afewerki ha construido en sus treinta años de gobierno un país donde todos los esfuerzos apuntan a sostener el ejército, y Eritrea está considerado uno de los países más militarizados del mundo. Más del 25% de su PBI está destinado a las fuerzas armadas. El servicio militar o Trabajo y Servicio Nacional comienza a los diecisiete años y es de duración indefinida, lo que convierte a los jóvenes en mano de obra esclava casi a perpetuidad.

Las políticas de estado de Afewerki se basan en el concepto de “fortaleza sitiada”, según el cuál el país se encuentra rodeado de enemigos que pretender su extinción, por lo que se justifica un permanente estado de excepción que permite políticas profundamente represivas. Etiopía, con quién comparte una frontera de mil kilómetros, es concebido como el mayor peligro, y el país vive en permanente estado pre-bélico, gestando en la población un odio exacerbado hacia sus vecinos.

Al filo permanente de una crisis humanitaria con una población extenuada económicamente, la población civil se ve obligada a abandonar su hogar para vivir en la capital Asmara, que al tiempo recibe de manera constante la emigración forzada de eritreos y etíopes de origen eritreo expulsados por Etiopia en nombre de la seguridad interior. También Addis Abeba, reclama por expulsiones masivas de etíopes desde Eritrea, aunque los números son mucho menores.

Un país sin salida

Más allá de su compleja situación interna, Eritrea está inserta en una región altamente conflictiva, un Sudán del Sur en conflicto, una Libia en plena guerra civil, la situación en Irak y Siria, la inestabilidad permanente de Somalia, una guerra en Yemen y un permanente estado de alerta terrorista por parte del Estado Islámico o Al Qaeda.

A pesar de compleja situación de los países que rodean a Eritrea, su población prefiere escapar de lo que se considera una verdadera prisión a cielo abierto. La orden es de disparar a matar a quién intente escapar, si antes no mueren en los campos minados de las fronteras. Informes del Grupo de Supervisión de la ONU para Somalia y Eritrea, confirman que funcionarios eritreos, incluidos mandos militares, son responsables de contrabando de armas y tráfico de personas a través de redes ubicadas en Sudán y en el Sinaí egipcio.

Eritrea aporta uno de los mayores porcentajes a la hora de contar refugiados en las estadísticas internacionales. El número exacto de los ciudadanos eritreos que se fugan de su país es imposible de verificar. En diciembre de 2012, diecisiete jugadores de la selección nacional de fútbol y un médico se negaron a retornar al país tras un partido con la selección de Uganda. Sin derechos y libertades básicas, en Eritrea no existe la libertad de movimientos, de expresión y de religión, fuera de las aceptadas por el Estado.

El régimen de Isaías Afewerki cuenta con más de 200 centros de detención, y se estima que son cerca de 15 mil los detenidos sin proceso judicial, en condiciones aberrantes. Las prisiones, con superpoblación, donde la tortura y el asesinato son prácticas corrientes, están situadas en centros subterráneos o contenedores de transporte metálico instalados en pleno desierto. De la detención a la desaparición casi no hay diferencia.

Eritrea no otorga permisos oficiales para visitar el país. Se encuentra aislada del contexto internacional y ubicada en una zona de altísima importancia geopolítica, ya que frente a sus costas, por del Canal de Suez, miles de petroleros pasan cada año.

Su población está dividida, pues es mayoritariamente musulmana sunita, donde las ideas salafistas pueden tener gran acogida, mientras que cuenta con una fuerte colonia cristiana perteneciente a la iglesia ortodoxa de Eritrea Tewahdo, patriarcado de la Iglesia copta. Esto sumado a la situación descrita que se vive en el país es un caldo de cultivo para la gestación de una guerra civil, que aunque parezca imposible, aleje a Eritrea todavía más del mundo.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino.

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